VUELA, VUELA (Playlist: Magneto)

bubbles-defv04prev.jpgY sí, la Conejita voló.

Tomó el avión, se fue de viaje, enterró viejas tristezas, desenterró nuevas esperanzas y ya luego contaré con detalle hartas historias que me traje en la maleta: del Conejito Vagabundo pero también de Conejitos Varios. Nomás recuérdenme de los Conejitos Asustadizos.. ¡cuatro en menos de un mes!, los Conejillos Indecisos, el Conejillo Hotelero, la reaparición de Mr. Peruvian Bunny y de otros del estilo y hasta por ahí unos Conejillos Juveniles y quién más tenga, que más le ponga.

Mientras tanto, así como iba aterrizando el avión a esta Conejita se le bajonearon las orejas. Estaba sentadita, mirando por la ventanilla, cuando el recuerdo como siempre traicionero me saltó por la espalda. El frío del aire acondicionado, el cinturón de seguridad en el ombligo, las nubes acolchonaditas a la altura de la nariz… No pude recordar las palabras exactas, pero era como si estuviera sucediendo. La mismita sensación atrapada a la altura del esternón, como si faltara el aire. Esa que sentí, hace unos cuantos siglos —que en realidad, el calendario cuenta como unos cuántos meses—. No bien estabamos volviendo de nuestro triunfal viaje como una pareja recién estrenadita cuando supe que todo había terminado. Como si el piloto hubiera anunciado por el altavoz que el avión estaba a punto de caer. Moví la cabeza.

«Esto es —me dije— culpa del pre-cumple»

Bajé del avión dejando al recuerdo metidito debajo de la almohada y tirado en el suelo alfombrado. Al caminar por las escalerillas supliqué que no volviera nunca. Que este fuera el cierre blindado de uno de esos ciclos en los que tanto me gusta ciclarme. Que esos dos lagrimones que me estaban escurriendo por las mejillas fueran los últimos de esta temporada. Que —¡bendito!— el que está por llegar fuera el más grande de los grandes Conejillos que la vida me ha puesto en el camino.

Ahora, metida en la cama, cuento los minutos. Faltan 52 exactos para que se acabe el último día, del último año de mis últimos 32 años. Sólo me queda decirme: ¡Feliz cumple, Bridget Jo!

Ilustraciones: Arthur de Pins 

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LA MENTE CUANDO BAJA LA MAREA… (Playlist: Yuri)

Cuando parecía que se había quedado muy atrás reapareció: el Conejito Vagabundo aquél de Puerto de mis amores, ese de la historia de amorío platónico con sabor de mar. Y yo no puedo negar que son cosas del destino.

La cosa empezó con un correo, simple. Como los de hace unos meses.

“¿Qué ha sido de su vida? Se solicitan noticias suyas. Beso. Bridget Jo”.

Contestó al minuto siguiente.

“Princesa ¿dónde estas, en Méjico DF o era un espejismo? Estoy en Méjico capital pero me voy en unas horas.

Y ahí te voy, tonta tonta que no entendí el mensaje. Y sin prisa alguna me fui a comer con tremenda calma chicha. Al volver tenía un papelillo pegado en la pantalla de la computadora.

“Habló Conejito Vagabundo. Está en un hotel sobre Reforma. Dejó su número. Llama”dibuix71.jpg.

Después de tres minutos de darle vuelta al teléfono, descolgué. El corazón se me detuvo por un momento mientras marcaba. Han pasado ya tantos meses del encuentro aquel. Y como diría La Gran Yuri de Cristo Redentor, «no recuerdo el arco de sus cejas ni siquiera puedo hablar apenas de otra cosa que no sea su olor…»

Al tercer tono, contestó. Un simple «Diga» me rebotó de golpe todos los recuerdos directito en la boca del estómago: los pies descalzos, la piel quemada por el sol, los ojos casi transparentes, las cejas pobladas, las vueltas al mundo cargadas sobre sus hombros y sobre todo, la libertad. Esa. La que le llenaba la sonrisa.

Cual Thalia en plena canción tonta con Eric, tartamudeé. Atiné a decir tres tonterías del tipo «¿dónde andas, qué haces, a qué hora te vas?». Habló de su partida, de Costa Rica y de los ocho días que tardará en regresar al Puerto de mis Amores. Frases más, frases menos, colgamos.

Con el teléfono aún en la mano me pregunté ¿por qué demonios no me había pedido que corriera a verlo? o ¿por qué demonios no lo propuse yo?

Horas después, cuando ya casi lo había olvidado, ví el sobrecito ese que aparecía en la pantalla del celular. Distraída, marqué el *86. Después de la letanía de la señorita esa atrapada dentro del celular, escuché su voz. Era él. Una vez más. O más bien, era él antes de nuestra llamada de la tarde.

La voz era distinta. Me pedía dos horas robadas. Una cita antes de partir. Un café como el de entonces. El beso que nos faltó. Tuuuuu.

¡Joder, joder, joder! ¿Pero por qué a mi la cosa amorosa siempre me sale a destiempo? Antes de aventar el teléfono, recapacité. O más bien, me dejé llevar por otro de esos impulsos típicos de esta Conejita: ya traigo en la bolsa un boleto de avión con salida dentro de ocho días.

Ilustraciones: Jordi Labanda 

CONFUSIONES VARIAS

Digo, no es novedad que la Conejita se confunda, pero lo raro es que esta vez, me lo tome con tranquilidad chicha.

Llevo varios días sola, sola, sola de amores. Digamos que estamos en receso de besos, empiernamientos y cariñitos varios. Y yo, tan tranquila… o casi. Unos van, otros vienen pero no hay uno que quiera que se quede.

Resulta que hasta aquel Stress Bunny, importante de las épocas navideñas, se ha convertido a paso vertiginoso en una reproducción de lo que tanto me temía: chispazos de enamoramiento que desaparecen cuando cierra la puerta detrás de él.

Digo, tampoco es que esté loca, según mi razonamiento más complicado se trata de un simple mecanismo de defensa: él le huye al ‘amarre’ pues lo ponemos bien desamarrado junto a todos los demás. Desapareció pues la ‘dichosa conejita navideña de un sólo hombre’. Ohquela, digo yo!

Será por eso, que encuentro casi cada mañana con gusto el mail del Conejito Vagabundo. Cada vez con líneas más confusas, enredadas y yo divirtiendome en desenmarañar una historia sin pies ni cabeza.. ni futuro. Joder!

Y por si fuera poco… sucedió.
Sí, sí, sucedió. Con el Conejillo de Miura o Forevereado como diría Pepe ¿Cómo fue?.. no quiero ni pensarlo. El punto es que quedamos en una cita, como esas de entonces. Pusimos lugar y hora de un día de una próxima semana. Y yo ya sé cómo sucederá: llegaremos los dos. Yo más puntual que él, como siempre. Y como siempre nos tomaremos un café mirándonos a los ojos. Seguramente empezaremos con el tono frío que pide contarnos un poco de estos meses. Seguramente nos despediremos con un abrazo fuerte, pegará sus labios a mi oido y yo esconderé mi nariz en su cuello. Tardaremos más de tres minutos en separarnos… Lo demás, a más de seis años de repetir la historia, aún no lo sé.

SI HUBIERA..

Desde que ví esa película, muchas veces me pregunto si mi vida hubiera cambiado radicalmente si la puerta del metro se hubiera abierto-cerrado a tiempo-destiempo. (cuántos hubiera, joder!)

Pues resulta que unos minutos antes de abandonar el Puerto, caminaba por el adoquín, de la playa hacia mi habitación con paso apresurado.

Me falta, le decía a Miss Bussines Bunny, cerrar la maleta, pedir recibos, llamar un taxi, despedirme del guía y shalala..

En esas iba del recuento cuando pasó a mi lado. No lo ví, lo sentí. Giré la cabeza y empecé a escanear: los pies descalzos, la tabla de surf, bronceado intenso, barba crecida… dos segundos después reconocí sus ojos claros que la noche de anoche me miraban desde dentro. El corazón se me detuvo, contuve la respiración y paralicé al cerebro.

Voltée la cabeza y seguí caminando como si nada. En silencio. Escondida tras los lentes oscuros. Dos pasos más adelante, tomé aliento:

Era él, dije
¿Quien? contestó Miss Bussines Bunny sorprendida.
El de anoche
¿Queeé? –atinó a decir– ¿y por qué demonios no lo saludaste?
No lo sé… Creo que no lo reconocí a tiempo.

Di media vuelta y lo vi a lo lejos. Caminaba, descalzo y bronceado, tabla de surf en mano por el adoquín. Demasiado tarde. Estúpida, estúpida, estúpida pensé. Se había cerrado la puerta del metro.

De vuelta a la Ciudad, no volví a pensar en el incidente. Hasta que apareció en mi bandeja de entrada. “You have a mail”. Con la sonrisa estúpida que me caracteriza empecé a leer:

“te diré que fimos víctimas de un desafortunado despiste… fue una situación que me superó por completo, tú pasaste de largo y yo pensé que si habías actuado así, sería por algo”

Aaaaahhhhhhh! Cielos! ¿Pos que no, nomás estas cosas pasan en las pelis? La puerta del metro no se cerró por completo.

PUERTO DE MIS AMORES…

Nada como poner a remojar las tristezas en agua salada, digo yo.


Desde mi llegada a Puerto, recordé por qué es el puerto de mis grandes decisiones. Cada vez ha sido distinta e importante. Y ésta no podía fallar.

Personaje 1:
Apareció a las 6 de la mañana. El Niño Sueco estaba dispuesto a llevarme a ver el amanecer desde unos manglares. Y entre el sol saliente y su extraña pronunciación, hablaba de su objetivo. Así suavecito, como no queriendo, pasó de sus viajes a sus logros, de sus metas a ‘eso’ que lo mueve. ¡Carajo! Con esa tranquilidad que da el puerto, me escupió en la cara lo ápatico de mis últimos momentos.
¿Y a tí, querida Conejita, qué ‘te mueve’?, me pregunté después de más de quince horas juntos.

Personaje 2:
Sí, eso dicen. Que vivimos en el paraíso… Pero no se crea. Aquí también nos faltan cosas, me dijo Don Conejo Galán mientras se sentaba en mi mesa con una langosta en la mano. Frente a nosotros se desplegaba una de esas playa que sólo se ven en ‘territorio telcel’, hasta donde alcanza la vista.
Pero sí, sí soy muy feliz con lo que tengo. Con el paraíso, remató.

Personaje 3:
No.. porfavor. Te lo pido como un favor –me dijo mirándome a los ojos, casi como una súplica. Se trataba de El Artista Portadeable, el mismo que ocupó las paginas de mi revista sólo unos meses atrás— Déjame MI playa un ratito más. No le digas a nadie que existe.
Y yo le hice caso.

Personaje 4:
Y sí, también en esta ocasión fue el Babylon. Lugarcito de libros, juegos de mesa y mojitos como ningunos. La primera noche sirvió de centro de reflexión, la segunda para recordarnos que el mundo es grande y yo nomás estaba viendo el horizonte desde mi ventana.

Llegó unos minutos después que yo y se paró junto a la barra. Me recordó a El Actor Atormentado. A primera vista juré que era italiano: conozco bien esos gestos decididos, la sonrisa conquistadora de lado y el doble beso en la mejilla. Lo miré dos segundos. Me miró uno solo. El tiempo pasó y cuando ya casi me había olvidado de su presencia, reapareció con el pretexto del cigarrillo. Eso y bastó.

Durante las siguientes horas y tequilas no fallaron las palabras. Una detrás de la otra se hilaron hasta las cuatro de la mañana. La plática pasó de la política a los amores, del mundo a los países, de las caras a los corazones. Tenía frente a mí a un Conejito Vagabundo, uno de esos ejemplares que había olvidado: uno que recorre el mundo por el gusto de mirar los rostros del otro lado de la frontera, de los que no se lian a los convencionalismos pero tampoco se clavan en la irreverencia adolescente, uno que pasa de “casa-coche-perro-jardin”, uno de esos que mira desde dentro de sus ojos claros, que se confiesa vulnerable y que va buscando de la vida mucho mucho más de lo que he oído en los últimos meses. Uno de esos, joder!

Supe entonces que ésta era una de ‘esas’ noches: donde la vida se me revuelve, como metida en el shaker del martini y vuelta a poner en otro lugar.
Tomé el avión de vuelta sabiendo que el corazoncito estaba en franca recuperación. Luciendo una sonrisa estúpida en la cara de pensar en esa caminata al filo del amanecer…
¿Me das tu mail? dijo mientras escribía sus datos en mi libreta de tapas negras.

Fin del cuento:
Esta mañana, con la nariz bronceadita y viéndome al espejo, me recuerdo que es hora de volver a abrir las alas. El que quiera que planee a mi lado. Porque como Oliverio no le perdono a un hombre que no sepa volar.

PUERTO DE MIS AMORES…

Nada como poner a remojar las tristezas en agua salada, digo yo.

Desde mi llegada a Puerto, recordé por qué es el puerto de mis grandes decisiones. Cada vez ha sido distinta e importante. Y ésta no podía fallar.

Personaje 1:
Apareció a las 6 de la mañana. El Niño Sueco estaba dispuesto a llevarme a ver el amanecer desde unos manglares. Y entre el sol saliente y su extraña pronunciación, hablaba de su objetivo. Así suavecito, como no queriendo, pasó de sus viajes a sus logros, de sus metas a ‘eso’ que lo mueve. ¡Carajo! Con esa tranquilidad que da el puerto, me escupió en la cara lo ápatico de mis últimos momentos.
¿Y a tí, querida Conejita, qué ‘te mueve’?, me pregunté después de más de quince horas juntos.

Personaje 2:
Sí, eso dicen. Que vivimos en el paraíso… Pero no se crea. Aquí también nos faltan cosas, me dijo mientras se sentaba en mi mesa con una langosta en la mano. Frente a nosotros se desplegaba una de esas playa que sólo se ven en ‘territorio telcel’, hasta donde alcanza la vista.
Pero sí, sí soy muy feliz con lo que tengo. Con el paraíso, remató.

Personaje 3:
No.. porfavor. Te lo pido como un favor –me dijo mirándome a los ojos, casi como una súplica. Se trataba de El Artista, el mismo que ocupó las paginas de mi revista sólo unos meses atrás— Déjame MI playa un ratito más. No le digas a nadie que existe.
Y yo le hice caso.

Personaje 4:
Y sí, también en esta ocasión fue el Babylon. Lugarcito de libros, juegos de mesa y mojitos como ningunos. La primera noche sirvió de centro de reflexión, la segunda para recordarnos que el mundo es grande y yo nomás estaba viendo el horizonte desde mi ventana.

Llegó unos minutos después que yo y se paró junto a la barra. Me recordó a El Actor. A primera vista juré que era italiano: conozco bien esos gestos decididos, la sonrisa conquistadora de lado y el doble beso en la mejilla. Lo miré dos segundos. Me miró uno solo. El tiempo pasó y cuando ya casi me había olvidado de su presencia, reapareció con el pretexto del cigarrillo. Eso y bastó.

Durante las siguientes horas y tequilas no fallaron las palabras. Una detrás de la otra se hilaron hasta las cuatro de la mañana. La plática pasó de la política a los amores, del mundo a los países, de las caras a los corazones. Tenía frente a mí uno de esos ejemplares que había olvidado: uno que recorre el mundo por el gusto de mirar los rostros del otro lado de la frontera, de los que no se lian a los convencionalismos pero tampoco se clavan en la irreverencia adolescente, uno que pasa de “casa-coche-perro-jardin”, uno de esos que mira desde dentro de sus ojos claros, que se confiesa vulnerable y que va buscando de la vida mucho mucho más de lo que he oído en los últimos meses. Uno de esos, joder!

Supe entonces que ésta era una de ‘esas’ noches: donde la vida se me revuelve, como metida en el shaker del martini y vuelta a poner en otro lugar.
Tomé el avión de vuelta sabiendo que el corazoncito estaba en franca recuperación. Luciendo una sonrisa estúpida en la cara de pensar en esa caminata al filo del amanecer…
¿Me das tu mail? dijo mientras escribía sus datos en mi libreta de tapas negras.

Fin del cuento:
Esta mañana, con la nariz bronceadita y viéndome al espejo, me recuerdo que es hora de volver a abrir las alas. El que quiera que planee a mi lado. Porque como Oliverio no le perdono a un hombre que no sepa volar.