ME ACORDARÉ DE TÍ Playlist: Mijares)

Tuve dos minutos de flaqueza. De esa flaqueza tonta que te ataca por la espalda y no da tiempo de reaccionar con la cabeza. De esa que te hace ponerte de pechito y sin siquiera meter las patitas. Pero vamos, pasa.

Y es que, no sé cómo, de pronto estaban en mi cabeza —al estilo de me muero por besarte, dormirme en tu boca, me muero por decirte que el mundo se equivoca y shalala de la quinta y españoleta estación—. Sí, sí. Los recuerdos se me agolparon entre panza y corazón. Como suele suceder, salieron disparados por la boca sin tocar siquiera la cabeza. Joder. Muerta, resulté

1167182443_f.jpgAhí estaba la conejita, con el pelito mojadito, los ojitos tristes y las antenitas caídas abriendo la cajita de Pandora (la mitológica y hasta la de las tres retros-ochenteras): estaban acomodados por fecha el primer beso bajo la lluvia, el despertar sin saber siquiera el apellido, los mensajes encriptados, los pretextos para robarnos dos horas al día, le siguieron la entrega (en primicia) de las llaves de algo más que un departamento, las risas bajo la ducha, aquella cena de carne y vino, la libertad aprendida de la caída, el espacio infinitamente pequeño entre piel y piel. Y sí, el respiro compartido. En orden cronológico abundan los empiernamientos de mañana, tarde, moda y noche. Y no, por más que no quería abrirlo, llegó el turno del paraíso tocado con la punta de los dedos.

Ahí estaba yo recuerde que recuerde, haciendo abuso de mi yo más sentimental cuando ¡pum! me topé de frente con ese muro racional que me desquicia.

«No debe ser» se oyó lejitos pero claro.

Y pocas veces como hoy odié el verbo deber con su fiel acompañante el ser. ¿De verdad no debo? ¿no debo ser? ¿no “debe” ser? ¿a cuenta de quién o de qué? insistí en preguntarme.

Lentamente cerré la cajita. Nada fácil resultó eso de meter cantidad de recuerditos varios: calores sofocantes entre el ombligo y la ingle, escalofríos por la espalda, humores y sabores de diossabedónde, colores que se pintan a ojos cerrados. Apretados todos. Parecía que no había manera de hacerlos entrar en el espacio reducido que conforman trescientos treinta y tantos días.

Esta vez, sin lagrimitas en los ojos, puse la tapa y amarré el listón rematando con tremendo moño cursilón. Con gran cuidado la puse en el buró, cerquita de la cama. Ahí donde habitaba Manolo, mi pececito de cabecera. Sin dejar de mirarla, me metí bajo las sábanas y cerré los ojos.

Mañana —pensé— llegará la hora de tirarla a la basura.

Ilustraciones: Jordi Labanda

POR VOLVERTE A VER (Playlist: Dyango)

ast12g.jpgEl speech es el mismo. Nada más cambia el interlocutor:

Mi queridísima Conejita, entre tu y yo siempre habrá algo que nos una. Bla, bla, bla.

Esa vieja historia del lazo invisible de ‘ombligo a ombligo’, de las tardes de empiernamiento que uno no pasa así nomás al cajón de los olvidos, de la amistad profunda que se formó, así por abajito, casi sin darnos cuenta, entre beso y beso. Y hasta por mi infinita e increíble capacidad de entender que las cosas, un día, así sin más, se acaban.

Será el sereno, pero siempre, uno a uno, han terminado por regresar. Desde Conejito Filósofo, atormentado amor adolescente que reapareció al paso de muchos años para caminar juntos por las calles neoyorquinas en pleno maratón.

Lo hizo también Mi Conejito Napolitano, meses después de la brutal ruptura, con una cita en la cubanísima isla del Caribe. Una cita sólo que nos dejó borrachos de besos, calor y ron.

Y si de cuenta se trata, siguen faltándome dedos para ponerle números a los recuentos con el Conejillo de Miura. Una y otra vez. Algunas con pretexto, en otras ni siquiera hubo necesidad de inventarnos alguno.

¿Qué tal la reaparición de Mr. Perfect Bunny? Después de casi un año de silencio y distancia, un dia sonó mi teléfono. Pasaba que se había dado cuenta del tiempo dejado pasar.

Y así, hace apenas unos días aparecí sentada en un patio, al borde de una fuente colonial y hasta el sol que ese día decidió amanecer bonito. Junto a mí, el Conejito de turno, estresadísimo, relataba el mismo speech. Casi casi acomodando las comas y los puntos en el mismo lugar.

En algún momento dejé de escucharlo y me limité a mirarle los ojos negros, más negros en los que me he visto. Y esas cejas (cómo diría Papito Bose). Parecía tan convencido del argumento como los anteriores. Se había aprendido el guión a la perfección. Una tras otra le salieron las frases, detenidas apenas con alfileres. No tenía sentido —como bien tiene la costumbre esta Conejita— contradecir, cuestionar, confrontar. Al fin y al cabo, un dia, dentro de muchos siglos, volverá a sonar mi teléfono. Sólo para medir el espacio que no dejamos entre piel y piel.

Ilustraciones: Jordi Labanda