DÉJALO IR (Playlist: Benny Ibarra)

Estoy a punto de irme al cine pero no quería dejarlo pasar. Ayer me despedí de Conejo de Abolengo. Pasó por aquí antes de iniciar una de las aventuras más importantes de su vida. Justo ahí, en El Pueblo de mis Orígenes. Y yo no quería llorar ni hacer ojito remi ni ponerme de mamá, así que me hice la fuerte, le di dos palmadas y se alejó.

Ahora lo pienso. Lo sabe. Lo quiero.

Nos embarcamos juntos en esto hace más de un año y el destino nos ha llevado a los tres integrantes de La Pandilla a lugares distintos, por razones distintas, lo que sigue será encontrarnos de vez en cuando en algún lugar del mundo y casi por casualidad.

Mientras tanto, hemos organizado un Consejo de Sabios para dentro de unos meses. Mientras tanto yo le paso mis trucos de sobrevivencia en El Pueblo de mis Orígenes. Mientras tanto, yo me siento en esta habitación pensando en lo afortunada que soy de ir dejando regada buena gente por ahí. Para que otros la disfruten.

Anuncios

CÓMO HEMOS CAMBIADO (Playlist: Presuntos Implicados)

Se sentó aquí a mi lado, en el sillón tan rojo y encendió un cigarro. Habló de los avances en sus clases de inglés mientras yo, con otro cigarrillo en la mano, le contaba a detalle la negociación con el Dealer Puertorriqueño y Sabrosón para obtener un nuevo auto para el tercer integrante de La Pandilla.

Sí somos tres.

Ahora ya digo “quilombo” mientras me dejo llamar “nena” con acentito. E insisto en explicarles cómo es exactamente una torta de jamón -de esas del Chavo del Ocho. Y puedo soportar el que ninguno de los dos me prenda el cigarrillo, en afán de lo que ellos llaman “la equidad de género” (que yo nomás no entiendo: soy igual, equitativa y princesa. y quiero que me prendan el cigarro. pero esa es harina de otro costal).

Somos tres.

Uno viene del profundo sur, toma una amargosísimo mate, insiste en hacer asados con carbón que tarda siglos en prender, conoce la historia política de cada una de las etnias latinoamericanas, odió el frío londinense casi tanto como los calores del Paraíso Tropical y sigue durmiendo en un colchón que tiene en el suelo de su habitación. Le dicen Conejo Ñangaroso y me miraba con ojos desorbitados, mientras yo brincaba de gusto el día de mi primer date en este lugar. Dos horas más tarde, estaba tomándose una cerveza en un barcito de cortinajes rojos, a unos cuantos metros de distancia, mientras supervisaba el éxito de mi cita.

Podría ser mi hermano mayor, aunque no lo fuera.

El otro viene del otro lado del océano. Tiene nombres, renombres, apellido y realeza, habla con acento y nos dice “chavales”. Es bonito todo, completo. Un Conejo de Abolengo: rubito, con tres mechones que le caen sobre los ojitos azules, la nariz finita y el cuerpo espigado. Intentó la bicicleta y los buses en la ciudad de los autos. Su mayor atractivo es su manera de aprender: desesperada, incansable, estoica ante las inconveniencias -que pocas no han sido. Ha aprendido todo nuevo: a vivir solo, a terminar hospitalizado, a manejar estándar, a comprar un auto, a lidiar con las oficinas gubernamentales y hasta a soportar el pop ochentero de mi ipod incansable.

Podría ser mi hermano menor, si es que lo fuera.

Y desde hace seis meses no hacemos más que ser amigos. De esos amigos extraños y entrañables que en otras condiciones nunca se hubieran encontrado, que en otras circunstancias no hubieran hallado un tema en común: ni shakira, ni misiones, ni los amores via skype.

Son seis meses de arreglar -los tres solitos- el mundo frente a la puerta de cristal del edificio de la Empresa de Medios más Grande del Mundo Mundial, con el calor húmedo que hace que se nos pegue la ropa al cuerpo y la nariz se nos llene de perlitas de sudor.

Son seis meses de insistir en contra del clima, de la falta de rumba, de la ignorancia y la ideología barata. De sobrevivir a una ciudad hostil haciéndo asados junto a la piscina y buscando bares abiertos después de las 2 de la mañana.

Son seis meses de querernos quedito, sin decirnoslo ni andar haciendo alarde.

Haciendo un recuento, hace 180 días anoté los dos primeros números locales a mi teléfono celular. No eran sólo dígitos: era una inversión de la que hoy tengo ganancias.

En mi cuenta tengo una familia -nueva, hip y multiculturosa- que reditúa a mi favor.