Impronunciable

Creo que es hora de decir eso que me he negado a siquiera pensar con la férrea convicción de que si no lo digo, no sucede.

Aunque he pasado los últimos 50 días sentada junto a la cama de un hospital, no he permitido que esa idea se convierta en palabras. Algunos lo han sugerido:

-“Creo que es tiempo de que lo consideres”, dijo su hermana desde la silla de junto mientras ambas mirábamos la cama de metal.

-“No”. No sé si lo dije o lo pensé. No lo pienso, quiero ni intento considerar.

-“Dejemos que la naturaleza siga su curso”, me dijo un doctor en un cuartito con una mesa, una lámpara y una caja de Kleenex. En mi interior se desataron todas las furias de los océanos. ¿Qué coños dice? Llevamos siete si-e-te años haciendo que la naturaleza no siga su curso y eso no va cambiar ahora.

Otros lo han sugerido sutilmente con la consabida frase “que se haga la voluntad De Dios”. Yo en tanto no sé siquiera cómo creer en ese Dios, su voluntad y su manera de amar.

Pero esta mañana, esa idea maldita se posó suavemente en mi entrecejo. Justo cuando le tomé la mano mientras se estrujaba con fuerza la cabeza y arrugaba los párpados haciendo que una lagrima se escurriera lenta desde la comisura. Así no, pensé. Así me quedan menos herramientas, menos argumentos, menos alientos para aferrarme a nuestra lucha. Así no te quiero. Así no nos quiero. Así si quieres, te dejo.

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AYÚDAME FREUD (PLAYLIST: RICARDO ARJONA)

Yo no sé discutir.

Y no es broma. Sé pelear, encorajinarme, patalear, gritar, aventar floreros, hacer aspavientos, mover los bracitos y colgar con tremenda fuerza el teléfono.

Todo eso me sale re-bien, pero no sé discutir. Peor aún, no sé discutir en pareja.

Y si nos ponemos dramáticos, histéricos e históricos, echémosle la culpa a mi historial familiar.

Y ahí viene Freud.

Crecí en una casa donde Doña Coneja Jefa se encargo de decidir, dar órdenes, mantener, encorajinarse y voltearme la boca con dos que tres cachetadones cuando meritaba mientras el Señor Conejo miraba la televisión.

En ocasiones, ya con la más absoluta desesperación, la Coneja Jefa se le ponía muy cerquitita, lo miraba fijo y le llamaba por su nombre completo. Eso significaba que la cosa ardía.

Pero no, no. No confundamos. No discutían.

Ella peleaba. Ella se enojaba. Ella resolvía.

Era ella la que decidía, decidió y decidirá. Ahora, antes y después del Señor Conejo.

Y así crecí. Y así soy yo. Será por eso, o por que nací respondona, pero yo no sé discutir.

Resulta que a la más mínima (o no tan mínima) provocación mi primer pensamiento suicida es echar todo por la borda, mandar ésto directito al carajo y pensar que “a mí quién me manda” si tan bien que me la paso solterita.

Y hasta ahora había funcionado. En mi historial de relaciones amoroso-tormentosas el ir y venir, dejarnos y recogernos, te tengo-te pierdo era una constante. Una especie de adicción adrenalínica que me mantenía la boca del estómago apretujada. Y el corazón atarantado de tanto vaivén.

Y seguía solterita y pasándola bien. O casi.

Pero ahora la cosa cambia. Somos dos. Intento pensar en dos. Y proyectarme la vida en dos.

Y la cosa no me va saliendo tan mal hasta el primer desacuerdo.  Enfurezco.

Y no tengo ni la más mínima idea de cómo pasar de la furia que me nubla los ojos a un encontentamiento tranquilo sin sentirme rencorosa durante tres días.

No sé dormir enojada. No sé fingir que todo va bien. No sé tampoco perdonar rapidito. Ni sentir que alguien más –y no yo- se salió con la suya.

No sé cuánto tiempo “está bien” estar enojada. No me sale la estrategia “no me toques”. Y no sé cómo hacerle para que “no vuelva a pasar”.

Recuérdenme cuándo dije que me quería casar.

Lo mismo pero en otro lado

LO QUE FUÍ ES LO QUE SOY (Playlist: Alejandro Sanz)

Yo nunca dije no me casaría. Nomás no parecía que sucedería. Sobre todo porque ya lo había hecho siendo una pequeñuela.

Obvio, el matrimonio aquel no duró ni para el arranque. Y como buena diva terminé divorciada en menos de un año de un primer marido de cuyo nombre casi ni me acuerdo.

De allí pa’l real, la pequeñuela se convirtió en una Conejita de Indias, muy dispuestita al empiernamiento, amorío y respectivo dramático rompimiento. Todo bien reporteado y a detalle en una serie de blogs.

Ahora resulta la vida se me movió radicalmente. Cambié de casa, de país y de amorío tormentosos a calma chicha.

Y resulta también que me voy a casar.

Y no sería ninguna novedad si no fuera porque con invitaciones enviadas y vestido en el armario estoy al borde del colapso. Casi igual que en aquellos años mozos.

Porque resulta que amo al novio, la boda, las invitaciones y el vestido pero le tengo terror a convertirme en la menos sexy Doña Coneja de las Grandes Indias.

Me da pánico firmar y prometer-me a sólo uno. Dejar de besuquearme con mi fila interminable de ex Conejos que siempre, siempre terminan por regresar.

Me da nausea prematura imaginar que un día pueda-deba-quiera quedar embarazada.

No sé cómo hacer para pasar un domingo sola, sola, tremendamente sola y comiendo helado en pants y chanclas.

No pienso ni por error cambiarme el apellido -y no porque tenga aires feministas que me impidan lucir orgullosa el “Señora Coneja De Señor Conejo“- no, no, nomás porque eso me hace sentir exclusiva, vieja y, consecuentemente, acabada.

Me siento como cincuentón eufórico queriendo aferrarse a la juventud comprándose tremendo deportivo nuevo.

Y que me disculpen las señoras (como diría mi Gurú Manoella “La Otra” Torres), pero aunque sé que hay millones de mujeres casadas, exitosas, sexys y con toda la onda del mundo, en mi imaginario singular, mi tacones y colita de peluche iban más de la mano con los amoríos clandestinos, los sube y bajas pasionales y las mañanas despertando sola.

Me la llevé tan bien conmigo en mi vida pasada -que acaba de pasar- que no sé si quiero que se acabe.

Y sobre todo, no sé si llegué tarde a la reflexión, pero no tengo ni la más remota idea de cómo seguir siendo la misma, en la nueva vida.

Lo mismo pero en Animal Político

@conejitadindias

PROVÓCAME (Playlist: Chayanne)

Si siempre lo he dicho, lo difícil de ser infalible es cuando a una se le presenta la irresistible oportunidad de fallar…. y con ganitas. Ah!

En estos días, he tenido demasiadas apariciones… de esas que a una le mueven la tierra, le apachurran el corazón y le hacen chiquitito el estómago sólo de contener el aliento… apariciones nuevas, otras del pasado remoto y unas del más cercanito, todavía fresquito de recuerdos.

Como buena Coneja me la he pasado brincando los obstáculos con gran proeza. Sorprendida de mí misma. Aunque a veces, tengo miedo de aburrirme de mí, de mis buenas intenciones y mis ganas de ir por el camino correcto. Con el gusto que me dabe irme siempre “por la libre”.

Sin embargo, no he tenido tiempo de poner en la balanza a la “nueva” Conejita con la otra, cuya historia es más pública que el diario matutino. No quiero hacer cuentas, ni ponerme a sumar y restar, ni sacar resultados inmediatos.

Por hoy, nomás, me voy a dormir con la conciencia tranquila.

 

NOS AMAREMOS TANTO QUE EL AMOR VA A ESTAR CELOSOS DE NOSOTROS (Playlist: Alberto Plaza)

Highlights de un viaje, de una propuesta y de una novia con ganas de echarse a correr:

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Vamos para un año juntos. Así que mi teoría de que el amor eterno dura sólo seis meses podría casi acabar por tierra. Casi. Si no fuera porque en esta ocasión el amor se me acaba y se me vuelve a dar con la misma intensidad de al principio, unos meses sí y otro no. No sé si es que esa sea la única fórmula secreta para que el amor eterno nos siga durando algo más que seis meses.

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—Viajar juntos es la prueba de fuego, le había dicho hace muchos meses, cuando entonces la Conejita de las Playas nos invitó a su boda cruzando la frontera.

Entonces libramos el viajecillo porque nunca estuvimos realmente solos. Ésta vez era distinto.

Tomamos el tren a primera hora de la mañana. Dormimos durante dos horas por abajo del mar y desembarcamos en París. Apenas pusimos un pie en tierra el mundo se me volteó. El Conejito Novio Como Dios Manda no era el viajero experto y aventurado que yo me esperaba. Con el mapa al revés y parado inmóvil en el pasillo de la estación lucía terriblemente perdido.  Y yo que había soñado con mi hombre fuerte y aguerrido que me guiaría por el mundo mientras yo le seguía a ojos cerrados. Éste no era el caso.

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He viajado tanto, algunas veces sola y otras con viajeros aguerridos y experimentados a mi lado. Unas veces, tomé el mapa entre mis manos, muerta del miedo buscando el camino correcto. No siempre lo encontré pero fingí hacerlo. Otras seguí un pasito detrás y con admiración los movimientos ágiles y confiados de mis acompañantes que lucían como todo menos como turistas. A mi se me llenaba el pecho de admiración por esos hombres que no parecían necesitar de nadie. Si soy sincera, mucho menos de mí.

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—Yo pensé que estabas perdido, le dije con tono ligeramente irónico cuando finalmente encontramos el hotel, gracias a mis artes de lectura de mapas. Estaba buscando pelea.

—¿Perdido? No, te tengo a tí.  Sólo que eres una clásica mujercita histérica, contestó y me guiñó el ojo con una gran sonrisa.

No pude seguir peleando. Cargó mi maleta, me tomó de la mano mientras caminabamos y pidió en la recepción la habitación. Por primera vez en mi vida de viajes y acompañante de viajeros por el mundo alguien me necesitaba. Por primera vez alguien me registró en el check-in como “su mujer”.

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Salimos borrachos de Lido y con una botella de champán en la mano. Insistió en tomar un taxi que nos llevara a la torre Eiffel a pesar de mis negativas por los pies adoloridos, la cabeza que daba vueltas y la cuarta trasnochada en fila.

¿Y si le decimos al señorcito que sólo pase por enfrente y la vemos? le dije suplicante.

Sin hacerme caso alguno, me llevó hasta los escalones de Trocadero. La torre estaba enfrente aunque a duras penas se distinguía en medio de una noche sin siquiera una estrellita. Hacía frio y los escalones me congelaban el trasero a través de un sutil vestidito de lentejuelas que se me ocurrió ponerme esa noche. El pelo había sido un desastre y tuve que esconderlo en un chonguillo malhecho. El maquillaje me había quedado como Thalía a punto de salir al escenario. Joder. En conclusión, no era mi mejor look y él insistía en grabarnos en video.

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—”Te acuerdas que mi papá me dijo una vez que uno tiene que escoger muy bien a su compañera de viaje… empezó a decir Conejito Novio Como Dios Manda con la cámara tambaleante en la mano.

Yo asentí como una tonta con la cabeza mientras trataba de evadir el flash por aquello de los primeros planos a la 1.30 de la mañana.

…pues yo quiero que tú siempre seas mi compañera de viaje —siguió diciendo mientras hacía algo con la otra mano que yo no entendí.

Reí sin prestarle mucha atención

—¿Te quieres casar conmigo, mi amor?”

Tomo mi dedo anular izquierdo. Posicionó un anillo que destelló por el flash. Abrí la boca como pecesito. Exclamé unos grititos estúpidos como Conejita París Tonta Hilton y se me llenaron los ojos de agüita.

Sigo sin poder articular una respuesta.

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¿Para cuándo es la boda? es la insistente segunda pregunta tras el anuncio de nuestro compromiso. La primera es ¿qué le contestaste?.

No tengo respuesta para ninguna de las dos.

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Me acosté mirando el anillo. El Conejito Novio como Dios Manda dormía a mi lado profundamente. Casi le podía adivinar la sonrisa en la cara. Me había confesado meses de un miedo incontrolable subiéndole por el estómago. Me había confesado semanas preguntándose desde mi número de anillo hasta cuál sería la locación más cursi para la propuesta. Me había confesado noches sin dormir y una serie infinita de pruebas de discursos formales y no tanto frente al espejo de la recamara. Me había confesado que esa mañana, mientras se bañaba había hecho algo inusual en un poco creyente como él: le había pedido a Dios una señal. No sabía cómo ni porqué pero una señal para hacer, decir y proponerme lo correcto en el momento correcto. Me confesó que llevaba cuatro días con un anillo de compromiso escondido en el bolsillo derecho del pantalón…

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Cuando volví del baño, el espectáculo en el Lido había terminado. La gente se arremolinaba para salir y yo trataba de caminar en sentido contrario para alcanzar al Conejo Novio Como Dios Manda en la mesa. De lejos lo veía buscarme entre la gente sin lograr encontrarme. Al fin, pasé dando dos que tres codazos mientras él ya caminaba hacia la salida. En la mano traía una botella de champán. La miré alzando la ceja.

—Me la regaló el mesero, dijo casi como una disculpa.

Más tarde me confesó que ésa era una señal.

HOY TENGO QUE DECIRTE MAMÁ (Playlist: Timbiriche)

Agh soy un asco. Porque bien sabemos que si a alguien quiero, profunda, certera y absolutamente es a La Coneja Jefa.

Y no porque sea La Jefa. Si no porque  desde aquel lejano día, por ahí de mis 18 cuando me fuí de casa, hemos aprendido a querernos, a tolerarnos y a llevarnos todo lo bien que no pudimos cuando vivíamos juntas. O yo con ella, más bien.

Y como me suele suceder en los últimos meses. Estoy lejos. De ella y cuando me necesita.

Y yo me siento todo lo mal que se puede (que no es mucho pero sí bastante) cuando me entero de sus cosas, de las importantes no porque le llamé por teléfono o porque me haya dado tiempo de encontrarmela en skype.

Si no porque ante mi continua ausencia, ella envía un correo electrónico. Escrito todo en mayúsculas porque no sabe usar bien “eso de la computadora” y escrito desde lo más profundo de sus dificultades tecnológicas para comunicarme su estado de salud.

Ash ya. Alguien dígame qué estoy haciendo mal.

COLGANDO EN TUS MANOS (Playlist: Baute)

¿Qué dijimos, chingau? Esta Coneja que va jugando a hacerse la feliz y que el futuro se le cae justito a la mitad (amo las frases hechas jeje).

A ver, es cierto yo repetí –y bien convencida– la famosísima frase del señor Baute. Y no me rajé. Y lo cumplí. Y como en pocas ocasiones me puse flojita y cooperando. Que me suelto, que me aviento y que no me caigo. Estaba el gran Conejo Novio como Dios Manda esperandome abajito para cuidarme los huesitos. Y todo pintaba bien. Y todo parecía perfecto.

Pero sucedió una vez más: me fuí.

Me fuí, sí. Como siempre me voy. A otra casa-país-continente-vida. Y juro que hago mi mejor esfuerzo. Extraño como se extraña a los amores dejados en otro lado del océano. Tengo skype y mando mensajes a las tres de la mañana. Pero vivo como viviría cualquiera que estuviera instalado en La Ciudad de la Eterna Llovedera.

Y ahora me pesa. Y no el amor dejado allá, eh. Aclaro. Me pesa la resonsabilidad, todititia, de hacerlo feliz. A la distancia. Me pesa no saber partirme en dos. En dos vidas, con dos horarios distintos, con amigos y fiestas en las que sólo puede estar uno. Me pesa estar aprendiendo a ser feliz acá. Conmigo. Como siempre.

Me pesa ser yo. Porque bien lo sé (¡joder Coneja!), que quererme a mí siempre me ha dejado tan poquito tiempo para querer a alguien más.

Snif.