Call me, maybe (Playlist: Canciones que ya sabemos el final)

Preguntó si estaba lista para el dating.

Contesté alguna tontería.

Durante semanas creí que ahí había una historia que podría escribirse… si fuera el momento…. si estuviera disponible… si los planetas se alinean… si… si… si…

Y así la historia que en un inicio me parecía (y era) un rayo de luz comenzó a tornarse oscura. Mensajes que no llegan. Conversaciones que no dicen nada. Desapariciones. Huidas. Silencios inexplicables. Todos y cada uno de esos comportamientos que ya he visto alguna vez. Esos que despiertan mis inseguridades, enganchan con mis miedos más recónditos y azuzan a la loca que vive en mí (y que tengo vidas manteniendo bajo control).

Y yo por ahí sin entender nada. Tratando de armar las piezas de un viejo rompecabezas, me topé con pared: “Lo sentimos pero el Conejito que usted llamó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio”, me decía la grabación de relaciones inexistentes de mi cabeza.

El insomnio reapareció. Y como una bofetada entendí lo evidente.

Mi diagnóstico (qué a estas alturas tengo historial que me certifica): Conejita de Indias enganchada con Conejito Emocionalmente Unavailable.

Bueno sí. No era difícil de deducir pero una al final siempre cae en la cuenta. Y caí. Por lo menos más rápido que en ocasiones anteriores.

Ahora me pongo el alma en paz. Y me repito la cantaleta: No soy yo. No es él (o sí). Ni siquiera es la situación. Es así. Simple.

No está para darme lo que necesito ahora. No se muere por mí. No puedo, no quiero estar on hold esperando a que suceda. No soy su amiga, no quiero besar a mis amigos. No quiero esperar por una historia que en el fondo, ni siquiera sé si llegará. Sobre todo, no quiero dejar de dormir. No quiero ver el teléfono infructuosamente.

Escucha bien: No quieres -Conejita de mis Mil Indias- perderte ahora que has hecho tanto para encontrarte.

Gracias pues Conejito Unavailable por haberme dado un baño de luz. Una idea emocionante de futuro. Un sueño en ciernes. Unas ganas serias de volver a enamorarme.

Gracias aunque todo esto ahora lo obtenga sin ti.

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LA VENTANITA (Playlist: Garibaldi)

No sé exactamente cómo funciona el proceso de “agréguelo usted mismo” al Facebook. Lo cierto es que me he esforzado en no caer en la tentación de tener una lista infinita de “amigos”, los cuáles no tengo ni la más pálida idea de quiénes son. Y ahí voy yo. Muy orgullosa de mi lista no-tan-infinita de amigos, de los cuáles conozco a todos.

Hasta hoy.

“Conejo con Onda quiere que lo aceptes en tu lista de amigos” decía mi mail por la mañana.

El nombre me sonó. Por pura curiosidad —y no dejar— fui de metiche a su página.

Mira nomás, pensé. Conejo con Onda tenía onda. Y en serio. Su foto de perfil parece una foto de pasaporte cualquiera. Pero mira fijamente. Con una sonrisa ligerita, casi imperceptible hacia la izquierda. Más parece una mueca. La barba medio crecida. El pelo despeinado. El look casual, como de recién levantado. No sé si guapo, pero sí sexy. Tiene ese descuido cachondo, ese desparpajo artistoso que me provoca una risita nerviosa. Joder, cosas del Facebook.. me dije.

Cambié de página y regresé. No había demasiada información. Unos cuántos amigos en común, todos en la cosa creativa. Mmm. No, no, si nos hubieramos cruzado en el camino seguro lo recordaría. Mi Conejita del Bien y mi Conejita del Mal empezaron el debate:

—¿Y si lo acepto? Total, seguro ni cuenta se daría.

—No qué hueva, para qué. Quién sabe de dónde salió.

—Ash, ya Conejita, ahora resulta que te da miedo.

—No bueno, pero ni al caso.

—A que no te atreves

—No me provoques

Y obvio, Conejita del Mal ganó la partida. Click. Aceptado. Nada malo iba a suceder.

O por lo menos eso pensé.

Cuarenta y cinco segundos después saltó una ventanita:

Hola. me escribió Conejito con Onda.

1205514931_sexy11Demonios. Lo sabía. Me puse roja. Tartamudeé virtualmente. Igual y sí me conocía y yo aquí pendejeando. Hice como si tuviera la situación bajo control y continué la plática. Tras tres renglones más confirmé que no nos conocíamos.

Ahí inició la debacle. No pregunté por qué me agregó. No hizo falta. Caí. Hablamos de Pessoa. De mis ganas de Portugal. Y su próxima visita. De mi próximo viaje a Londres. De la Barcelona de los dos. De las becas artistosísimas. De los helados italianos. Uff! No sé cuánto tiempo fue. Las palabras salían (se escribían) a borbotones, sucediéndose en un discurso irremediable, predecible, casi como un guión que hubieramos escrito a dos manos. Sentí que el estómago se me hizo chiquito antes de la siguiente frase. No, no. Entrecerré los ojos, arrugué la frente, ahhh! la veía venir…

—¿Entonces nos vemos en Londres o te espero en Porto?

Irremediable. Ahí estaba yo, una mañana cualquiera, a punto de meter la nariz en una de esas historias de las que nunca salgo bien librada. Decide: corre ahora, Coneja o quita las manitas hasta topar con pared, y calla -con la nariz apachurrada- para siempre.

Y sí. Tengo una cita -en once días- en Londres para comer helado. Él en corbata, yo en tacones.

CORAZÓN DE PIEDRA (Playlist: Lucía Méndez)

jpg_peches_mignons_t2-8a9f6Pareces niña... le dije cuando, tras tremendo empiernamiento, inició una sesión de arrumacos, besitos y preguntitas de esas de ‘te gustó’ y así. Me volteé dándole la espalda y tapándome la cabeza con el cojín.

Y tú pareces niño… contestó mientras miraba al techo, con los brazos ahora a lo largo del cuerpo… sólo te falta levantarte por un cigarro

No lo había notado. Hasta ahora. Luego de tantos años enredandóle insistentemente los pies al Conejito de Siempre mientras éste me hacía a un lado argumentando mi “calorcito corporal”  —eres una estufita, decía alejándose de mí—, hoy un Conejito Distinto se quejaba de mi “frialdad”.

Hice como que no lo noté hace unas semanas cuando Mr. Perfect Bunny, durante toda la cena untaba distintos quesos en los panecillos y me los pasaba para que yo los probara primero. Me sirvió el vino, me puso su saco en los hombros al salir y sonrió discreto cuando al despedirnos dieron por hecho que sí, que eramos novios.

Juré que no me di cuenta, hace unos días cuando tras un mal viaje, Bombón Bunny me acariciaba la mano y me miraba directito a los ojos como diciendo: yo estoy aquí para cuidarte. Y supe que era cierto.

Ahora, con la cabeza metida debajo de la almohada, supe que estoy dispuesta a dejarme cuidar. Y a permitir que me den la mano por la calle, que me acaricien el pelo y me enreden los pies bajo las sábanas aunque muera de calor. Porque soy cursi, porque necesito protección o porque sí.

Me dí la vuelta, pasé mi brazo por encima de su pecho y guardé mi cara justo en el hueco de la axila.

SEXO, PUDOR Y LÁGRIMAS (Playlist: Aleks Syntek)

Esta Conejita tiene una sola misión desde hace unas semanas: buscar puro, puritito sexo en esta ciudad. Y no, no es por puritito gusto. Se trata de mi próximo artículo: moteles, tables, swingers, sexshops más lo que se acumule. Y todo esto sería pan comido, si no tuviera que elegir al Conejito Acompañante en cuestión.

Visto que el futuro amoroso se nos cayó a la mitad hace apenas unos días, abrí la agenda y puse manos a la obra. Uno, dos… el recuento empezó. ¡Cuántos Conejitos he ido dejando en el camino! Pero no caeré en la tentación: la elección será precisa. Porque en juego está mi firma en una revista, pero también, mi corazoncito recién remendado.

Ilustraciones: Arthur de Pins

LO QUIERO A MORIR (Playlist: Zayda)

Quiero unos zapatos con la suela roja. Punto. Unos Christian Louboutin.

¿Por qué?

Por frívola, por tonta, por ingenua.

Porque los quiero como quiero un novio que me diga que me querrá para toda la vida (aunque toda la vida nos dure las próximas tres semanas), que me extrañe cuando se vaya de viaje (aunque en realidad se la haya pasado bomba sin mí), que cuando diga «no hay problema» sea realmente, y honestamente un «no hay problema», que tome de la mano cuando caminamos, que me quite la ropa todas, todas, sí, todas las noches y que sepa —también— desaparecerse cuando estoy siendo absolutamente insoportable.

¿Es mucho pedir?

LUZ Y SOMBRA (Playlist: Flans)

Siempre dije que la única razón por la que deseaba un novio desesperadamente era para compartir con alguien el duro trance de regresar del supermercado y subir las bolsas de la despensa a un bonito segundo piso.. y sin elevador. Todo esto, lo pensaba quincena a quincena hasta que descubrí el servicio por internet de Superama. Mismo que por 30 pesos, hace que un señorcito, que no me da besos ni me miente ni traiciona, suba las bolsas y las deposite en la puerta de mi casa.

Tras el descubrimiento, me dije: «Bridget estás del otro lado y eres una verdadera mujer autosuficiente». Hasta esta noche.

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En punto de las 11.38, con el Sr. Lopez Dóriga hablando en una tele y la repetición de Destilando Amor en la otra, la computadora prendida sobre la cama y unas cuantas lamparitas iluminando mi dulce hogar, decidí que.. ¿por qué no?.. era hora de poner a funcionar la lavadora para amanecer con ropita limpia y perfumada.

No tarde en prender una luz más, acomodar las sabanas, abrir el agua, depositar un montón de detergente libre de nosécuantas cosas pero con varios agregados más para suavizar, estirar, florear y pulir las enormes prendas. Todo al ritmo de Miguel Papito Bosé que ultimamente me tiene tan buena compañia. Tras el baile y canto de rigor, iba yo de regreso a la cama, de puntitas, descalza y en camiseta y calzoncitos cuando… ¡Pum! tronó.

Me quedé petrifiada en el pasillo. El silencio y la oscuridad me rodearon.

Mmmm… no. Seguro esto no me está pasando sólo a mí, pensé. Debe ser problema de todo el edificio.

Saqué la cabeza por la ventana y descubrí lo inevitable: lucecitas amarillas y reflejos azules de televisión en las ventanas vecinas. Me detuve y tanteé el switch ese donde en una casa normal se “bota”, uno le sube y santo remedio. Ah no! yo no tengo una casa normal. Subí y baje los cositos esos y nada.

Ok. Era momento de pasar a la acción. Y como la media noche no es el mejor momento para salir en calzoncitos a buscar las cajas de luz, encendí el celular y busqué un pantalón decente de pijama. Una vez logrado el objetivo, corrí descalza al edificio contiguo a buscar las cajitas en cuestión.

Algo no me estaba funcionando : la reja del edificio contiguo estaba perfectamente bien cerrada. Y, como broma del destino, comenzaron a caer algunas gotas. Uf! Me arme de valor y toque el timbre 8A… 4o piso. Alguién seguro estaba dispuesto a ayudar a una Conejita en aprietos. Un hombre bigotón, adormilado y malhumorado me hizo explicarle la situación a grito pelado. Me miró como a una loca desde cuatro pisos arriba y se retiró de la ventana en silencio.

¿Y bien? pensé.

Ahí estaba yo descalcita, bajo la lluvia y en pijama mirando a lo alto de un edificio. Casi 13 minutos después volvió a aparecer. Sin decir nada me lanzó una llave.

¡Asunto resuelto! supuse.

Entré y me topé entre la oscuridad con 30 cajitas distintas más 30 contadores y sin ningún número que los identificara. ¿Cómo demonios debía saber cuál era mi cajita? Después de casi 6 minutos de resolver la cuestión de manera algebráica, localicé al enemigo. Miré la cajita gris con pánico y me acerque. Decidí proceder con firmeza. Uno, baja la palanca. Dos, abre la puertecilla…. iiiii, rechinó. Como en película del terror. Tres, acerca el celular y descubre lo que hay en su interior. Cuatro, abrí los ojos como platos: cablecillos, fierros y dos objetos cilíndricos incrustrados. Esos, supuse, serían los fusibles. Entonces lo supe: esto de la luz y los cables a algunos les viene registrado en el DNA, es una especie de información genética que a mí no me pusieron.

Me tardé otros 15 minutos en sacar los famosos fusibles y darles vuelta entre mis manos preguntándome ¿qué demonios debía hacer con ellos? mientras llovía y se me mojaban los pies. Regresé a casa y me decidí a buscar un “repuesto”. Con el celular en la mano, busqué dentro de mi impecable “caja de herramientas”. Clavos, un martillo, dos desatornilladores, un taladro todavía en su caja, cuatro botones, unas llaves de diossabedónde y dos pilas viejas. Mmmm, no. No había fusibles.

En esas estaba, cuando la lucecilla del teléfono se apagó. Perfecto, pensé. Ahora me quedé sin pila en el celular. En ese momento se despertaron mis pensamientos más oscuros. La cosa era simple. Sólo debía robar —intercambiar, quiero decir— el fusible de algún vecino.

Una vez decidido el atraco, me lancé otra vez a la calle bajo la lluvia y empezó la carrera contra el tiempo. Corrí a buscar los departamentos vacíos. Conté las ventanas. Lo encontré. Deduje el número de depa: 8C. Regresé. Conté las cajitas. 2B… 3A… 7C… exacto 8C! Bajé sigilosamente la palanca. Abrí la tapita y ¡vaya sorpresa! no había fusibles. Continué con el intento hasta que descubrí el truco: los departamentos vacíos no tienen fusibles!!

Ya ahí y bajo el agua, supe que debía pasar a acciones más firmes: robar el fusible de algún departamento habitado. Volví a la carrera, conté las ventanas. Revisé que estuvieran dormidos. Bajé la palanca y ¡bingo! me encontré con dos bonitos y relucientes fusibles. Con toda la velocidad que el caso amerita, tomé el fusible y tiré. Nada. Lo volví a intentar, ésta vez un poco más fuerte. Hmmm. Nada. Cada vez lo hacía con más fuerza. Apoyé un pie en la pared, la otra mano en el barandal y jalé con fuerza. En ese momento, mi dedo meñique toco la parte superior mientras con el otro mantenía la parte inferior. PSSSTTTSSS!!! Un toque electrico me recorrió dedo, palma, muñeca, brazo y codo.

¡AAAAAhhh! grité. Y me quedé paralizada. El susto hacía que el corazón casi se me saliera por la boca. Decidí regresar a casa con la misión incumplida y llamar a mi mamá. Ella siempre tiene la respuesta correcta.

Una vez dentro, me di cuenta de otra desastrosa sorpresa. Estaba en una casa unplugged. Mi sofisticada manera de vivir le incluye lo que viene siendo sólo y nada más teléfonos inalámbricos. Obvio, ¿cómo para que me serviría a mi uno de esos viejos aparatos telefónicos de Telmex? había dicho alguna vez. Y así pensé al adquirir radio-reloj-despertador con led rojos que brillan en la oscuridad y por supuesto, compu con conexión inalámbrica a internet. ¡Joder, no habría poder humano que me despertara a la mañana siguiente a las 6!

Ya sin aliento, me metí a la cama, toda mojada y con los pies sucios. Cerré los ojos. Y pensé ¿por qué en el bonito openhouse me llenaron de cubiertos y tuppers y no de bisuteria electrica? ¿por qué a nadie se le ocurrio entregarme un manual básico para cambiar un rejodido fusible? ¿o por qué nadie pensó en regalarme una caja de 45 fusibles listos para usarse? ¿o ya de perdida el instructivo de cómo pasar una noche sin luz? … o ya en estas, la guía básica para conseguir un novio que me salve de esta oscuridad.