Call me, maybe (Playlist: Canciones que ya sabemos el final)

Preguntó si estaba lista para el dating.

Contesté alguna tontería.

Durante semanas creí que ahí había una historia que podría escribirse… si fuera el momento…. si estuviera disponible… si los planetas se alinean… si… si… si…

Y así la historia que en un inicio me parecía (y era) un rayo de luz comenzó a tornarse oscura. Mensajes que no llegan. Conversaciones que no dicen nada. Desapariciones. Huidas. Silencios inexplicables. Todos y cada uno de esos comportamientos que ya he visto alguna vez. Esos que despiertan mis inseguridades, enganchan con mis miedos más recónditos y azuzan a la loca que vive en mí (y que tengo vidas manteniendo bajo control).

Y yo por ahí sin entender nada. Tratando de armar las piezas de un viejo rompecabezas, me topé con pared: “Lo sentimos pero el Conejito que usted llamó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio”, me decía la grabación de relaciones inexistentes de mi cabeza.

El insomnio reapareció. Y como una bofetada entendí lo evidente.

Mi diagnóstico (qué a estas alturas tengo historial que me certifica): Conejita de Indias enganchada con Conejito Emocionalmente Unavailable.

Bueno sí. No era difícil de deducir pero una al final siempre cae en la cuenta. Y caí. Por lo menos más rápido que en ocasiones anteriores.

Ahora me pongo el alma en paz. Y me repito la cantaleta: No soy yo. No es él (o sí). Ni siquiera es la situación. Es así. Simple.

No está para darme lo que necesito ahora. No se muere por mí. No puedo, no quiero estar on hold esperando a que suceda. No soy su amiga, no quiero besar a mis amigos. No quiero esperar por una historia que en el fondo, ni siquiera sé si llegará. Sobre todo, no quiero dejar de dormir. No quiero ver el teléfono infructuosamente.

Escucha bien: No quieres -Conejita de mis Mil Indias- perderte ahora que has hecho tanto para encontrarte.

Gracias pues Conejito Unavailable por haberme dado un baño de luz. Una idea emocionante de futuro. Un sueño en ciernes. Unas ganas serias de volver a enamorarme.

Gracias aunque todo esto ahora lo obtenga sin ti.

Fin de una era

Estos meses han sido pura prueba de sobrevivencia. Sobreviví como he sobrevivido a los malos amores, a las historias que debían tener final feliz y a los cuentos de hadas.

Estoy bien. Sí. Si por estar bien queremos decir andando, viajando, bebiendo, comiendo, vistiendo y probándome que mi historia no acaba aquí.

Esa es la lección más importante -y me la dio El Bebé Tortugo cuando dijo “Se acabó la era de papá. Como la de los dinosaurios. Papá se extinguió”.

Así de simple, plano y llano.

Papá, El Conejito Latino Tropical no se murió, no nos abandonó, no se fue. Simplemente se extinguió. Se acabó su era, su época y como todo ciclo, cerró con un meteorito cayendo, con un estrepitoso movimiento telúrico. Destruyendo lo que había, dejándonos mudos y solos. Nuestra historia juntos terminó de contarse. Y se contó bien. Amorosamente bien.

Acabó de contarse en este blog que lo vió llegar, instalarse quedito como la humedad y quedarse con esa famosa frase de “hasta que la muerte nos separe”. Pues bien, nos separó. Han pasado seis meses. De silencio. De reconstrucción. De hacer espacio a una nueva historia. Y yo cierro el capítulo. Ese enorme y significativo capítulo que me convirtió en una Conejita distinta de la de antes y que me deja lista para la de hoy.

Se acabó esa historia pero no mi historia. Porque soy, sin duda alguna, mucho más que los Conejitos y Conejitas que han formado parte de mi historia. Soy el resultado de todos estos encuentros y de los que están por venir.

Aquí sigo pues. Reinventándome. Seis meses después del fin de la era. Quitando el polvo que me dejaron los escombros y con el sol de frente, lista, una vez más para lo que está por venir.

TROPECÉ DE NUEVO Y CON LA MISMA PIEDRA (Playlists: Alicia Villareal)

Apareció después de meses de ausencia.

—Bonita, se leía en el mensajito del Buen Conejo Pluma Blanca en mi BlackBerry.

Leí tres veces la frase.

Ya casi me había olvidado lo mal que la pasé sin sus palabras. Ash.

¿Es que debía contestarle como si aquí no hubiera pasado nada, fingiendo esa amnesia indolora que me sale tan bien o pasar de largo su mensaje con un dejo de desprecio o reclamar a la grande como una buena Coneja histérica que soy? Escribí, borré, escribí, borré

Se había ido hace varios meses. Un día así nomás me dí cuenta que ya no estaba.

Ok sí, tengo que ser sincera: hubo una época que me mandaba mensajes constantes, me llamaba al teléfono, me buscaba por cielo, mar y tierra si yo no contestaba. Y yo andaba distraída empiernándome con ya-no-me-acuerdo-quien y faltaba a nuestro trato de comunicación a la distancia.

Cuando noté su ausencia, él se había estado yendo desde meses atrás. Cada vez líneas más cortas, mensajes más espaciados, menos llamadas telefónicas y al final, espacios infinitos de silencio.

Yo, hice lo que tenía que hacer. Lo que cualquier Coneja desesperada hace cuando ve el agüita irse entre los dedos.

Escribí 123 mensajes en un solo día.

—Mucho trabajo, fue la respuesta.

Inventé 27 asuntos “urgentes” para tratar en un solo día.

—Estoy ocupado, contestó

Le hice 5 llamadas de larga distancia.

—Estoy en una junta, dijo

Mandé 1 y sólo un correo electrónico. Un último intento. Melodramático, telenovelero, chantajista pero a puritito corazón abierto. Mi arrastre final, vamos.

No hubo respuesta. No hubo disculpa. Ni inmediata, ni a largo plazo. Silencio absoluto.

Hasta hoy.

—Bonita, me escribió en el chat.

Con ese mismo endemoniado tonito que me mueve el piso debajo de los pies.

—Hoy te extraño mucho más de lo que te extraño cada día, decía la segunda línea.

Bajé la guardia. Sonreí de oreja a oreja, entrecerré los ojos y le volví a creer. Como siempre.

 

Lo mismo pero en otro lado

DÓNDE GUARDO (Playlist: Alejandro Filio)

Sucedió. Tal y como era predecible. Bastó que empezara a caminar sin rumbo para que las lágrimas se agolparan sin darme tregua. Lloré y lloré. Y siguen cayendo.

Si al principio no sabía por qué, ahora lo voy entendiendo todo. Tengo revueltos los miedos en las comisuras de los ojos. Irme significa cambiar de vida. Y no es que eso sea una novedad. Es que voy a ser una distinta de la que fuí. De la que soy. De la que he sido siempre.

Voy a meterme en una dirección. Una calle y un código postal defnitivo. Como ese que tengo años sin tener. Voy a comprometerme con algo más que conmigo misma. Y no sé si quiero. No sé si quiero planear mis próximos viajes comprando dos boletos de avión. No sé si quiero despertar acompañada. Tengo miedo de dejarme besar por los mismos labios durante una vida. Voy a vivir con alguien que gusta más de arar la tierra que de volar. Que constuye casas en el suelo en lugar de castillos en el aire.

He vuelto a fumar. Quiero beber vino y leer. He vuelto a disfrutar mi solísima soledad. Y no dejo de llorar.

CORAZONES ROTOS (Playlist: Alejandra Guzmán)

Ahí voy otra vez. Vuelta pa’ tras.

Estoy, como lo he estado otro millón de veces en mi vida, rodeada de ropa, zapatos y dos o tres recuerdos que no caben en las maletas. Intentando meter mi vida en 5 valijas que porque dicen que así es la vida que escogí.

Tengo nostalgiamiento del bueno, tristeza infinita, pero no he podido llorar. Ni una lagrimita. Sólo el nudo en la garganta, el hueco en la panza y un mal humor que insiste en que me quede aquí encerrada hasta el día que salga sólo para tomar un avión de regreso al Paraíso Tropical.

Y sí, obvio, a esta Conejita se le volvió a romper el corazón. Carajo.

ANDO VOLANDO BAJO (Playlist: José Alfredo Jiménez)

Hace unos años, un día todo se me desmoronó.

Llegué a la oficina después de una noche de terror y no sé que cara me vió el Gran Conejo Editor que me mandó directito a buscar ayuda.

Supongo que la hallé y me salvé de tirarme por un paso peatonal en Constituyentes o quedarme enganchada otros mil años del Conejillo de Miura. Muerte segura tanto una como la otra.

Anoche me sentí igual. Lloré y lloré desconsolada ante una incertidumbre que me satura el depa cuadradito de 2×2 y con cocineta.

–¿Pero qué te pasa?, me pregunta al teléfono el Conejo Novio como Dios Manda con toda la buena intención.

Y yo me enojo y le respondo mal y me cierro y me encierro y bajo las persianas y duermo 48 horas seguidas y quisiera despertar con la vida resueltita.

Porque yo, lo anuncio oficialmente, ya me cansé y no sé bien de qué.

BIG BROTHER (Playlist: Kabah)

Llevaba apenas unos días aquí cuando todo reventó.

¡No puedo más! le grité entre lágrimas al Conejo de la Guarda de Mi Dulce Compañía mientras nos sentabamos a comer. Y solté una retahila de reclamos, dolores, guardaditos y pendientes que traía estrujados en el corazón.

Supuse que pensaría que yo estaba loca, pero por el contrario, rompió en llanto.

–La vida se me está desmoronando, sollozó.

A los lados de una mesa con pizza y fish&chips inició una conversación desgarradora, de esas que se pasan directito de las tripas a la boca, sin pasar por la cabeza.

Los otros comensales nos miraban con curiosidad.

Dos en una mesita del centro se hablaban, balbuceaban, reían histéricamente, lloraban, se miraban con cariño profundo y mordiqueaban lo que había en el plato del otro. Todo en español rapidito y cantado.

Tras dos horas de un proceso catártico en pleno restaurancillo del centro de La Ciudad de La Eterna Llovedera nos levantamos y salimos sonriendo. Queriéndonos profundamente como desde que lo conozco, que si hacemos cuentas ha sido desde siempre. Resueltos los desencuentros y la distancia de los últimos tiempos. Cómplices sin remedio para lo que venga, tan bueno o tan malo como tenga que ser. Y convencidos de que estaremos uno para el otro, así se nos pongan en la vida un montón de acompañantes más.