MOSAICOS DE UN BUEN FIN DE SEMANA

Me miró mientras escogía el outfit para el reventón y me dijo con voz profunda:

-Estoy muy orgullosa de tí.

Giré y miré a Miss Bussines Bunny con sorpresa.

-¿Y eso? dije

Entonces me habló del brillo en mis ojos, de la nueva vida, de lo lejos que quedaron mis historias sombrías de desamor y de mi acertada decisión de venirme a vivir al Paraíso Tropical.

Yo también lo estoy, pensé.

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Se veía guapo, con unos kilitos de más, sonriente. Llegó caminando hasta nuestra mesita al aire libre en pleno Paraíso Tropical. Así eramos casi los mismos de siempre. Parecía que nunca había sucedido el truene aquel con el Conejito Gurú que nos removió a todos en los cimientos. Platicamos, reímos, se miraron con esa complicidad que sólo existe entre dos que mucho se quisieron y nunca supieron cómo fue que se acabó. Varias horas después, el Conejito Venejolano se levantó, se despidió y se fué. Se dieron un abrazo enorme mientras los demás confirmabamos eso de que el amor eterno no existe. Joder.

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-Traíganos otra botella de champagna, dije a la mesera alrededor de las 4 de la mañana.

No supe cuántas llevábamos, luego de abrir la primera a las 2 de la tarde. Nos sobraba alcohol en la sangre, ganas de bailar con coreografía, micrófonos iluminados de leds, grandes éxitos del OTI del 78 por cantar, historias de amor y desamor por contar.

Amaneció y nos faltó tiempo para seguirnos extrañando.

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-Estoy lista, dije.

Me aparecí con un suetercillo, una minifalda (mejor conocida como falda-cola) de mezclilla, unas botas de tacón kilométrico y el pelo que ya me llega a la mitad de la espalda.

Me miraron con los ojos abiertos como platos e hicieron bromas sobre la longitud de mi faldita, posible sólo en estas latitudes del planeta, dijeron. O por lo libre que te sientas.

Creo que estoy en la segunda posibilidad.

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Comimos baguettes mientras hablamos de la posibilidad de un negocito, un consultorio, un departamento, unas cirugías, una vida en el Paraíso Tropical.

-La Conejita quiere traernos a todos al Paraíso Tropical, dijo Miss Bussines Bunny.

¿Y por qué no?

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-Es un bombón, dijeron casi como veredicto final.

El Conejito Latino-Tropical había pasado una de las pruebas más difíciles. Mis locos chiquitos le dieron el visto bueno. Y a mí me gusta que les guste.

LA VIDA NO VALE NADA (Playlist: José Alfredo Jiménez)

Sonó el teléfono y del otro lado la voz indicaba emergencia:

Se acabó, dijo Conejito Gurú.

Era hora de correr y encontrarnos en un cafecillo. Un amigo me necesitaba. A pesar de la lluvia, salí en chanclas y tratando de ponerme un suetercillo ligero. El tiempo apremiaba. Ya en el auto, la cabeza trabajó a mil pensando en las palabras correctas.

¿Qué demonios le iba a decir yo a mi Conejito Gurú sobre el (des)amor? ¿Qué diablos sabía yo de cómo se recupera uno de una ruptura de ese tamaño? ¿Qué le reclamas a la última pareja conocida que te había hecho creer que el amor eterno existe? Lo único que podía aportar era la experienca —mucha, tanta— en caídas, remiendos y raspones.

Ya sentados en el café guardé silencio mientras él hacía el recuento de los daños como diría mi bien amada Señorita Trevi de los Amores Tormentosos.

Reconocí una a una las sensaciones. La del presentimiento de que una bomba está por caer. La de la conciencia de una pendeja ingenuidad que después de varios años y una casa recién comprada, nos hace creer que la historia durará por siempre. La de la angustia que nos despierta por las noches sabiendo que el que duerme junto se está yendo irremediablemente y no basta abrazarlo fuerte y por la espalda para detenerlo. La de la pérdida suavecita que se acerca despacito y de puntitas, casi sin hacer ruido. La de la terrible ansiedad que nos hace medir cada palabra para no desdencadenar una conversación que ya sabemos dónde irá a terminar. La de la irremediable llegada del final, aún con todo el esfuerzo sobrehumano por detener las aguas. La del estruendo ocasionado por el quiebre del corazoncito, estrellándose contra el piso casi en cámara lenta. La de la desesperación de tirarse al piso buscando los pedacitos bajo los muebles intentando —infructuosamente— volver a armar el rompecabezas amoroso. La del abandono que nos aprieta el esternón impidiéndonos respirar normalmente. La de la impotencia resbalando en dos tremendos lagrimones que parecen tener vida propia y no hacer caso a ningún mandamiento de nuestra parte más racional.

Reconocí, vamos, el proceso atascado de impotencia del último adiós. Ese mismo dónde estuve hace unos poquitos días y que ya parecen tantos siglos.

Lo miré con los ojos llenos de agua, casi tanto como los suyos, lo rodeé con los brazos fuerte fuerte, metí la cabeza entre su hombro y cuello, puse mi boca junto a su oído y rompí el silencio.

Lo peor, dije, es que esto también va a pasar.

Ilustraciones: Jordi Labanda