YA LLEGÓ LA BANDA (Playlist: Timbiriche)

Me faltan amigos. Es un hecho. Este ir y venir de un lado a otro hasta ahora va dejando más pérdidas que ganancias.

Y no es que no haya material disponible. En este lugar hay un montón de gente de esa que me gusta. Una hipster alternativota total que me recuerda mis épocas chilangas pero en su versión sureña, una isleña encantadora en búsqueda de su propio look, unos chicos de esos que son guapos, cool, inteligentes y cagados, todo en conjunto y que a mí me dan ganas de ponerlos en una cajita en el buró. Unas dos que me recuerdan tanto la dinámica excluyente con Bombón Bunny, por que nunca, nadie estaba a la altura de nuestra amistad. Anda también por ahí el primo del amigo de la prima de una amiga que resultó buena compañía. Tengo ese otro que me cae tan bien o tan mal como se ponga el clima en el día. Y luego él, que me mira de reojo y casi con desdén.

Así contaditos parecen muchos. Pero la realidad es que yo todavía no sé si es que no los quiero contar.

Es que yo no quiero más amigos, quiero a los míos. Esos que me tomó años conseguir, construir, entender y soportar. Esos que asistieron infalibles a beberse conmigo las alegrías estremecedoras, darme los consejos más dispares en los asuntos más dispares aunque yo terminara por hacer lo que me diera la gana y que no faltaron nunca en las tristezas para despegarme del fondo.

A esos los quiero. Ahora. Ash.

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ESTAR LEJOS (Playlist: Fonseca)

Vivo en un “estudio”. Que es la manera sofisticada de describir algo que se parece mucho a un cuarto de hotel de paso, como los que solía visitar en mis tiernos años adolescentes. Nomás que éste tiene cocineta.

El estudio está en una callecita linda, de un barrio lindo, con tienditas lindas. Y obvio, un buen pub, en la esquina. La entrada es exactamene igual a la de las vecinas casitas victorianas blancas, estrechas y altas, con puerta negra reluciente. De ahí, unas escaleras alfombradísimas hasta el sexto piso. Sí claro, sin ascensor.

Yo, no me la estoy pasando tan mal. Subir y bajar maletas, cajas, bultos y paquetes por esas escaleras se ha vuelto casi un deporte. Y nadie, nadie —ya lo entendí— tiene intención de darme una mano caballerosa. De esa caballerosidad muy macha que bien conocemos en Latinoamérica.

“Aquí los niños y las niñas pasan desde los cero hasta los doce años juntos. Juegan futbol, estudian y hacen exactamente todo igual. No esperes consideraciones”, me dijo mi nuevo Amigo del Círculo Rojo sentaditos en el pub.

Ya cumplí dos semanas en La Ciudad de la Eterna Llovedera. Ya lloré las rigurosas lágrimas de recién llegada. Ya empiezo a creer que el clima es malo, pero no tanto. Y por más que me duela, no extraño casi nada de lo que dejé por allá.

Joder. No voy a cambiar nunca.