CÓMO HEMOS CAMBIADO (Playlist: Presuntos Implicados)

Se sentó aquí a mi lado, en el sillón tan rojo y encendió un cigarro. Habló de los avances en sus clases de inglés mientras yo, con otro cigarrillo en la mano, le contaba a detalle la negociación con el Dealer Puertorriqueño y Sabrosón para obtener un nuevo auto para el tercer integrante de La Pandilla.

Sí somos tres.

Ahora ya digo “quilombo” mientras me dejo llamar “nena” con acentito. E insisto en explicarles cómo es exactamente una torta de jamón -de esas del Chavo del Ocho. Y puedo soportar el que ninguno de los dos me prenda el cigarrillo, en afán de lo que ellos llaman “la equidad de género” (que yo nomás no entiendo: soy igual, equitativa y princesa. y quiero que me prendan el cigarro. pero esa es harina de otro costal).

Somos tres.

Uno viene del profundo sur, toma una amargosísimo mate, insiste en hacer asados con carbón que tarda siglos en prender, conoce la historia política de cada una de las etnias latinoamericanas, odió el frío londinense casi tanto como los calores del Paraíso Tropical y sigue durmiendo en un colchón que tiene en el suelo de su habitación. Le dicen Conejo Ñangaroso y me miraba con ojos desorbitados, mientras yo brincaba de gusto el día de mi primer date en este lugar. Dos horas más tarde, estaba tomándose una cerveza en un barcito de cortinajes rojos, a unos cuantos metros de distancia, mientras supervisaba el éxito de mi cita.

Podría ser mi hermano mayor, aunque no lo fuera.

El otro viene del otro lado del océano. Tiene nombres, renombres, apellido y realeza, habla con acento y nos dice “chavales”. Es bonito todo, completo. Un Conejo de Abolengo: rubito, con tres mechones que le caen sobre los ojitos azules, la nariz finita y el cuerpo espigado. Intentó la bicicleta y los buses en la ciudad de los autos. Su mayor atractivo es su manera de aprender: desesperada, incansable, estoica ante las inconveniencias -que pocas no han sido. Ha aprendido todo nuevo: a vivir solo, a terminar hospitalizado, a manejar estándar, a comprar un auto, a lidiar con las oficinas gubernamentales y hasta a soportar el pop ochentero de mi ipod incansable.

Podría ser mi hermano menor, si es que lo fuera.

Y desde hace seis meses no hacemos más que ser amigos. De esos amigos extraños y entrañables que en otras condiciones nunca se hubieran encontrado, que en otras circunstancias no hubieran hallado un tema en común: ni shakira, ni misiones, ni los amores via skype.

Son seis meses de arreglar -los tres solitos- el mundo frente a la puerta de cristal del edificio de la Empresa de Medios más Grande del Mundo Mundial, con el calor húmedo que hace que se nos pegue la ropa al cuerpo y la nariz se nos llene de perlitas de sudor.

Son seis meses de insistir en contra del clima, de la falta de rumba, de la ignorancia y la ideología barata. De sobrevivir a una ciudad hostil haciéndo asados junto a la piscina y buscando bares abiertos después de las 2 de la mañana.

Son seis meses de querernos quedito, sin decirnoslo ni andar haciendo alarde.

Haciendo un recuento, hace 180 días anoté los dos primeros números locales a mi teléfono celular. No eran sólo dígitos: era una inversión de la que hoy tengo ganancias.

En mi cuenta tengo una familia -nueva, hip y multiculturosa- que reditúa a mi favor.

CANTA CORAZÓN (Playlist: Alejandro Fernández)

No debería, lo sé. Mi conciencia social me dice que no debería decir lo que voy a decir, pero me ese inevitable:

La vida desde arriba de un auto se ve de otra manera.

Después de varios inconvenientes este jueves por la mañana me decidí. Tomé un taxi que me cobró hartos dolarucos para llevarme al otro lado del mundo (sólo fue de la ciudad, pero me pareció lejísimos) para encontrarme con mi Dealer Puertorriqueño y Sabrosón que me vendió mi flamante auto usado.

¡Ah qué bonito es lo bonito! El morenazo de fuego apenas me vió supo por lo que venía. Corrió al fondo de su bodegón y trajo a mi nuevo vehículo (que es viejo pero a nadie importa). Este Fat Red Boy es la onda. Y aunque me lo quieran vender europeo venido a gringo, está ensabladísimo en tierras poblanas. Así que es paisano.

Crucé los dedos e inicié la primera compra importante de mi nueva vida en este país. Pidiéndole a todos los Santos y la Virgencita del Perpetuísimo Socorro que no me estuvieran tranzando. A la hora de la firma, y para no dejar duda, apliqué la recomendación de Eva Bunny. Casi en cámara lenta, tomé la pluma, agaché la cabeza, alzé la mirada y clavé mis ojos en los suyos. Me puse seria y dije:

“Si tienes una hermana, tu no quiseras que se quedara tirada, a las dos de la mañana, en medio de una carretera, en una ciudad donde no conoce ni al portero de su casa. Esto es karma y yo confío en tí. Si me fallas, irá la mía.”

Me miró como no sabiendo si reírse o asustarse y sonrío timidamente. Me cerró un ojo y dijo:

-Firma y vete tranquila.

Y yo muy obediente, eso hice.

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Me subí a mi flamante Fat Red Boy, me puse mis lentes oscuros de popstar y comencé a manejar por la autopista de regreso a casa. Hay que decir de mi nuevo amigo que lo suyo, suyo no es la discreción. Es gordito, chaparrito y llamativo de a madres. Y, obvio, la gente me mira al pasar. Neto. Ahora entiendo el por qué de esa teoría exótica de que los autos rojos pagan el seguro más caro. Y es que una va por ahí por las calles, llamándo la atención, como chiquilla con minifalda haciendo que los otros tropiecen a su paso. Prendí el radio y como si El Dios de la Sabiduría Musical me estuviera escuchando inició el dulce canto de Alejandro Bombón Fernández:

Canta corazón, que el amor de mis amores ya está aquí…

..Canta corazón,que en la vida estaba escrito
que ella y yo eramos abril y marzo
una gota en el desierto;
que ibamos a estar tan juntos como la luna y el sol.

He dicho, soy una Nueva Coneja Motorizada y ¡que se agarren porque ahí les voy!