Tu amor es una trampa (Playlist: Ándate con cuidado)

Una botella de vino después estoy en casa -siempre antes de las 11pm. Llevamos por lo menos cinco salidas. La conversación cada vez es más interesante. Los temas no terminan. Tiene algunos años más que yo. No son tantos pero lo parecen. Físicamente no me arrastra. Aunque estoy convencida que en su momento era parecido a Luis Miguel de Todos Mis Amores. Tiene esos rasgos: los ojos increíblemente claros y transparentes, el pelo rubio engominado hacia atrás, la piel blanca ajada por tanto sol. Pero sobre todo tiene esa actitud. Es un hombre. Se come el mundo. Sabe hablarle lo mismo al dueño del restaurante que al del valet. Con ese acentito británico. Me abre la puerta, me sirve el vino, recuerda cada uno de mis comentarios de la cena anterior. Lo dice todo el tiempo y no se lo puedo negar: un caballero. En la extensión más amplia de la palabra. Eso cuenta y pesa.

Me recuerda a Conejito Pluma Blanca. Me recuerda a otros Conejitos de tiempos inmemoriables. Me recuerda que no tiene caso seguir dedicándole tiempo a los Conejitos Emocionalmente Unavailables.

El Conejito Nostálgico dice que me está tejiendo la trampa como los grandes. Despacito, alrededor, sin prisa. Y que al momento menos pensado, caeré como peso muerto. Qué se yo.

Mientras tanto, yo aquí. Conteniéndome el corazón. Guardado en su caja hasta que no esté seguro de siguiente paso. Mientras tanto, creo que puedo seguir teniendo muchas cenas a su lado.

HUELE A PELIGRO

Si yo tuviera diez años menos, ya habría caído en tu estrategia… suelo decirle.

Es el Conejo Bello y Peligroso. Y lo digo de cierto, tiene ese irresistible encanto de los chicos que van dejando que la vida les pase encima sin darse por enterados. Tranquilo, sin vueltas ni recovecos. Que se levantan por la mañana sin dejar promesas. Uno de esos que me daban esa sensación de irremediable tranquilidad a la hora de cerrar la puerta.

DistinTo a mi target, cierto. Yo me la pasé enredada con Conejos densos,  atormentados y, en pocas palabras, unos cabrones.

Pero lo miro y sonrío. Me gusta su pelo inquieto, su figura alargada, el espacio pequeñito de piel blanca que se asoma a veces entre el final de su suéter y el inicio de su pantalón, su juego entre tímido y discreto, su acentito ese con el que me cuenta historias  y la sonrisa abierta cuando me mira. Sobre todo esa.

A veces me provoca, a veces me contengo.

Una noche de copas, una noche loca

Bueno sí, me lo dí. Y?

El cuento es casi predecible y medio decadente: borrachera navideña de oficina, frío jodido de invierno a punto de despuntar la madrugada, cansancio infinito y un sólo taxi.

-¿Me puedo quedar en tu casa? sugirió el Conejo Bello y Peligroso.

No dudé siquiera en la respuesta. Y no es que una vaya de inocente por la vida, pero sólo al estar subiendo el tercero de los cuatro pisos de casa, caí en la cuenta. Respiré profundo, sacudí la cabeza y abrí la puerta, mientras justificaba obsesivamente la falta de orden en el apartamento.

No hubo arrebatos pasionales de entrada. Pijamas, cepillos de dientes, risitas nerviosas y nos metimos a la cama con un firme hasta mañana.

Eso no sucedió.

Sus pies largos y fríos tocaron los míos. Pasó el brazo bajo mi cabeza y rozó mi cara con su nariz. Su aliento cerquita derritió cualquier buen propósito.

Será cosa de la borrachera pero recuerdo la noche en fragmentos. Pequeñas escenas fijas. Cuadros de una película. Close ups de piel. Tiempos fuera y vueltas a iniciar. Pocas palabras. Muchos recovecos.

Y un momento interminable. Detenido en el tiempo. Su cara arriba de la mía. Lo suficientemente lejos para distinguir sus bordes, lo suficientemente oscuro para no entender el gesto. Silencio. Corrieron los segundos lentitos.

-¿Qué pasa pregunté?

-Nada. Te estoy mirando.

Sólo ahí me sentí desnuda, abierta y transparente. En medio de la oscuridad y sin saber a bien si logró distinguirlo, le regresé la mirada con esas ganas infinitas de perderme en sus ojos. Lo mismo que entre sus piernas. Al menos por esta noche, sí.