Desencuentros

El primero. Después de casi tres meses de conocernos y hablarnos todos los días llegó el primer desencuentro. Podría decir que no fue importante: él no llama, yo me enojo y no escribo. Él se enoja y no escribe. Yo noto su ausencia y la ansiedad me mata. Todo en menos de 24 horas. Bromeamos por la estupidez de la situación. Lanzamos esas frases que se sueltan como dardos, como no queriendo, con una ironía hiriente, esas carcajadas que intentan acallar al otro. Nos despedimos. Todo en menos de 24 horas.

Tras colgar el teléfono me queda esa sutil sensación que reconozco tan bien,  ese hoyo en el estómago, esa tensión subcutánea. Una lucha de poderes. Tú no cedes, yo tampoco. Tú tiras la flecha,  yo la regreso con la misma intensidad y en sentido contrario.

Tengo miedo. Lo he vivido. Ya estuve allí. Y no quiero volver a ello. En historias interminables de dimes y diretes, de no dar el brazo a torcer, de creer que el que gana es quién tiene la última palabra.

No olvides Conejita, por favor, que el amor (el bueno) solo sirve si -aún perdiendo- ganan los dos.

Viñetas

Dos de dos

La aplicación decía poco. Nombre. Edad. Arquitecto at Arquitecto. La primera foto a contraluz. En las siguientes, su rostro adusto, los ojos entrecerrado, el pelo rizado hacia atrás.  Y siempre el mar.

Me había dado like. Respondí.

La conversación pasó velozmente a nuestros teléfonos y de ahí a una primera cita en el restaurante de un famoso hotel hipster miamiense para ver la puesta de sol.

Cuando llegué (mexicanamente tarde) estaba sentado en el lobby esperando. Sonrió. Polo blanca, pantalones skinny y mucho más alto de lo que esperaba. Me puse nerviosa. Rápidamente fuimos a cumplir el pretexto de la cita.

En la cena, su silencio me volvió a quitar la tranquilidad. Sucedió lo de siempre. Parpadeé muchísimo y hablé sin parar. Relaté la historia de mi vida sin filtro -que muchos no los tiene. Rota una de las primeras reglas del dating profesional: no cuentes todo de ti.

Terminó la cena sin saber si me gustaba de veras. Habíamos hablado un poco de libros, viajes, yates y su trabajo ‘de lujo’ que no me quitaba el aliento. Pero llegaron dos momentos precisos: refiriéndose a su padre remarcó la ética en su vida. Mi cerebro reaccionó: é-t-i-c-a esa primera pasión aristotélica en mi vida. Esa obsesión de entendernos entre el bien y el mal. Empecé a mirarlo de manera distinta.

El segundo momento también fue solo un flashazo. Tras ayudarme a poner el suéter y abrirme el paso con el brazo, entramos en el largo pasillo bordeado de plantas tropicales que lleva a la entrada del hotel. Caminaba yo delante cuando me detuvo, me tomó el brazo y me puso a su derecha.

“Cuidado con las antorchas y tu pelo”, dijo.

Otro chispazo conectó en mi cerebro ante ese pequeño detalle. Junto a mí iba un hombre acostumbrado a cuidar de la persona a su lado.  Peligro.

Nos despedimos y subí al auto. En el semáforo sonreí. Reconocí las mariposas en el estómago. 

Coño.