YA LO PASADO, PASADO (Playlist: José José)

Me senté en la mesa a esperar. Tardó casi 20 minutos en llegar. Me pregunté cómo sería verlo luego de tantos meses.

De pronto apareció caminando a lo lejos: el pelo un poco más largo, varios kilitos de más, la barba crecida, gafas de sol.

Y yo no sentí nada.

Aquel viejo Conejito PR que en su momento me robó noches enteras de sueño y no pocas lagrimitas, se sentó a mi mesa en el Paraíso Tropical y hablamos de todo y de nada.

En algún momento, hablando de amores -los míos, los suyos-, me dijo casi con orgullo:

—Yo ya compré el anillo.

Sonreí y abrí los ojos muerta de la curiosidad. Entonces me contó la historia, como si nada, como si hablara de alguien más, casi como relatándome una travesura de niño o una anécdota de un amigo lejano:

No, no. Aún no tengo novia. Pero hubo oferta en Tiffany’s… así que escogí uno más grande, mejor y más lindo… Infalible.Le gustaría a cualquiera… Porque ahora sí, a la que sigue es a la que “le toca”.

Joder. Prueba infalible de que lo prefiero como amigo.

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BUENA VIDA ES… (Playlist: Eros Ramazzotti)

Y sí. Las cosas buenas estan a la vuelta de la esquina. Faltan dos segundos para que esten perfectamente convertidas en realidad en la palma de mis mano. Juro que en cuanto suceda, lo cuento con detalle.

posing_canape.jpgEn tanto, hoy tuve mi primera sesión del Club de Lectura Light y lo que comenzó con el recuento de La Suma de los Días terminó con el analisis tormentoso de nuestros últimos encuentros amorosos: Conejita Judia y Soltera, Miss Bussines Bunny, Conejito Politizado y Conejito Sonrisa Perfecta. Todos tan guapos, tan interesantes, tan armados, y al mismo tiempo, tan solos. Un verdadero desastre, joder. Pero terriblemente divertidos a la hora de buscarnos en el pasado.

En el pasado que, de mi parte, incluye al Conejito PR, al mismo que ayer me topé en un antro en buena compañía y mucho nervio de no saber cómo decirmelo… ja. Incluye también a Mr. Peruvian Bunny que después de meses se aparece en mi teléfono pero me advierte que soy peligrosa para su estabilidad, al Conejillo de Miura y sus misterios y por supuesto, a My Stress Rabbit del que, a estas alturas, no termino de contestarme cómo es que un día comenzó la historia más triste de los últimos tiempos.

El presente en cambio, me pone por ahí al Conejito Tenista, perfecto para subirme la autoestima, el ego y refrescarme la plática de viernes por la noche. Y a Beautiful Bunny para no perder la práctica en la conquista. Poco a poquito, entrenándome a ratos en el arte de tomarnos una botella de vino en pleno lunes, reír sin parar y jurarnos que entre nosotros nunca pasará nada aunque ninguno de los dos se lo crea.

Tras varias horas de repasar aquellos dates que parecen perdidos en un pasado remoto y los nuevos perfectamente metidos en una caja de seguridad, me siento más estable que nunca. Más tranquila. Más zen. Más sana. No sé si es la ausencia del cigarro, del alcohol, el celibato —a punto de concluír— o los proyectos de una vida nueva, pero me gusta esto que miro cada noche en el espejo.

Ilustraciones: Arthur de Pins

CONEJITA ON ICE

El lunes después de la inauguración de la pista de hielo —a primera hora de la mañana— estaba ya con el teléfono en mano. ¿Quieres venir a patinar? dije.

Mi primera opción fue el Conejito PR para acompañarme en la aventura. Alto, guapo, cosmopolita y cool: era la mejor opción para deslizarse a mi lado, sobre la superficie helada, rodeados de vapor de agua. Casi como en un cuento de hadas.
No puedo, princesa. Tengo que trabajar. Me hubiera encantado porque soy campeón de hockey sobre hielo.

Menos mal, pensé. A mi nadie —ni siquiera el galán en cuestión— me iba a opacar en la aventura. Ante la negativa decidí llamar a las conejitas del resto de mi agenda telefónica. La respuesta fue entusiasta: la Conejita Intrépida no lo dudó ni un segundo y aceptó.

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Obvio, antes había que superar un obstáculo crucial: el outfit adecuado. Aunque mis mallitas y tutú era gran opción, tuve que declinar por cuello de tortuga de cashmere, pantalones cargo y chamarrita negra, ultra deportivos, tecnología dri-fit, bufandón al cuello y grandes lentes oscuros. Estaba lista para el Gran Slam, aunque sólo fuera a la plancha del Zócalo de la ciudad.

Ante la primera gran fila, aplicamos la sonrisa conquistadora. Al igual que yo, otras 1,423 personas más, pensaron que nadie patinaría en la mañana de un día laboral
Poli… ¿es por aquííííí? dijimos mientras pestañeábamos lánguidas.
No, señoritas –contestó- la cola empieza allá. Mientras señalaba un punto en el horizonte lejanísimo.
Al ver nuestros ojos tipo gatito de Shrek abrió un espacio y nos coló en la ventanilla para recibir las pulseritas verdes de acceso. A las 12 en punto teníamos que estar en la puerta de entrada a la pista. Con una nueva estrategia de Conejitas tontas-tontas nos instalamos listas-listas a mitad de la fila. Obtuvimos nuestros patines nuevecitos. Casi flamantes. Y nos aventuramos hacia la entrada.

Me paré en la puerta de acceso. Ahí de frente estaba “luminosa y bella” una enorme pista de hielo. Casi infinita. Yo, a este punto, recordé que no sé patinar en hielo. La Conejita Intrépida se deslizo sobre la pista. Un metro adelante me hacía señas. Los instructores me animaban y detrás una fila infinita de impacientes “patinadores” me apresuraban.

Puse la primera lama de hierro sobre la pista, con una mano me aferré a la barrera y con la otra apretujé el brazo del instructor, clavándole las uñas en los bíceps. Puse la segunda lama sobre el hielo y sentí mis pies resbalarse sin control. Demonios. ¿Éste era el deporte invernal por excelencia?

Ante mi ignorancia, los cientos de instructores, los polis en patines y hasta los paramédicos on ice se desvivieron en indicaciones: inclina el tórax, flexiona las rodillas, estabiliza el peso, cambia tu centro de gravedad, utiliza los hombros como volante, cierra los puños, frena con la lama, no te agarres de nadie. ¡Joder!

Con una gran habilidad —como si hubiera formado parte del elenco de Los Pájaros Patinadores—, empecé a deslizarme por la pista. Volteé a todos lados. Nadie a mi alrededor era un experto patinador. Es más, todos reían mientras caían como pinos de boliche. Yo también reí. Por primera vez, esta conejita no era la única de movimientos disconexos.

En la pista parecía que se llevaba a cabo un desfile de modas sui generis: mientras por un lado patinaba un punketo con mohicana, por otro hacían piruetas algunas loquitas patinadoras, no faltaba uno con abrigo y peluche en el cuello en contraste al chavito en bermudas. Decenas de escolares, de faldita tableada, disfrutaban de “la pinta” al igual que el oficinista en traje y corbata. Esto es lo que yo llamo, un deporte incluyente.

El resto de la hora se convirtió en una carrera de obstáculos. El objetivo no era no caerse, sino lograr que no te tiraran. Me dediqué a esquivar con la gracia de una hipopotamita de disney a todos los que iban rebotando sin cesar. Y a mi paso veloz, obvio, varios resultaron lesionados.

La música sonaba: Christina Aguilera seguida de un “Bella, bella, velludita” le ponía saborcito a la experiencia. En las gradas el público saludaba. Me sentí campeona olímpica. Tomé de la mano a La Conejita Intrépida, nos detuvimos al centro de la pista, agitamos un brazo por encima de nuestras cabezas y sonreímos a los espectadores. Sólo faltaban las rosas cayendo.

Después de 45 minutos, en pleno medio día, el calor era infernal. El hielo parecía derretirse, la pista estaba mojadísima y mi bufanda, cuello de tortuga y chamarrita no habían sido la mejor opción. Parecía tamal en olla: estaba empezando a vaporizar. Por si fuera poco, los patines, durísimos, me torturaban los pies.

Decidí que era momento de terminar la experiencia. Patiné triunfal hacia la salida mientras sonreía a los cientos de espectadores. El saldo era blanco: mi colita de peluche había logrado salir seca, sana y salva sin tocar el hielo. Ahora sí, podría repetir con el Conejito PR experto patinador en hielo.

A RODAR, A RODAR TU VIDA (Playlist: Fito Páez)

Panamá es verde. Si tuviera que decirlo en una palabra diría eso nomás: verde. Ahora bien si tenemos que ponernos a explicar el viajecito completo fue, obvio, una rueda de la fortuna.

bubbles-defv04prev.jpgDesde el primer aeropuerto ya las cositas no fueron como el itinerario dictaba. El Conejito PR nomás no llegó: se quedó dormidazo y tomaría el sigiuiente vuelo. Y ahí estoy yo, tremendo maletón en mano en lo que sería mi primer viaje romántico de la temporada.

Abordé el bonito vuelo de Copa a destino, literal, desconocido. No sabía a dónde llegaba, no sabía con quién llegaba, no sabía vamos ni siquiera que necesitaba haber comprado una bonita visa de turismo.

Y así, esta misma conejita, tremendo maletón en mano, terminó paradita en el “flamante” aeropuerto de Panamá City sin nadie que la recibiera a brazos abiertos.

Pero como esas cosas se arreglan rapidito, bastó encargar el maletón y tomar un taxi al mejor mall de la ciudad. Obvio, si una tiene 7 horas para esperar al Conejito PR en el paraíso del shopping, la mejor manera de pasarlas es… ¡comprando!

De pies y tarjeta de crédito hinchaditos y hartas bolsias, ahí te voy de vuelta. A encontrar finalmente al Conejito PR al aeropuerto. De ese primer encuentro a varios días después no nos volvimos a separar. Él, yo, el Amigo del Conejito PR y la Novia Tropical del Amigo del Conejito PR (pareja que amerita un post aparte) nos la pasamos de noches reaggesoneras, hamburguesas de burguerking y cenas orientales. Y shots de tequila para no dejar. Entre una cosa y otra, fue facil salirse por la tangente sin tener que aclarar el estatus oficial de la relación.

La cosa fluía, vamos, suavecito y sin complicaciones —¡hubo hasta quién me llamaba Señora Coneja del Conejito PR!— cuando llegó el siguiente descalabro al itinerario: el susodicho partió un día antes que yo a tierras colombianas. Y esa noche, con las luces Panamá City en la ventana del hotel tuve tiempo para pensar. De más, digo yo.

A la mañana siguiente, maletón en mano, tomé el taxi rumbo al aeropuerto.

—¿Su maridó llegó bien a Cartagena? preguntó el señorcito que nos había llevado de arriba para abajo en estos días.

Le sonreí sin saber qué contestar.

Estaba, una vez más, como casi todas en mi vida llegando sola a un aeropuerto con destino desconocido.

Ilustraciones: Arthur de Pins

¿QUIÉN DA MÁS, QUIÉN DA MÁS?

Pues sí, parece que pusimos el corazón en venta. Y me queda claro que eso de andar rematando el corazón como en tianguis es poco sexy. Pero, ahora sí “juro que yo no fuí”.

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Todo comenzó (o al menos eso recuerdo) con el Next Door Bunny y sus mensajes escritos sobre el polvo del parabrisas de la Exuberante Princesa Yaris. No pregunten cómo, el susodicho continúo mandando mensajes a mi celular. Al principio lindos, otros ligeramente más exigentes, ya finalmente desesperados ante mi falta de definición. Y bueno sí, no hay muchos que aguanten después de mi interminable “llámame luego y vemos”.

Y es que por ahí traíamos bajo la manga la cita de viernes con el Conejito Probable Ideal. Todo estaba preparadísimo: taconazos de primera, pelazo lacio, vestido ondeante y chamarrita casual. Así como quién no quiere la cosa. Iba yo muy decidida a encontrarme con el susodicho cuando sucedió lo impensable. Entré en pánico. Lo ví a través del cristal, reconocí su figura alta, alta que muy alta, contuve el aliento y me di la vuelta. Y ahí estoy, cual Angélica Yara María, haciéndome trenzas y mordiendo el rebozo, escondida detrás de un estante de libros. La Bombón Bunny no daba crédito a sus ojos y sólo atinaba a repetir:

—”¿Neto, neto no lo vas a saludar?”

Así, con el corazón detenido, miré alejarse al Conejito Probable Ideal jurando que todo es culpa del alcohol que a mí, al contrario de todo el mundo mundial, me inhibe.

En fin, me consoló la idea de que la mañana siguiente la pasaría con el Conejito Marinero, con todas sus buenas intenciones de ponerme a velear en plena Presa Madin. Sí, sí, una presa potabilizadora con todo y el agüita verde. Y sí, sí, una experiencia urbana digna de un largo post. En fin, el resultado más positivo resultó el agarrar buen bronceado.

De regreso a casa, el mismisimo Conejito PR hizo una llamada y ofreció una salidita de domingo de puente. Me pasé la tarde meditando en las reapariciones intermitentes de éste y otros conejitos, como si mi corazoncito fuera asunto de “ring, ring, corre” (el jueguito infantil y ochentero ese que consistía en tocar puertas y correr desesperados esperando que el dueño de la casa no nos encontrara).

Como si mis disertaciones no bastaran y mi estabilidad emocional fuera cosa de nada, el domingo por la noche otro espontáneo decidió ligonearme via sms. ¡Hágame el rechingao favor! Mensajitos varios y anónimos que ofrecían y prometían amor eterno y a primera vista. Tras largo trabajo de investigación minuciosa, el Conejito Anónimo resulto ser nadamásynadamenos que el mismisimo Señor Talabartero de la Esquina. Sí, sí, uno que jura haberse enamorado con que yo nomás le llevara mi chamarrita de gamuza a teflonear.

¡Hábrase visto! Yo ya no sé si alguien me pegó en la espalda un letrerito de “Ofertón. Corazón disponible en reventa. ¿cuánto ofrece?”. O a estas alturas, debería salir con más ropita a tirar la basura, evitar la sonrisa oreja-a-oreja mañanera con los vecinos.. O ya de plano, y con esto del corazón perennemente roto, mejor me postulo como La Reina del Barrio para por lo menos tener el gusto de haber usado una vez en la vida, coronita brillante detenida estratégicamente con una mano sobre la cabeza ladeante, cetro amenazador, banda con hartas lentejuelas sobre el pecho bien erguido y ramo de rosas apenas en flor.

Joder!

CORTE DE CAJA

newstar_8.jpgTodavía no veleo, pero no falta tanto. En cambio, me pasé horas en la mesa con esas dos: Conejita Judia y Soltera y Bombón Bunny. Cada una compartiendo una historia igual o peor que la mía (confieso que la de Bombón esta vez me superó!). Un verdadero guion de telenovela a la Muchachitas.

En mi turno del recuento hice un corte de caja de los últimos meses. Pasé del Conejito de Miura a Conejito Probable Ideal pasando por el Conejito PR, no faltó Mr. Peruvian Bunny y rematando con un recuento nada veloz de la historia completa de My Stress Rabbit. Y quién más tenga, que más le acumule.

De regreso a casa me pasó una vez más: al alzar el teléfono para quedar con el Conejito Marinero en la cosa de la veleada me encontré con que en la contestadora estaba la voz de un nuevo Conejito: Next Door Bunny, con una invitación a salir. Se trata del mismo que dejó su teléfono escrito sobre el polvo de mi parabrisas. No pude más. Se me hizo un nudo en el estómago y comencé a llorar.

¿Cuántos más? pensé. ¿Cuántos más me faltan para encontrar a The One?

Han pasado varias horas, tengo los ojos rojos y ni idea de dónde encontrar la respuesta.

DICHOS QUE DICEN

Quien me conoce sabrá que como una auténtica tía abuela, lleno mis discurso de dichos ¡oh si! gran sabiduría popular. Y en estos momentos, ese de “por una puerta que se cierra, se abren tres?, me queda como anillo al dedo.

Digamos que después del sufrimiento muy sufrido del fin de semana, estamos en franca recuperación. Y por ahí dos que tres Conejitos están ayudando en el proceso del levantamiento de ánimo que teníamos pegado al suelo como estampita.

Primero acordé cena definitiva y definitoria con El Conejito PR. Después de muchos muchos muuuuchos meses de pestañeos, ya es hora de llegar a un acuerdo ¿no? Estaba yo en esas disertaciones cuando sonó el teléfono. Casi 12 de la noche. Al otro lado nada menos que Mr. Perfect Bunny, reaparecido luego de muchos meses de alejamiento. Sólo para justificar las causas de la distancia tomada y con ganas de recuperar el tiempo perdido. ¿Estamos todos locos? En fin, confieso que dio gusto la llamada y que venga lo que tenga que venir.

Y cuando una veía acercarse peligrosamente un fin de semana más, de esos donde irremediablemente, una despierta con una misma y sin el susodicho al lado, sucedió algo que promete mejorarlo. Apareció en red el Conejito Marinero, al cual no conozco pero que siempre tiene buenos consejos a la mano. Ésta vez, ofreció un cambio, literal, de aires. Y yo, ni tarda ni perezosa, acepté.

 

El sábado llevaré a cabo una nueva y excitante experiencia urbana: velear. Y por supuesto, la primera pregunta existencial que llegó a mi mente fue: ¿qué demonios me voy a poner? Ja. Sólo prendan veladoras para que eso no sea un nuevo Cabo de Miedo. Brrrr.