AYÚDAME FREUD (PLAYLIST: RICARDO ARJONA)

Yo no sé discutir.

Y no es broma. Sé pelear, encorajinarme, patalear, gritar, aventar floreros, hacer aspavientos, mover los bracitos y colgar con tremenda fuerza el teléfono.

Todo eso me sale re-bien, pero no sé discutir. Peor aún, no sé discutir en pareja.

Y si nos ponemos dramáticos, histéricos e históricos, echémosle la culpa a mi historial familiar.

Y ahí viene Freud.

Crecí en una casa donde Doña Coneja Jefa se encargo de decidir, dar órdenes, mantener, encorajinarse y voltearme la boca con dos que tres cachetadones cuando meritaba mientras el Señor Conejo miraba la televisión.

En ocasiones, ya con la más absoluta desesperación, la Coneja Jefa se le ponía muy cerquitita, lo miraba fijo y le llamaba por su nombre completo. Eso significaba que la cosa ardía.

Pero no, no. No confundamos. No discutían.

Ella peleaba. Ella se enojaba. Ella resolvía.

Era ella la que decidía, decidió y decidirá. Ahora, antes y después del Señor Conejo.

Y así crecí. Y así soy yo. Será por eso, o por que nací respondona, pero yo no sé discutir.

Resulta que a la más mínima (o no tan mínima) provocación mi primer pensamiento suicida es echar todo por la borda, mandar ésto directito al carajo y pensar que “a mí quién me manda” si tan bien que me la paso solterita.

Y hasta ahora había funcionado. En mi historial de relaciones amoroso-tormentosas el ir y venir, dejarnos y recogernos, te tengo-te pierdo era una constante. Una especie de adicción adrenalínica que me mantenía la boca del estómago apretujada. Y el corazón atarantado de tanto vaivén.

Y seguía solterita y pasándola bien. O casi.

Pero ahora la cosa cambia. Somos dos. Intento pensar en dos. Y proyectarme la vida en dos.

Y la cosa no me va saliendo tan mal hasta el primer desacuerdo.  Enfurezco.

Y no tengo ni la más mínima idea de cómo pasar de la furia que me nubla los ojos a un encontentamiento tranquilo sin sentirme rencorosa durante tres días.

No sé dormir enojada. No sé fingir que todo va bien. No sé tampoco perdonar rapidito. Ni sentir que alguien más –y no yo- se salió con la suya.

No sé cuánto tiempo “está bien” estar enojada. No me sale la estrategia “no me toques”. Y no sé cómo hacerle para que “no vuelva a pasar”.

Recuérdenme cuándo dije que me quería casar.

Lo mismo pero en otro lado

HOY TENGO QUE DECIRTE MAMÁ (Playlist: Timbiriche)

Agh soy un asco. Porque bien sabemos que si a alguien quiero, profunda, certera y absolutamente es a La Coneja Jefa.

Y no porque sea La Jefa. Si no porque  desde aquel lejano día, por ahí de mis 18 cuando me fuí de casa, hemos aprendido a querernos, a tolerarnos y a llevarnos todo lo bien que no pudimos cuando vivíamos juntas. O yo con ella, más bien.

Y como me suele suceder en los últimos meses. Estoy lejos. De ella y cuando me necesita.

Y yo me siento todo lo mal que se puede (que no es mucho pero sí bastante) cuando me entero de sus cosas, de las importantes no porque le llamé por teléfono o porque me haya dado tiempo de encontrarmela en skype.

Si no porque ante mi continua ausencia, ella envía un correo electrónico. Escrito todo en mayúsculas porque no sabe usar bien “eso de la computadora” y escrito desde lo más profundo de sus dificultades tecnológicas para comunicarme su estado de salud.

Ash ya. Alguien dígame qué estoy haciendo mal.

ACOMPAÑAME A ESTAR SOLO (Playlist: Arjona)

Mis días empiezan a solearse. Ya volví a usar tacones y la agenda se me va llenando: un fin de semana por allá, una fiesticilla por aquí, otra reunioncilla por acullá, unos tres que cantan conmigo al gran Ricardo el Poetilla Arjona a todo pulmón (en todos lados se cuecen habas) y una visita que me hace un hoyito en la panza mientras le voy quitando hojitas al calendario.

Y es que no sé si lo dije pero tengo un novio. Bueno no uno sino EL novio de la Conejita: el Conejo Novio como Dios Manda.

Uno se quedó lejos, casi a un océano de distancia. Y que yo hago como que no extraño pero un poco sí. Uno que me llama todos los días, a veces hasta dos, que me manda flores de-las-de-a-de-veras por encima del Atlántico y que me dice (y trata) como princesa.

Uno que bien dice La Coneja Jefa llegó calladito y así se ha ido instalando, muy a sus anchas, abriéndose camino en mis planes futuros y haciendo que a mí hasta me pasen desaparcibida las esporádicas re-apariciones del Conejillo de Miura.

Yo creo, señoras y señores, que suavecito, despacito y sin arranques pasionales, me enamoré.

TENGO MUCHO QUE APRENDER DE TÍ (Playlist: Emanuelle)

–¿De verdad crees que yo lo quiero? le puse en el chat a La Conejita Jefa refiriéndome a su comentario sobre mi relación con el buen Conejo Latino-Tropical.

Pensó. Escribió y borró. Mientras yo veía el cursor ir adelante y atrás.

Sí lo creo, tecleó lentamente.

Entonces me explicó como nunca lo había hecho antes refiriéndose a mis amoríos:

–Él no es uno de tus amores de tormenta. No es de esos que bien conoces… que llegan, arrasan contigo, te arrollan pero igual, cuando se van, te dejan en pedazos…  Él es uno de esos amores que echan raíces.

¿Y si tiene razón?

HOY TENGO QUE DECIRTE MAMÁ (Playlist: Timbiriche)

Acabo de dejar a La Conejita Jefa en el aeropuerto. Antes de subir la escalera eléctrica le dí un abrazo fuerte.

Qué bien nos la pasamos, dije.

Y se fué.

Y yo ahora (a diferencia de la partida de las otras visitas) me siento con una tristeza suavecita metida entre la barriga y el corazón.

Será que su presencia es más grande que la de cualquiera. Será que -luego de años y años de independencia- me sigue dando esa seguridad de que cuando ella está aquí, nada grave puede pasar. Será que el clima más frío de los últimos siglos en el Paraíso Tropical no ayuda. Será que aunque ya estoy grande, en realidad no lo estoy tanto. Será que me reí de sobra en estos días a su lado. Será porque me enseñó a tejer. Será que en dos semanas me desacostumbré al silencio profundo que se siente en este piso. Será la gripa que me anda rondando.

Será el sereno, pero yo tengo ganas de llorar.

UN ESPEJO DE CRISTAL Y MÍRATE Y MÍRATE (Playlist: Mecano)

Sigo de compras y con una cruda moral que se me quita cada que me veo al espejo estrenando un nuevo par de tacones altísimos.

La visita de La Coneja Jefa ha reforzado uno de mis mayores placeres: la compra. De todo y para todos.

Y sí, ya sé que esta acción revela mi espíritu consumista, mi lado más frívolo, mi cabeza hueca, mi absoluta necesidad de poseer y bla, bla, bla.

Sin embargo, insisto, ésto debe tener una razón más profunda.

Porque amo hacerlo. Y odio tener que admitirlo a regañadientes. Amo buscar y revolver entre los montones de ropa. Y lo mismo dá si es un carísimo centro comercial o un mercadillo de pulgas o una tienda de usado: el objeto encontrado debajo de montones de ropa, la última prenda, la talla perfecta, el precio rebajado cuatro veces, la edición especial o la posibilidad colgada y sin forma de una percha son pequeños trofeos al esfuerzo.

Amo la sensación de tener entre las manos el objeto del deseo y odio convertirlo inmediatamente en mi gusto culpable.

Ayer apenas, mientras yo pasaba un gancho tras otro velozmente tratando de detectar la mejor oferta, La Coneja Jefa me miró detenidamente y dijo:

-Es increíble cómo lo disfrutas.

Y sí.

Se me nota.

Y me pregunto si no hay manera de llevarlo con orgullo como hincha de un equipo de futbol que igual pierde la cabeza 90 minutos por más letrado que sea como Juan Villoro… O de enfocar mis “esfuerzos” en un resultado final loable y sublime que me haga sentir un poquito menos de culpa al estilo The Sartorialist… O por lo menos hacer un blog de hallazgos maravillosos tipo Garance Doré… o en serio, estoy destinada al repudio general?

Ash. ¿Nadie necesita una “compradora” a nivel profesional?

OTRA VEZ EL CHAMPÁN Y LAS UVAS Y EL ALQUITRÁN… (Playlist: Mecano)

Si tuviera que hacer un recuento de este año, no cabe duda que sería uno de los más ajetreados de mi pequeñita historia personal. Y curiosamente, uno de los que menos escribí.

Resulta que en sólo un año sufrí de amores como una condenada -que vamos, esa no es una novedad-, por los mismos de siempre y por algunas nuevas inclusiones en el ranking:

Me creí que la historia con el Conejillo de Miura iba a amarrar (ay ajá), me la descreí… me emocioné con el Buen Conejo Pluma Blanca, me desemocioné por las mismas razones de siempre… me enamoré hasta el cogote y con la misma fuerza me harté de un Conejo Artista que resultó estar más loco que una cabra… y terminé refugiada en los brazos de un Conejito Latino Tropical pensando que no pasaría de un fin de semana. Vaya, vaya. Y resulta que no, que han pasado los meses y me tiene una cajita azul de moñito blanco esperando debajo el árbol de Navidad.

Del trabajo: empecé el año creyendo que me consagraría en una bonitilla revista de ciudad a la que le había invertido varios años de mis letritas y en menos de lo que canta un gallo ya estaba yo fuera y en menos de lo que el mismo gallo volvía a cantar ya estaba yo haciendo mis pininos en un programa de radio armado, pensado, estructura, inventado y puesto en la práctica como a mí -y obvio, al respetable conductor- nos diera la gana.

Y estaba yo emocionandome mucho con mi vida “al aire” cuando La Empresa Más Grande del Mundo Mundial me puso enfrentito la oferta de un nuevo trabajo, viaje, casa, coche, ciudad y horizonte en la ventana.

Y ahí te voy: vuelo directo y sin escalas al mismísimo Paraíso Tropical. Y no había yo terminado de acomodarme a mis anchas como vieja gorda y con canasta, cuando llega la noticia de una nueva partida. Europa será, en unos mesecillos, mi nuevo destino. Más precisamente Londres.  En tanto yo ya empecé a comprar por comprar mis botas Hunter para la lluvia. Uff.

Del resto: a casi todos les llegó el amor o a mí la edad -tardía- de las bodas.

La Conejita de las Playas hizo la boda más bonita que yo recuerde, Bombón Bunny está dejándose atrapar, mi hermana que agarra y que dice me caso y se casó (hoy por cierto) y que mi hermano anda en los mismos pasos y listo como agua para chocolate. Descubrí, cierto, que los amo a los dos como si fueran mis orejas: imposible concebirme sin ellas.

La Coneja Abuela sigue en pié, a tropezones pero en pié. Y yo le estoy preparando por ahí una sorpresa bloguera.

Me descubrí con ganas de hacer ejercicio y con aptitudes para la cocina. Que el Paraíso Tropical puede ser un lugar menos hostil de lo imaginado y que mi inglés mejor a ratitos. Que cambiar de aires me hizo caer en la cuenta de que he tenido en la vida muchos enamorados pero pocos comprometidos. Y que pasar de uno a lo otro era sólo cuestión de reglas. Que ser La Novia tiene su encanto. Y que me gusta ser La Princesa del Cuento.

Y si de recuentos se trata, en mi libretita de amigos en lugar de restar, sumé. Tengo tres nuevos números de teléfono con código de la Florida a los que sé que puedo llamar en medio de la noche y, tarde pero seguro, llegan. Con eso me doy por bien servida.

Mientras tanto aquí estoy. Hoy la montaña rusa parece estar en las puras rectas. Tantas que ya hasta me desacostumbré.

En unas horas llega La Conejita Jefa para pasar conmigo el fin de este año.

Y yo, estoy feliz de mí.

Tengo ganas de burbujas, de fiesta, de baile y de que el que viene -el año, el trabajo, la casa, el estatus amoroso- sea al menos tan chispeante como éste.

Ajá. Que de esto se trata la vida, chingao!

REFLEXIONES SOBRE LA MUJER MÁS BONITA QUE CONOZCO (Y que sí, es de mi familia)

Siempre pensé que es lo más bonito que conozco. así de plano: bonita como ninguna.

Cuando se habla de belleza en casa siempre terminamos hablando de ella. Es como si ella fuera la representación misma de la belleza.

Mi mamá se encargó de repetirnos constantemente aquella historia de cuando su papá (de ella, no de mi mamá) las llevaba a Sanborn’s por tostadas desbordantes de pollo o cuando le enseñó a reírse sin arrugar la frente. Y todo, todo estaba marcado por su porte espectacular.

Ella lleva las pañoletas como ninguna. Nada de lo que se pone sale sobrando. El pelo siempre en su lugar, con un estilo que sobrepasa a la moda. Y nunca, nunca, nunca, por más que lo intentara lograba sentirme tan bonita como ella. O tan a la altura. O así.

travpers3Todavía hoy tengo aquí, en un cajón de un baño en un departamento de Miami, un frasco sin etiqueta que contiene una “crema milagrosa” con un olor penetrante a pomada de la campana y vic vaporub. Ella la hace. Y yo, confiadísima me la unto cada noche arrugando la nariz.

Dicen por ahí, que es su secreto de belleza. Y yo la miro siempre tan bonita y me lo creo.

Crecí viéndola bonita, no sólo ella sino todo lo que la rodea: una casa bonita, una familia bonita, un esposo perfecto, una sonrisa espectacular, un cutis impecable, un estilo único.

No quiero sonar banal. Espero me entiendan: ella no es una bonita-tonta o una bonita-bonita o una sólo-bonita. Ella es la bonita más inteligente que conozco, por la simple razón que sabe hacer bonito todo lo que la rodea.

Es como una magia especial, como si fuera una especie de Rey Midas que va embelleciendo lo que toca con el índice.

Y yo, con la infinita inocencia infantil de aquellas épocas, rogaba porque fuéramos más seguido a visitarla. Quien quitara y fuera cierto eso de ponerme bonita yo también.

Un día la más bonita de la familia tuvo una niña. Y el día del bautizo asistí al evento social más chic -y obvio bonito- que yo hubiera presenciado para esa, mi corta edad. Supongo que impresionó a varios y no sólo a mí. En la familia, se habló del evento durante muchos años.

Y yo decidí que un día sería también así para mí. Que yo quería, un día, tenerlo todo, todo, to-do porque mi Tia bonita me demostraba que sí se podía.

Cada que iba a su casa descubría una nueva posibilidad:  una casa de muñecas en medio de un jardín como nunca hubiera imaginado que existía, un teléfono de mickemouse en la recámara de “la niña” que me hacía abrir los ojos como platos, unas muchachas uniformadas en rosa que reían en la cocina, un baño que olía a flores, un esposo ar-qui-tec-to (¿hay otros con más onda?), fotos con escenas esquiando en la nieve, largas conversaciones en la mesa y la revista Hola! escondida por ahí (hasta para chismear había que tener estilo).

Y no, no. no me malentiendan. Nunca tuve envidia.

Es más, pensé durante muchos años lo difícil que debería ser vivir con una mamá con esa dimensión de belleza.

A mí me pasó (y eso que La Conejita Jefa es más terrenal). Tener una mamá bonita es un orgullo que te lleva a la escuela pero también uno de esos pesos increíblemente pesados cuando supones que nunca, nunca, hagas lo que hagas vas a tener el estilo, porte, caché, nonchalance o lo-que-quiera-que-sea con el que ellas van por la vida.

Esa niña creció convirtiéndose -contra todo pronóstico que prometía que sería absolutamente insoportable por el simple y sencillo hecho de tenerlo “todo”, incluida la mamá bonita- en la niña más bonita de la familia.

Y bonita, déjenme les digo, de donde se es más difícil serlo: de adentro, bonita de a de veras.

Lo comprobé en estos días.

Porque fíjense cómo son las cosas: mi Tía bonita pasa por el momento más difícil de su vida y por consecuencia, la familia bonita, la Niña bonita, el esposo perfecto…. y todo el shalala que le acompaña. Todo, enmugrecido por una noticia fea.

Cuando me lo dijeron, no supe que decir. En realidad, nunca sé bien qué se dice en esos casos. Cualquier cosa es terriblemente cliché y sirve para un carajo.

Pero no hizo falta.

Ellas -la Tía bonita y la Niña bonita– también han convertido este momento en uno sumamente especial: las siento más cerca que nunca (aún estando acá refundida en El Paraíso Tropical), van con sonrisas más abiertas, con miradas más esplendorosas, con un ánimo que jode a cualquiera que se quiera deprimir por tonterías, con poquititas lágrimas, haciéndole sentido a todo eso que me enseñaron en estos años: que sí se puede tener todo, to-do, lo bueno de la vida, aún cuando no lo parezca tanto.

Pum. Golpe contra la pared, pa’ que aprendas, Conejita.
….

Hace unos días, cuando estuve en casa de la abuela, ví unas viejas cintas de 8mm donde apareció mi mamá en sus años de juventud. Hubo quien por ahí se atrevió a insinuar nuestro parecido. Me reí pero dentro, así como haciéndome cosquillitas, pensé que tal vez sería cierto, aunque sé que no tanto.

Y hace menos días, me encontré con una foto de aquella graduación. Estaban las dos: mi mamá bonita y mi Tía bonita. Yo no me reconocí en la mía pero sí la reconocí a ella: a la Niña bonita en mi Tía bonita, casi idéntica.

Se me llenaron los ojos de lágrimas y sonreí. Ahora sé que no la he perdido y que la belleza completita sigue presente en nuestras vidas.

CASI EL HOMBRE PERFECTO (Playlist: Ana Cirré)

Me invitó a comer como sucede desde hace miles de años, una vez cada siglo. Esta vez, el pretexto es mi partida. Es, sí, casi el hombre perfecto.

Lo sé desde que tenía pasaditos 10 años y acompañaba a La Coneja Jefa a su oficina. Él se paseaba sin zapatos por aquel penthouse desde el que se veía la fuente de las Cibeles, daba órdenes —que de su boca parecían gentiles sugerencias—, pedía llamadas telefónicas y de vez en cuando, me dirigía la palabra con algún acertijo matemático imposible de resolver.

A los 16 me dió mi primer trabajo de verano y me quedaba sin habla cada que me dirigía la palabra. Era el soltero más codiciado de los alrededores. Y yo, una adolescente perdidamente enamorada de él.

Durante muchos años, asistí a la comida que mantenía rigurosamente con La Coneja Jefa el dia de su cumpleaños, hasta que un día, terrible, se casó. Y no, yo con mis 20 años menos, no había sido la elegida.

Hoy, lo volví a ver. Comimos en un restaurancillo que mira directo a la fuente de las Cibeles. Además del pelo blanco, él no ha cambiado: guapo, inteligente, con sentido del humor y mucho mundo. Y yo, como desde hace infinitos siglos lo miro igual: enamorada y con la boca abierta.

YA LO PASADO.. ¿PASADO? (Playlist: José José)

Yo lo digo y lo confirmo: los astros están conspirando en mi contra (tal vez favor). Tras la aparición de Conejito Jeepero, los otros conejitos y conejitas del pasado salieron de la madriguera para plantárseme enfrente.wombat4.jpg

Empecemos con el TV Bunny. Ahora tan propio frente a las cámaras, tan seriecito que se ve.. y mira nomás, apareciéndo para buscar un encuentro. Por cierto, fallido. Sus horarios, mis compromisos nomás no nos han hecho encontrar la cuadratura. Por ahí apareció después de varios meses la Conejita Comeflores, harto pacheca llegó a mi casa. Y harto pacheca comenzó la conversación: el pasado muy pasado, el pasado apenas pasado, su vida amorosa —rebien resuelta oigame—, mi vida amorosa —hecha un desmadre—, nuestros mundos.. y ahí vino el atorón:

—«Lo que tienes que hacer es salirte de ese mundo aspiracional en el que vives. Buscar en otros ambientes».

Joder. Eso no sonó facil. Años matándome para dedicarme a la cosa de la tendencia, para que ahora me digan que la tendencia es una jodidez. No lo sé de cierto.

Dos días después, reapareció algo mejor aún. La Conejita Mejor Amiga del Mundo Mundial. Ja. Esa misma de hace ¿30? ¿28? años. Esa de la escuela, la barda, la pubertad, la adolescencia y varias dolencias más. Pasamos el dia juntas y con tan poco que reclamarnos. La ví luminosa, linda, tranquila. Fuera de una mala historia. Vamos parejas. Y metida en una que —si no espectacular— es sana. Ella va un pasito adelante. Y con muchos, hartos planes de vida. Iguales.

Y ya como si no bastara, la noche terminó cantineando. Lo primero que vi al cruzar la puerta fue su cara. Se me cortó un poquito la respiración. Ahí estaba My Stress Rabbit. A un año… un año ibamos a sentarnos en la misma mesa. Caminé más despacio. Esbozé mi mejor sonrisa. Saludé y me pegué al hombro de Mr. Perfect Bunny. Estabamos los tres, como en los viejos tiempos, pero sin las viejas historias. ¡Cuánto joder, joder, joder, nos ha pasado a los tres en este año! Salí varias horas después, tres tequilas encima y más tranquila que nunca. La Conejita Jefa diría sabiamente:

—«El tiempo lo cura todo».
Curada estoy. No sé, ahora sí que de cierto, si estos del pasado regresaron para quedarse o nomás para enseñarme algo. Yo, sigo aprendiendo.