CONEJITA EN ESCUELA DE DIOSAS

Un curso de superación personal para mujeres tendría seguramente entre las presentes a varias señoras pasados los sesenta, recuperando su femineidad envueltas en faldas hindúes. Me equivoqué: éramos diez y sólo dos pasaban de los 40.

– – –

Cuando leí que había una Escuela de Diosas (escueladediosas.com), me pregunté por qué demonios no estaba yo ahí tomando clases de cómo mover el vientre. Ni tarda ni perezosa me inscribí: el curso “Los Secretos de Sherezada” duraba todo un sábado y tenía que llevar cambios de ropa, velos, mascadas, joyas y maquillaje. Dijeron que desarrollaría una personalidad seductora, atractiva e irresistible. Yo no les creí.

Llegué y la concurrencia me sorprendió: en el curso para ejecutivas que necesitaban recuperar su femineidad la mayoría rondaba los veintes. Todas esperábamos ansiosas en el lobby.

—Quítense los zapatos y pasen. Siéntense en los cojines… dijo Maricruz Pineda, la “miss” que se presentó como periodista, antropóloga, profesora del Tec y odalisca.

Esto va en serio pensé. El espacio detrás de unos cortinajes era un viejo salón de baile: barras, paredes blancas y espejos de piso a techo. En el suelo había cojines bordados y varios velos colgaban del techo. Todo apenas iluminado por algunas velitas. En el aire se sentía un intenso olor a incienso.

Descalzas, tomamos asiento en circulo alrededor de Maricruz quién inició la presentación:

—»En la lejana Persia hubo un Sultán que temeroso por un vaticinio que decía que sería traicionado por su propia esposa decretó que cada día se casaría con una mujer diferente, luego de pasar la noche con ella, la decapitaría… pero una joven llamada Sherezada logró eludir tan terrible destino —leyó con tono solemne— ¿saben ustedes cómo lo hizo?»

Me había equivocado otra vez. Esto no sería un vulgar cursito de strip, se trataba de un Círculo de Mujeres, de esos que existen en todas las culturas: los baños turcos, los rituales judíos, las cocinas indígenas. Lo que estaba a punto de oír eran, literal, los secretos ancestrales del género para encantar a un hombre. Y no había que quitarse la ropa.

Empezamos con las presentaciones. Sentaditas en nuestro lugar simplemente había que decir cómo nos sentíamos ese día. Una a una se fueron contando: primero una chiquilla de ojos claros habló de su padre, la ejecutiva contó su miedo ante una próxima presentación frente a 150 hombres, la treintañera reveló su angustia de no encontrar a su hombre perfecto. Tocó mi turno. Ni lo pensé.

—Tengo una tristeza infinita —dije con la voz entrecortada y como si estuviera hablando con mi mejor amiga—. Después de tantos años, ésta mañana cuando colgué el teléfono, supe que se había terminado.

No hizo falta decir más. Hubo un silencio profundo y la mujer a mi lado tomó mi mano. Tenía el ojito Remi igualito que yo. Esto estaba súper freakie: ellas habían entendido perfecto mi estado de ánimo… ¡y lo compartían! El asunto de género se sentía en el aire.

Minutos después empezaron las lecciones: la primera era el arte de contar historias, como Sherezada obvio. Ensayamos la emotividad al hablar, nos explicó el encanto de la palabras “calientes”, esas que tienen un significado emocional en el escucha y finalmente, practicamos las técnicas para hablar con el estómago, el pecho y la garganta… y los distintos resultados que se obtenían de cada una.

Estaba sorprendida. En una sola sesión una señorcita me estaba revelando secretos invaluables que me hubiera llevado una vida descubrir: el significado de desviar la mirada hacia la izquierda, el encanto distractor de los aretes, hipnotizar tocándome el cabello, el misterio que podía despertar mi mirada con kohl, hechizar caminando sobre tacones, cómo podía cambiar mi vida si iluminaba mi baño —en lugar de luces ahorradoras de energía— con luz tenue de velas y prodigaba aceites aromáticos. Joder, ¡lo hubiera sabido antes!

Finalmente llegó el momento de poner en práctica todas las revelaciones: tomamos de un enorme baúl mascadas, collares y cinturillas repletas de moneditas colgantes y nos inventamos un vestuario seductor. Las risas no paraban. Corríamos descalzas de una esquina a la otra envueltas en velos. Le siguió el maquillaje. Nada de ser discretas, ni de la cosa de la belleza natural.

—Aquí, decía la miss, nada es natural. Hay que exaltar su sensualidad, magia, misterio…

Emocionadas como niñas encerradas en el closet de la abuela, empezamos a prodigarnos color en los pómulos, kohl negrísimo en los ojos, larguísimas pestañas postizas, brillo en los labios.

Sentada en el suelo y de frente al espejo me fui transformando en una auténtica diosa. Estaba espectacular. Una a una fuimos pasando al centro y empezaron las danzas.

—Muevan las caderas… para eso las tienen. Contonéense, sugería Maricruz. Así deben caminar las mujeres de a de veras. Sedúzcanlos, enamórenlos, encántenlos.

Estaba en éxtasis. Tras una calurosa despedida y con una sonrisa de oreja a oreja, salí maquilladísima, contoneando el trasero y subida en mis tacones más altos. Tomé el auto y me dirigí a una cena en Polanco. Cuídense, pensé, que ésta noche no habrá hombre que se resista.

SEXO EN LA CIUDAD (Playlist: Conejita de Indias)

Ya lo había dicho, anduve por ahí en busca de sexo… y sí, ¡lo encontré!

Todo el chisme está en la revista de este mes: y no, no es sólo una columnita… son 14 (ca-tor-ce) páginas con harta de la experiencia sexosa de esta Conejita.

Sí, ya sé: suena a comercial pero qué me importa (de eso vive una). No se hagan, mueren de la curiosidad. Ja.

PD. Sí, bueno, ahorrénse el comentario: no soy yo la de la portada (aunque podría).

LA CONEJITA SE PONE HIPERSENSIBLE

Ir a Sensorama era el reto más fácil al que me había enfrentado: nadie en este mundo tiene mejor controlados sus sentimientos que esta conejita. O casi.

—¡¿No tiene estacionamiento?! Pensé casi histérica mientras daba vueltas en el auto por la colonia Roma. Giré sobre Medellín y dejé el auto en Plaza Insurgentes. Ya molesta caminé entaconadísima sobre San Luis Potosí buscando el número 196. El calor arreciaba y yo estaba a punto de torcerme un tobillo. Por fin llegué. Según las indicaciones, Sensorama estaba en el quinto piso. El elevador había visto tiempos mejores.
—Sólo me falta quedarme encerrada en este aparatejo y mi día será un desastre completito, me dije. Y yo aquí jugando a ponerme sentimental. Ash.

Al abrirse el ascensor me topé con un amplio salón alfombrado, con listones y pelotas en uno que otro lado, todo muy colorido. Parecía que se hacían tablas gimnásticas.
Deja aquí tus zapatos, me advirtieron mientras señalaban una cajita de madera con cerrojo.
Joder. ¿Será que mis Cesare Piaccioti iban a estar seguros en ese locker?

Pasamos a una habitación con cojines en el suelo y sobre una mesa baja estaban una especie de gogles. Me senté descalcita frente a Héctor, uno de los creadores. Chairísimo, alto, de pelo largo, mirada profunda y hablar pausado. Sonreía con una mueca de lado mientras me explicaba el proceso. Por las ventanas entraba la luz del día pero el ruido de la calle se había quedado afuera. En las paredes blancas se leía frases como “en este instante… tu sangre está corriendo, alguien se está enamorado, el instante está sucediendo”. Respiré profundo y me dispuse a vivir una nueva experiencia.

Después de un video que me explicaba que estaba a punto de entrar a una experiencia miltiperceptual que intentaría hacerme comprender la relación infinita de instantes que conforman mi historia personal —lo que quiera que esto signifique— escuché la última de las indicaciones:
Ponte los gogles, puedes tocar todo y tómate tu tiempo.

Me puse esos enormes lentes sobre los ojos que distorsionaban mi visión. Era justo como dicen en las pelis que es estar en ácidos. Sicodélico. Me reí. Seguro se me veía más grande la boca y la nariz de cochinito. Y el pelo aplastado, demonios. Y no tenía la más mínima idea de quién estaba del otro lado mirándome. Alguien tomó mi mano y sin hablar empezó a guiarme. Con pasitos lentos entre en lo que supuse que fue la primera habitación toqueteando todo lo que tenía enfrente. Televisiones, maniquíes, plumas, bolas de electricidad y otras cosas indefinibles. Bajé a gatas por una rampa alfombrada. Sentí miedo. Dependía sólo de mi intuición. Este no era un buen momento para rodar por los suelos como caballo de jaripeo. No sé si esto estaba funcionando.

Una vuelta después se abrió una puerta corrediza. Sentí en la cara el aire fresco.. olía a fresco. En los pies sentí frío. Estaba pisando el pasto. Me dieron algo de comer, una fruta ¿verde? que no supe distinguir. Se oía caer de agua. Me moví hacia el sonido y me incliné para meter las manos bajo el chorro. En ese momento una plantita me rozó la cara. Y ¡plum! Sucedió. En mi mente los recuerdos se hicieron pelotas en un viaje supersónico hacia el pasado. Me vi-sentí, de niña, con el pasto en la cara y el olor a tierra en la nariz. Joder. ¿Hace cuanto que no tenia esa sensación? ¿cómo sucedió?

Ya con las ideas confundidas entré en una habitación con aire, mucho aire y telas que colgaban del techo rozándome la cara. Arriba, muy lejos, había una luz. Estiré las manos como si quisiera alcanzarla. El guía se puso delante de mi y extendió sus manos hacia las mías. Me dejé llevar. Lo toque delicadamente. Sentí sus dedos. Demonios. Un choque eléctrico me recorrió los brazos directito hasta la panza. El corazón se me agitó. Era exactamente igual a ese segundo en el que tocas casi sin querer a la persona que te gusta. Como el enamoramiento más animal. ¡Habían logrado aislar esa sensación en laboratorio! Me sentía “enamorada” de alguien que no veía. Estaba hecha una idiota. Tenía los sentimientos encontradísimos, revueltísimos, la piel erizada y nomás estaba en un departamento de la Roma.

Con la cabeza revuelta y sin idea de cuánto tiempo llevaba ahí, me dejé llevar a una última habitación. Me recostaron sobre un cojín en posición fetal y me pusieron otros cojines calientes en los pies y en la nuca. Me cubrieron con una manta mientras alguien me frotaba cariñosamente. El cojín comenzó a latir. Literal. El pum pum se me metía por los oídos, el ambiente era calientito, el silencio era absoluto y yo, hecha una bolita, comencé ¡a llorar!. Las lagrimas me corrieron suavecito por las mejillas. No tenía ninguna prisa. De esto se trataba todo: había conectado con el instante de mi mayor vulnerabilidad.

CONEJITA EN PUJA

Una subasta donde se darían cita Tamayo, Rivera, Kahlo y Coronel parecía el lugar perfecto… para encontrar marido.

¿Qué se pone una Conejita para asistir a una subasta de arte donde va a conseguir marido? No podía parecer escapada de una boda, pero sí classy porque el asunto era en las Lomas, y no tan seria porque se trataba de arte con-tem-po-rá-neo.
En mis mejores tacones llegué a la cita en Monte Athos, en las Lomas. Un señorcito muy propio me recibió en la entrada con un «El catálogo tiene un costo de 200 pesos». ¡Ouch!
—¿Va a querer un paleta? —me dijo otra de las señoritas de traje sastre negro.
—¿Cuesta? —dije ahora muy precavida.

Me explicó todo aquello de dejar un voucher abierto o un cheque a cambio de la dichosa paletita con un número. Aquí nada de alzar la mano en balde: eso siempre es pujar.
En la concurrencia había de todo: estudiantes de arte moderno que no paraban de anotar en sus cuadernos, parejas guapísimas donde era obvio que ella estudió Historia del Arte en la Ibero y él, Administración. La señora que llevaba a su “asistente-asesor” que estudió arte en La Esmeralda. Grupos de señoras rubias con peinado de salón que prefieren ir a subastar a Luis G. Morton que jugar canasta. Señores muy trajeados, otros alternativos, de pelo largo. La típica señora que —desde el divorcio— compra en Costco, pero sigue asistiendo a los eventos de alta sociedad. Y por supuesto, las socialités con bolsa y zapatos Bottega Veneta.

Los cuadros iban y venían.
—Tengo 50 mil. ¿quién me da 55…? ¿Usted señor… usted lo quiere… me da 55? —decía el martillero.
Y como en las películas, el martillo caía con un grito de «¡Vendido!». Había palmaditas en la espalda, sonrisas, gestos de triunfo.

De pronto se abrió la subasta de una escultura de Felipe Castañeda —nada como para llamar a casa. A mi derecha, una mujercita —tampoco como para llamar a casa— se acercó lentamente al oído de su marido y susurró:
—Me la compras, me la compras… —mientras le jaloneaba la manga del saco.
Sin replicar siquiera, el señorcito entrado en kilos empezó a levantar la puja:
—350 mil a la uuuna… a las doooos… —el martillero sentenció: ¡vendido!

Me quedé sin habla. Y ardidísima. Alguien aquí me tiene que explicar ¡qué le hizo!
Unos minutos después lo destaparon. Era por eso que estábamos aquí. Lo vi y casi me da un infarto. Demonios, enfrente de mí, ahí, cerquita, a unos metros, estaba La Mujer en Cuarto Azul de Rufino Tamayo, propiedad de una dama. Óleo sobre tela firmado y fechado.
—Pido tres millones.

Nadie levantó la paletita. El martillero continuó con la subasta y dejó ir igualmente a uno de los más esperados, un Pedro Coronel por el que nadie quiso desembolsar millón 800 mil.

Pasado el susto, se abrió la subasta por el Retrato de Mariana Yampolsky de Pablo O’Higgins. Precio de salida, 150 mil pesos.
De pronto, un señor interrumpió:
—Ese cuadro no puede venderse porque mi exesposa no puede acreditar la propiedad.
Silencio absoluto. Murmullos en el salón.

Mientras los anfitriones le pedían amablemente que fuera a resolver sus problemas maritales —y económicos—, se levantó y tomó de la mano a una jovencita. Se escuchó otro murmullo. La “nueva” acompañante salió con una sonrisa triunfal.
El evento estaba poniéndose buenísimo, aunque no para mi objetivo amoroso. Todos aquí estaban acompañados o interesados en ¡comprar arte! Y yo mientras me moría de hambre. Así que en el total desencanto me acerqué a la barra y puse en una servilleta muchísimos bocadillos, tomé una copita de vino y me dispuse a comer recargadita en la pared. De pronto se escuchó:
—¡Ahiiiií! —era el grito de uno de los hombres que señalaban los cuadros, mientras movía una enorme paleta por encima de mí.
Todos voltearon hacia donde yo estaba. Me paralicé con medio sándwich en la boca, otros tres en la mano y los ojos muy abiertos. ¿Por qué todos me estaban mirando?
—Tengo 25 mil… ¿quién me da 30 mil?

¡Estaban subastando el cuadro justo detrás de mí! Si en algún momento pensé que quería que alguien me notara, esta fue la peor manera. Por fortuna el cuadro se vendió de inmediato.

Casi cuatro horas después, justo para terminar la subasta, propusieron volver a pujar por un cuadro que no había sido vendido: Personajes de Pedro Coronel. Precio de salida, un millón 800. La mujercita malencarada volvió a tirar la manga del regordete de su marido. Yo no podía creerlo. Él asintió con la cabeza y levantó la paletita.
—Vendido.
Joder.

BRIDGET JO HA REENFOCADO SU ESTRATEGIA EN LA BÚSQUEDA DEL MARIDO RICO QUE LA MANTENGA. ATENIÉNDOSE A LAS LEYES DE LA OFERTA Y LA DEMANDA, SE PONE EN SUBASTA ¡A PUJAR!

EL CUERPO DEL DELITO


La promesa de reducirme más de 50 centímetros en todo el cuerpo era motivo suficiente para exponerme a cualquier invento. Costara lo que costara.

—¿Prontobella? —me dijeron al otro lado de la línea.

Les dije lo que han de oír de muchas mujeres. A todo me dijeron que sí. Las mujeres a veces creemos todo.
Un hilito de envidia me recorrió en cuanto me recibió Gabriela, la argentina dueña del lugar. Rubia, alaciado perfecto, jeans entallados, tacones de vértigo y buen cutis. La edad era lo de menos. La garantía de sus servicios estaba en la talla de sus jeans que seguro eran de la mitad que los míos. (No hay nada peor que ir con una nutrióloga gorda.)

Después de explicarme el tratamiento detallito tras detallito, tocamos de manera muy superficial aquellito del precio. Finalmente esas eran minucias.

—¿Tienes dos horas para aplicar la primera sesión?

La posibilidad de tener 10 centímetros menos para mi date de esa misma noche era una oferta que no podía rechazar.
Pasé a un vestidor de madera wenge. El aroma en el aire era fresco. Me puse una suave bata de baño de nido de abeja y unas pantuflas. Por fortuna —o quizá terriblemente bien planeado— no había espejos alrededor. Varias señoritas todas ellas muy delgadas en su batita azul, revoloteaban a mi alrededor ofreciéndome un te y preocupadas por mi bienestar.

Pasé a la primera cabina donde de inmediato me pidieron desnudarme y ponerme sobre una camita de masaje. Eso no es sexy: el hecho de compartir el genero no implica que quiera que vean mi piel de pollo, las venitas azules y las marquitas de celulitis bajo la luz blanca. Cerré los ojos. La música new age y el masaje shatsu me relajó. Casí caí dormida. No sabía cuanto iba a costar esto pero volarle dos horas al dia empezaba a tomar sentido.

Estaba yo en actitud casi de meditación cuando apareció la niña de la batita con tremendo cepillo de cerdas naturales. Tomó una de mis piernas y empezó a pasarme el cepillo con firmeza de arriba a abajo. No sabía si reír o llorar. Me sentí un auténtico pura sangre.
Con la piel cosquillosa por el cepillado, llegó el momento de la medición. Fue anotando la circunferencia —muy distinta a lo que yo pensaba— de mis brazos, piernas, tobillos, caderas. A cada número que veía en el papelito renegaba muchísimo de los chilaquiles del desayuno.

Unos minutos después apareció con una cubeta humeante e inició el vendaje cual auténtica momia egipcia. Me rodeó desde el tobillo, presionando para moldearme el cuerpo. Con sus brazos delgaditos hacía tremendo esfuerzo. Se puso roja, gotitas de sudor le perlaban la frente mientras intentaba meter mis carnes entre venda y venda. Le siguió el traje térmico o lo que es lo mismo uno de esos pants enormes de plástico que usan las señoras gordas para correr. Meterse ahí fue una aventura sin poder doblar los codos y las rodillas. Caminando cual robot pasamos a la siguiente sala. En medio de la habitación estaba ella: la maquina del deseo. Una especie de cápsula espacial que se abrió misteriosamente al presionar un botón.

Ahí dentro estaba la realización de todos mis sueños. Entré como Dios me dio a entender. Se cerró la cubierta dejando solo mi cabeza y cuello fuera. Una pantallita frente a mis ojos pasaba imágenes relajantes: bosques, oleajes, delfines, ese tipo de cosas.
—Con 30 minutos es suficiente —dijo—. Relájate.

Bajó la luz y el interior del aparato comenzó a vibrar —para estimular los riñones y la depuración de toxinas, dijeron— y a emanar vapor. Estaba, literal, en una olla de tamales y envuelta como uno oaxaqueño. Mientras sentía el sudor escurrirme por ¡todos! los rincones, supuse que modelos, actrices y socialités se sometían a estas experiencias con tal de obtener un cuerpo de campeonato. Y no estaban tan quejumbrositas y con sentimientos de culpa como yo. Pasados 15 minutos aquello empezaba a complicarse. Contaba los minutos en la pantallita… 13… 11… 9… El calor era tremendo y yo sentía que me derretía. 7… 5… 3…
«No, no —pensé—, estar aquí metida envuelta en plásticos, vendas y menjurjes no me hace menos inteligente.»
Al salir, el frío me erizó la piel. Como en un ritual sagrado, me retiraron las vendas. La expectativa crecía. Esperaba verme con un cuerpo nuevo. Tomó la cinta métrica. Tuve miedo.

98… 69… a cada cuadrito rellenaba con un numero nuevo. Consistentemente menor que el anterior. Uno aquí.. dos allá… casi cuatro aquí…. En total 16.. ¡16 centímetros menos en todo el cuerpo! El milagro había sucedido. Salí caminando como una princesa. Era yo una amazona, una cazadora y mi date podía darse por vencido. Mis centímetros menos me convertían en la reina. Firmé por esos centímetros menos, con tarjetaza a doce meses sin intereses. No quise saber si los recuperaría al tomar el primer vaso con agua.

Bridget Jo nos jura que esto no fue un infomercial, aunque ha tomado una actitud de presentadora del nuevo método milagroso para bajar de peso que a veces en la redacción buscamos el control remoto a ver si cambia de canal.

CONEJITA ON ICE

El lunes después de la inauguración de la pista de hielo —a primera hora de la mañana— estaba ya con el teléfono en mano. ¿Quieres venir a patinar? dije.

Mi primera opción fue el Conejito PR para acompañarme en la aventura. Alto, guapo, cosmopolita y cool: era la mejor opción para deslizarse a mi lado, sobre la superficie helada, rodeados de vapor de agua. Casi como en un cuento de hadas.
No puedo, princesa. Tengo que trabajar. Me hubiera encantado porque soy campeón de hockey sobre hielo.

Menos mal, pensé. A mi nadie —ni siquiera el galán en cuestión— me iba a opacar en la aventura. Ante la negativa decidí llamar a las conejitas del resto de mi agenda telefónica. La respuesta fue entusiasta: la Conejita Intrépida no lo dudó ni un segundo y aceptó.

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Obvio, antes había que superar un obstáculo crucial: el outfit adecuado. Aunque mis mallitas y tutú era gran opción, tuve que declinar por cuello de tortuga de cashmere, pantalones cargo y chamarrita negra, ultra deportivos, tecnología dri-fit, bufandón al cuello y grandes lentes oscuros. Estaba lista para el Gran Slam, aunque sólo fuera a la plancha del Zócalo de la ciudad.

Ante la primera gran fila, aplicamos la sonrisa conquistadora. Al igual que yo, otras 1,423 personas más, pensaron que nadie patinaría en la mañana de un día laboral
Poli… ¿es por aquííííí? dijimos mientras pestañeábamos lánguidas.
No, señoritas –contestó- la cola empieza allá. Mientras señalaba un punto en el horizonte lejanísimo.
Al ver nuestros ojos tipo gatito de Shrek abrió un espacio y nos coló en la ventanilla para recibir las pulseritas verdes de acceso. A las 12 en punto teníamos que estar en la puerta de entrada a la pista. Con una nueva estrategia de Conejitas tontas-tontas nos instalamos listas-listas a mitad de la fila. Obtuvimos nuestros patines nuevecitos. Casi flamantes. Y nos aventuramos hacia la entrada.

Me paré en la puerta de acceso. Ahí de frente estaba “luminosa y bella” una enorme pista de hielo. Casi infinita. Yo, a este punto, recordé que no sé patinar en hielo. La Conejita Intrépida se deslizo sobre la pista. Un metro adelante me hacía señas. Los instructores me animaban y detrás una fila infinita de impacientes “patinadores” me apresuraban.

Puse la primera lama de hierro sobre la pista, con una mano me aferré a la barrera y con la otra apretujé el brazo del instructor, clavándole las uñas en los bíceps. Puse la segunda lama sobre el hielo y sentí mis pies resbalarse sin control. Demonios. ¿Éste era el deporte invernal por excelencia?

Ante mi ignorancia, los cientos de instructores, los polis en patines y hasta los paramédicos on ice se desvivieron en indicaciones: inclina el tórax, flexiona las rodillas, estabiliza el peso, cambia tu centro de gravedad, utiliza los hombros como volante, cierra los puños, frena con la lama, no te agarres de nadie. ¡Joder!

Con una gran habilidad —como si hubiera formado parte del elenco de Los Pájaros Patinadores—, empecé a deslizarme por la pista. Volteé a todos lados. Nadie a mi alrededor era un experto patinador. Es más, todos reían mientras caían como pinos de boliche. Yo también reí. Por primera vez, esta conejita no era la única de movimientos disconexos.

En la pista parecía que se llevaba a cabo un desfile de modas sui generis: mientras por un lado patinaba un punketo con mohicana, por otro hacían piruetas algunas loquitas patinadoras, no faltaba uno con abrigo y peluche en el cuello en contraste al chavito en bermudas. Decenas de escolares, de faldita tableada, disfrutaban de “la pinta” al igual que el oficinista en traje y corbata. Esto es lo que yo llamo, un deporte incluyente.

El resto de la hora se convirtió en una carrera de obstáculos. El objetivo no era no caerse, sino lograr que no te tiraran. Me dediqué a esquivar con la gracia de una hipopotamita de disney a todos los que iban rebotando sin cesar. Y a mi paso veloz, obvio, varios resultaron lesionados.

La música sonaba: Christina Aguilera seguida de un “Bella, bella, velludita” le ponía saborcito a la experiencia. En las gradas el público saludaba. Me sentí campeona olímpica. Tomé de la mano a La Conejita Intrépida, nos detuvimos al centro de la pista, agitamos un brazo por encima de nuestras cabezas y sonreímos a los espectadores. Sólo faltaban las rosas cayendo.

Después de 45 minutos, en pleno medio día, el calor era infernal. El hielo parecía derretirse, la pista estaba mojadísima y mi bufanda, cuello de tortuga y chamarrita no habían sido la mejor opción. Parecía tamal en olla: estaba empezando a vaporizar. Por si fuera poco, los patines, durísimos, me torturaban los pies.

Decidí que era momento de terminar la experiencia. Patiné triunfal hacia la salida mientras sonreía a los cientos de espectadores. El saldo era blanco: mi colita de peluche había logrado salir seca, sana y salva sin tocar el hielo. Ahora sí, podría repetir con el Conejito PR experto patinador en hielo.

CONEJITA ENCUENTRA CONEJITO

«Cuando lo conozcas, no volverás a salir de tu casa ni a necesitar un novio», dijo La Judía Solterísima casi como una confesión. Yo, pensé, iba a seguir su consejo a pie juntillas.

En aquella cena empecé a sentirme fuera de lugar. Todas, sin excepción, conocían al famosísimo Rabbit. Habían tenido algún encuentro divertido, exótico o desastroso con él. Movían las manos, lo describían con pelos y señales, reían ruidosamente mientras el mesero buscaba cualquier pretexto para acercarse a la mesa. No quería reconocerlo pero las descripciones sonaban atractivas:
¿Pero o sea, cómo.. no entiendo… cómo es? pregunté con ingenuidad.
Uff! Maravilloso, decían, como para perder la cabeza. Seguro ya lo has visto.
¡Obvio no! A pesar de haber ido más de una vez a una sexshop no tenía ni idea de cómo era el artefacto este. ¿Cómo demonios la mismísima Conejita de Indias resultaba tan naive?

Al siguiente fin de semana no resistí más. En el desayuno con La Mejor Amiga, liberal e iniciadísima en el tema, lo solté.
¿Sabes qué es eso del… mmm conejito.. no sé… que vibra?
¿El Rabbit? casi gritó con todas sus letras. Está buenísimo.
Sin pensarlo un minuto más, llegamos directito a SexEmporium en la Roma. Las enormes vitrinas, rodeadas de neón, con disfraces de camarera y mujer policía, no me estaban ayudando en el asunto.

Titubeé. ¿Qué parte de evitar una sexshop cerca de mis propios rumbos no había entendido? Mi amiga no se detuvo ni un minutito.
Ven, ven, vamos, decía mientras me arrastraba. Miré con rapidez a ambos lados de la calle y entré.

Dentro actué con gran maestría: recorrí los pasillos de disfraces mirándolos como vestidos de diseñador y pasé la mano sobre lubricantes de todos colores y sabores mirando con aires de grandeza.
Ay obvio, este es termoactivo. Eso del calorcito es lo de hoy. dije

Entonces sucedió justo lo que me temía: una señorita de lo más mona se acercó con la típica pregunta
¿Buscabas algo?
Con las mejillas rojísimas intenté contestar como si nada pasara.
Eh no.. estamos viendo… bueno sí… no sé.. me dijeron de una ¿cosa?..
¿Cómo diablos se le decía para seguir siendo políticamente correcta? ¡¿dildo… vibrador… conejito?!
Sonrío casi condescendiente y soltó su letanía casi sin respirar:
«Aquí están los dildos. De este lado están los manuales por si estás empezando, aquí tenemos los que funcionan con pilas para quien le gusta la vibración, los hay pequeños, como de bolsillo, a la izquierda están los de doble función para la estimulación anal, de aquel lado tenemos los aros, las vaginas de látex para tu novio y… ».

Para ese momento yo estaba al borde del paro respiratorio. Joder. ¿Teníamos que hablar del asunto con tanta… familiaridad? ¿Y vamos, si tuviera un novio estaría aquí metida? Chale. Tanta atención me ponía muy nerviosa.

Mientras tanto, mi amiga se divertía horrores tocando todos los productos que tenían un agujerito en la cajita con la leyenda “Try Me”.
Ven ven.. toca.. está buenísimo me decía saltando de aquí para allá
¡Obvio no! Por más que trataba de mantener la compostura, no podía ni pensar en eso de meter el dedo para comprobar si la textura del aparato en cuestión era la adecuada o no.

Finalmente, me enseñó la sección de los Rabbits, que de conejitos y estéticos tenían muy poco. Una tras otra, abrió las cajitas. Falos azules, morados, transparentosos y en su versión natural. Cada uno con un movimiento increíblemente sofisticado.
Rabbit, decía como en clase de Biología, además de vibrar y alcanzar directamente el punto G, tiene unas “orejitas” que estimulan el clítoris.

bd_203v01-post.jpgLo tomé y abrí los ojos como platos. Era enorme, rosa y ¡se movía!. Con más de 20 velocidades dirigía las orejitas, la colita y el cuerpo entero en distintas direcciones al compás de un montón de luces que prendían y apagaban con ritmo de antro. Joder, pensé, a esto sólo le falta la sirena.

Muerta de la vergüenza fui al mostrador. Con cierta impaciencia saqué la tarjeta de crédito. Era tal la prisa que a la hora de ver el voucher no pude ni replicar: ¡$1300 pesos! Tragué saliva y firmé. A ese punto no me iba a poner a buscar algo más baratito.

Con la bolsa negra entre la manos, como con un tesoro robado, llegué a casa. Me senté en la cama y abrí el paquete con la emoción de una quinceañera. Puse las pilas, lo coloqué sobre el buró, apreté un botón y miré curiosa. Se movía mientras destellaba por todos lados. ¿Dónde jodidos iba yo a guardar el juguetito este? No pude evitar pensar en la señora de la limpieza. Arrugué la nariz. Apagué el aparato. Me metí a las sabanas, me tapé y cerré los ojos.
Esta noche no, me dije.
Creo que necesito tiempo para acostumbrarme a la presencia de mi nueva “mascota” en casa.

Ilustraciones: Arthur de Pins

La Conejita no supo cómo justificar el cargo de 1300 de “sexalgo” en el estado de cuenta que su mamá jura que está equivocado.