SE FUÉ (Playlist: Laura Pausini)

Solía decir que a mí nunca se me había muerto nadie. Vamos nadie que me estuviera particularmente a pecho.
Solía decir que mi mayor preocupación al respecto llegaría el día que Joselito decidiera irse. Y resulta que han pasado siglos y ella sigue allí, al pie del cañon, cada vez más viejita pero siempre tan presente que no, yo no he tenido que hacerme siquiera la más remota idea de mi vida sin su olor.
Solía también decir que La mujer más bonita que conozco es de mi familia.

Solía decirlo. Ella se murió hoy.

Y llevo la tarde entera llorando aquí solita.

Y no tengo idea de si es porque no puedo abrazar a su prima-mejor amiga que resulta ser mi propia mamá o porque no me imagino la mirada de la hija de La mujer más bonita que conozco o qué le pasa ahora por la cabeza al esposo de La mujer más bonita que conozco o porque me aterroriza pensar estoy tan lejos de los que quiero por estar cerca de-no-sé-qué-cosa o porque caigo en la cuenta de que los otros, no tan viejitos, también se mueren o porque yo tengo dos con los que formamos el uno, el dos y el tres que TIENEN que estar aquí por siempre o porque es la primera estúpida vez que la muerte me es menos indiferente.

Ay no sé por qué, pero no paro de llorar.

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REFLEXIONES SOBRE LA MUJER MÁS BONITA QUE CONOZCO (Y que sí, es de mi familia)

Siempre pensé que es lo más bonito que conozco. así de plano: bonita como ninguna.

Cuando se habla de belleza en casa siempre terminamos hablando de ella. Es como si ella fuera la representación misma de la belleza.

Mi mamá se encargó de repetirnos constantemente aquella historia de cuando su papá (de ella, no de mi mamá) las llevaba a Sanborn’s por tostadas desbordantes de pollo o cuando le enseñó a reírse sin arrugar la frente. Y todo, todo estaba marcado por su porte espectacular.

Ella lleva las pañoletas como ninguna. Nada de lo que se pone sale sobrando. El pelo siempre en su lugar, con un estilo que sobrepasa a la moda. Y nunca, nunca, nunca, por más que lo intentara lograba sentirme tan bonita como ella. O tan a la altura. O así.

travpers3Todavía hoy tengo aquí, en un cajón de un baño en un departamento de Miami, un frasco sin etiqueta que contiene una “crema milagrosa” con un olor penetrante a pomada de la campana y vic vaporub. Ella la hace. Y yo, confiadísima me la unto cada noche arrugando la nariz.

Dicen por ahí, que es su secreto de belleza. Y yo la miro siempre tan bonita y me lo creo.

Crecí viéndola bonita, no sólo ella sino todo lo que la rodea: una casa bonita, una familia bonita, un esposo perfecto, una sonrisa espectacular, un cutis impecable, un estilo único.

No quiero sonar banal. Espero me entiendan: ella no es una bonita-tonta o una bonita-bonita o una sólo-bonita. Ella es la bonita más inteligente que conozco, por la simple razón que sabe hacer bonito todo lo que la rodea.

Es como una magia especial, como si fuera una especie de Rey Midas que va embelleciendo lo que toca con el índice.

Y yo, con la infinita inocencia infantil de aquellas épocas, rogaba porque fuéramos más seguido a visitarla. Quien quitara y fuera cierto eso de ponerme bonita yo también.

Un día la más bonita de la familia tuvo una niña. Y el día del bautizo asistí al evento social más chic -y obvio bonito- que yo hubiera presenciado para esa, mi corta edad. Supongo que impresionó a varios y no sólo a mí. En la familia, se habló del evento durante muchos años.

Y yo decidí que un día sería también así para mí. Que yo quería, un día, tenerlo todo, todo, to-do porque mi Tia bonita me demostraba que sí se podía.

Cada que iba a su casa descubría una nueva posibilidad:  una casa de muñecas en medio de un jardín como nunca hubiera imaginado que existía, un teléfono de mickemouse en la recámara de “la niña” que me hacía abrir los ojos como platos, unas muchachas uniformadas en rosa que reían en la cocina, un baño que olía a flores, un esposo ar-qui-tec-to (¿hay otros con más onda?), fotos con escenas esquiando en la nieve, largas conversaciones en la mesa y la revista Hola! escondida por ahí (hasta para chismear había que tener estilo).

Y no, no. no me malentiendan. Nunca tuve envidia.

Es más, pensé durante muchos años lo difícil que debería ser vivir con una mamá con esa dimensión de belleza.

A mí me pasó (y eso que La Conejita Jefa es más terrenal). Tener una mamá bonita es un orgullo que te lleva a la escuela pero también uno de esos pesos increíblemente pesados cuando supones que nunca, nunca, hagas lo que hagas vas a tener el estilo, porte, caché, nonchalance o lo-que-quiera-que-sea con el que ellas van por la vida.

Esa niña creció convirtiéndose -contra todo pronóstico que prometía que sería absolutamente insoportable por el simple y sencillo hecho de tenerlo “todo”, incluida la mamá bonita- en la niña más bonita de la familia.

Y bonita, déjenme les digo, de donde se es más difícil serlo: de adentro, bonita de a de veras.

Lo comprobé en estos días.

Porque fíjense cómo son las cosas: mi Tía bonita pasa por el momento más difícil de su vida y por consecuencia, la familia bonita, la Niña bonita, el esposo perfecto…. y todo el shalala que le acompaña. Todo, enmugrecido por una noticia fea.

Cuando me lo dijeron, no supe que decir. En realidad, nunca sé bien qué se dice en esos casos. Cualquier cosa es terriblemente cliché y sirve para un carajo.

Pero no hizo falta.

Ellas -la Tía bonita y la Niña bonita– también han convertido este momento en uno sumamente especial: las siento más cerca que nunca (aún estando acá refundida en El Paraíso Tropical), van con sonrisas más abiertas, con miradas más esplendorosas, con un ánimo que jode a cualquiera que se quiera deprimir por tonterías, con poquititas lágrimas, haciéndole sentido a todo eso que me enseñaron en estos años: que sí se puede tener todo, to-do, lo bueno de la vida, aún cuando no lo parezca tanto.

Pum. Golpe contra la pared, pa’ que aprendas, Conejita.
….

Hace unos días, cuando estuve en casa de la abuela, ví unas viejas cintas de 8mm donde apareció mi mamá en sus años de juventud. Hubo quien por ahí se atrevió a insinuar nuestro parecido. Me reí pero dentro, así como haciéndome cosquillitas, pensé que tal vez sería cierto, aunque sé que no tanto.

Y hace menos días, me encontré con una foto de aquella graduación. Estaban las dos: mi mamá bonita y mi Tía bonita. Yo no me reconocí en la mía pero sí la reconocí a ella: a la Niña bonita en mi Tía bonita, casi idéntica.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y sonreí. Ahora sé que no la he perdido y que la belleza completita sigue presente en nuestras vidas.