NO ES SERIO ESTE CEMENTERIO (Playlist: Mecano)

Que vienen y que me hacen una propuesta, un futuro pintadito como a mí me gusta. Y yo que me la creo y que me emociono muchísimo. Y que empiezo a hacer planes en el aire, esos que a mí me salen facilito. Y que incluyo a más personajes en el proyecto. Y que construyo una vida en mi cabecita. Y que, como suele suceder, que me la venden y que yo se las compro.

Ay ajá, te la creíste Conejita.

No contabas con la vida y sus reveses. Y las casualidades que ponen todo en el bordecito. Y la causalidad que ya te hubiera enseñado que las cosas no suceden cuando uno quiere, si no como diría La Coneja Abuela “cuando tienen que pasar”.

OTRA VEZ EL CHAMPÁN Y LAS UVAS Y EL ALQUITRÁN… (Playlist: Mecano)

Si tuviera que hacer un recuento de este año, no cabe duda que sería uno de los más ajetreados de mi pequeñita historia personal. Y curiosamente, uno de los que menos escribí.

Resulta que en sólo un año sufrí de amores como una condenada -que vamos, esa no es una novedad-, por los mismos de siempre y por algunas nuevas inclusiones en el ranking:

Me creí que la historia con el Conejillo de Miura iba a amarrar (ay ajá), me la descreí… me emocioné con el Buen Conejo Pluma Blanca, me desemocioné por las mismas razones de siempre… me enamoré hasta el cogote y con la misma fuerza me harté de un Conejo Artista que resultó estar más loco que una cabra… y terminé refugiada en los brazos de un Conejito Latino Tropical pensando que no pasaría de un fin de semana. Vaya, vaya. Y resulta que no, que han pasado los meses y me tiene una cajita azul de moñito blanco esperando debajo el árbol de Navidad.

Del trabajo: empecé el año creyendo que me consagraría en una bonitilla revista de ciudad a la que le había invertido varios años de mis letritas y en menos de lo que canta un gallo ya estaba yo fuera y en menos de lo que el mismo gallo volvía a cantar ya estaba yo haciendo mis pininos en un programa de radio armado, pensado, estructura, inventado y puesto en la práctica como a mí -y obvio, al respetable conductor- nos diera la gana.

Y estaba yo emocionandome mucho con mi vida “al aire” cuando La Empresa Más Grande del Mundo Mundial me puso enfrentito la oferta de un nuevo trabajo, viaje, casa, coche, ciudad y horizonte en la ventana.

Y ahí te voy: vuelo directo y sin escalas al mismísimo Paraíso Tropical. Y no había yo terminado de acomodarme a mis anchas como vieja gorda y con canasta, cuando llega la noticia de una nueva partida. Europa será, en unos mesecillos, mi nuevo destino. Más precisamente Londres.  En tanto yo ya empecé a comprar por comprar mis botas Hunter para la lluvia. Uff.

Del resto: a casi todos les llegó el amor o a mí la edad -tardía- de las bodas.

La Conejita de las Playas hizo la boda más bonita que yo recuerde, Bombón Bunny está dejándose atrapar, mi hermana que agarra y que dice me caso y se casó (hoy por cierto) y que mi hermano anda en los mismos pasos y listo como agua para chocolate. Descubrí, cierto, que los amo a los dos como si fueran mis orejas: imposible concebirme sin ellas.

La Coneja Abuela sigue en pié, a tropezones pero en pié. Y yo le estoy preparando por ahí una sorpresa bloguera.

Me descubrí con ganas de hacer ejercicio y con aptitudes para la cocina. Que el Paraíso Tropical puede ser un lugar menos hostil de lo imaginado y que mi inglés mejor a ratitos. Que cambiar de aires me hizo caer en la cuenta de que he tenido en la vida muchos enamorados pero pocos comprometidos. Y que pasar de uno a lo otro era sólo cuestión de reglas. Que ser La Novia tiene su encanto. Y que me gusta ser La Princesa del Cuento.

Y si de recuentos se trata, en mi libretita de amigos en lugar de restar, sumé. Tengo tres nuevos números de teléfono con código de la Florida a los que sé que puedo llamar en medio de la noche y, tarde pero seguro, llegan. Con eso me doy por bien servida.

Mientras tanto aquí estoy. Hoy la montaña rusa parece estar en las puras rectas. Tantas que ya hasta me desacostumbré.

En unas horas llega La Conejita Jefa para pasar conmigo el fin de este año.

Y yo, estoy feliz de mí.

Tengo ganas de burbujas, de fiesta, de baile y de que el que viene -el año, el trabajo, la casa, el estatus amoroso- sea al menos tan chispeante como éste.

Ajá. Que de esto se trata la vida, chingao!

HIGHLIGHTS DE UN VIAJE RELÁMPAGO (Playlist: Karaoke ochentero)

Desembarqué en La Ciudad de Origen. Me gusta. Me gusta su aire contaminado y su Condesa de miles de cafecitos. Me gusta mi abuela. Me gusta sentirme en casa y no perderme en las calles. Me gusta porque me recuerda que salí por gusto y siempre, siempre se puede regresar.

Desayunar con un Cocodrilo es una de mis mejores experiencias. Lo busqué, lo planté, lo recuperé y me embarqué en una de esas pláticas interminables, arrebatándonos la palabra, haciendo bromas duras e inclementes. Me gusta mirarlo. Tiene la piel bronceada que rodea una sonrisa de blanco inmaculado, los ángulos del rostro perfectos, la figura erguida e interminable y camina con vaivén, moviéndo los brazos con seguridad. Y sí, tiene charm. Ese encanto de los que se saben que se comen al mundo con sólo una sonrisita de lado.  Yo lo quiero. Y me gusta aún más que cuando entra al lugar, con las miradas que lo siguen, moviéndo el aire y caminando directito y sin prisas hacia mí.

Nos vimos, como dicta la tradición, para desayunar. Así lo hicimos los últimos siglos. Llegó con una camisa nunca antes vista. Me abrazó por años. Y me concedió horas para hablar sin pausa. Sin prisas. Me escucha como nadie, con interés, con ánimo, mirándome a los ojos, preguntándome aunque no le interese un comino lo que le cuento. Es tan fácil enamorarse de él. Tras el café, me llevó de regreso a casa. Un pretexto cualquier sirvió para seguirme detrás de la puerta. Cerré los ojos pidiendo que no lo hiciera. Sin embargo sentí su aliento cerquitita, sus dedos que me dan escalofríos, sus besos suavecitos.

No, porfa, dije queditito.

Me hizo caso. No sé por qué.

Lo ví en el evento. Ya no se parece a Gymmate Bunny, aunque siga siendo él. Se le ve como si el amor le hubiera caído encima… y le pesara demasiado. Y yo no soy nadie para decirlo. Y yo qué sé de relaciones amorosas. Sólo sé que no se parece al Conejito que entonces me salvara de perderme en el pasado.

Hablando de pasado, pasé por encima de él. ¿Querrá decir que estoy cuasi curada? No canto victoria. Fueron apenas cinco días en el mismo territorio. Pisé el suelo de La Ciudad de Origen casi de puntitas, sin hacer ruido, como para pasar desapercibida. Pero me alegra saber que por primera vez, no miré de reojo, no sentí presión, no giré con miedo de encontrarme al Conejillo de Miura a la vuelta de cualquier esquina.

La ví a ratos. Como siempre estuvo cuando no esperaba que estuviera y no estuvo donde hubiera pensado que iba a estar. Seguro por eso la quiero. Por impredecible. Creo que a Bombón Bunny le gusta esa parte suya que nadie puede interpretar. Aunque yo haga como que sí.

-Es de esas cosas tan bonitas que no puedes decir nada más, dijo Beautiful Bunny justificando la falta de respuesta a mi último mail hablando de la física y de la química. No hacía falta, pensé. No esperaba una respuesta a un mail que sólo dijo la verdad: hubieramos sido una gran pareja, pero prefiero quedarme con lo que tenemos.

Está tan viejita como esperaba. Aunque menos mal de lo que esperaba. La Coneja Abuela lloró mucho al tenerme entre sus brazos. Quizá más que otras veces, pero yo sentí menos inminente aquello de su partida. Será porque me lo invento, será porque quiero creer que ella va a estar aquí siempre. Será el sereno. Yo la ví con ganas de quedarse mucho tiempo más.

Empezaron a proyectarse en la pared. Imágenes de unos rollos de película de 8mm. Apagaron la luz y poco a poco fuimos guardando silencio. Aparecieron casi todos: los viejos que entonces no lo eran, los chicos que ahora son grandes, los que ya no están. Muchos de los que estábamos ahí sentados se vieron proyectados en ese cuadrito en blanco y negro en la pared: portando una corona o un vestido de novia o cargando recién nacidos o luciendo un embarazo o soplándole a las velitas o caminando sin la ayuda de un bastón o besando a su bienamado o así nomás, soltándo carcajadas sin sonido. Cuando todos acabaron de despedirse pusieron una última película, un poco más moderna: apareció esta Conejita. También en medio de una fiesta toda suya, también con el pelazo cayéndole en la espalda, también sintiendose la reina de la pista. Por única ocasión luciendo un vestido de novia, abrazando a un bien amado y jurándo amor eterno. Aunque el amor eterno, siempre lo he dicho, dure sólo seis meses.