No soy yo, eres tú (Playlist: Neeext)

Estuvo el fin de semana en el Paraíso Tropical. Como no queriendo insistió en verme con el (mal) pretexto de los chicos. Después fue y vino como dando vueltas a un tema que quería abordar. Al final, lo hizo.

-En los últimos días has estado distante, dijo. Lo noté.

No hacía falta decir más: ahí estaba todo el meollo del asunto. El Conejito Emocionalmente Unavailable quería saber si estaba o no en una relación. Aproveché para desbocarme.

-No quería tocar el tema pero si quieres lo hacemos, dije.

Y ahí empezó la conversación más larga que hayamos tenido sobre nuestro estado emocional. Y lo que suponía ser una advertencia de mis intenciones de poner el corazón en el mercado del romanceo se convirtió en la clara retahíla de “no eres tú, soy yo” de toda la vida. Te quiero tanto, pero no tanto como para comprometerme contigo. Me gustas pero no estoy listo. Vamos a darnos tiempo al estilo José José. Y la lista de etcéteras que este blog tiene registradas desde hace años.

Y yo, le creí. Pero ya no.

Porque llevo en este juego demasiados años. Porque no sé si quiero esperar a que este (mos) listos. Porque en mi lista de espera empiezan a aparecer otros conejitos que sí lo están. Porque solo seré enfermera, sicóloga, amante, compañera y cómplice de quién esté dispuesto a serlo para mí.

Porque creo, más que nunca, que el amor es una cuestión de timing. Y timing esta vez no  juega a favor.

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Y la fiesta comenzó… (Playlist: De festejos y guateques)

Estaba por llegar el cumpleaños más importante de los últimos tiempos. Por la situación, por la concurrencia, porque sería yo, otra vez (como en tiempos inmemoriables) festejando sola mi maravillosa vida.

Y así fue. Vestido rojo. Piel luminosa. Ánimo por los cielos. Estuvieron todos los que tenían que estar. Pero como buena Conejita que soy, me tenía que pasar lo inesperado.

En la lista de invitados estuvo el Conejo Caballero. No dudó un segundo en aceptar. Ofreció llevarme al lugar. Y no faltó su regalo. Es sin duda, el Señor que dice ser. Con un único pero: somos radicalmente distintos. Y eso no es de poco.

Y cuando todo parecía predecible, lo distinguí entre el movimiento y las personas que obstruían la puerta. Era el Conejo Emocionalmente Unavailable. Llegó de algún lugar lejano a festejarme. Y a mí, se me sumió el estómago, contuve el aliento y sentí esa silenciosa explosión de corazón que tenía tanto sin sentir. Joder. Yo que juré que lo había dejado guardado en el puesto de ‘un conocido sin importancia’.

Estuvo pocos minutos en el lugar. Aprovechó para ponerse al tanto y enterarse que las últimas semanas habían sido emocionalmente complejas para mí. Se fue igual que llegó. Con una sonrisa y sin dejar huella.

Una vez más Conejita: pon a cada persona en el lugar que le corresponde.

Ella baila sola (Playlist: Pensándolo bien)

¿Quién hubiera dicho que lo más complicado de esta nueva Era sería hacer cosas sola?

Tras años de viajar, vivir, resolver y entenderme sola, resulta que el tiempo acompañada me volvió absolutamente incapaz de hacerme cargo de mí.

Que el Bebé Tortugo esté presente siempre no ayuda a identificarme en el silencio. Se me olvida que hacía yo conmigo siglos antes del Fin de la Era.

Como designio divino, este fin de semana los astros se acomodaron para dejarme cuatro días sin hijo, niñera ni amigas cercanas. Sin escapes ni pretextos.

Ahora si, “arréglatelas sola Conejita”, me dijo mi loca interior.

Y la Conejita se las arregló. Bienvenida a los festejos de la Independencia, me repetí mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo de 4 de Julio.

Fin de una era

Estos meses han sido pura prueba de sobrevivencia. Sobreviví como he sobrevivido a los malos amores, a las historias que debían tener final feliz y a los cuentos de hadas.

Estoy bien. Sí. Si por estar bien queremos decir andando, viajando, bebiendo, comiendo, vistiendo y probándome que mi historia no acaba aquí.

Esa es la lección más importante -y me la dio El Bebé Tortugo cuando dijo “Se acabó la era de papá. Como la de los dinosaurios. Papá se extinguió”.

Así de simple, plano y llano.

Papá, El Conejito Latino Tropical no se murió, no nos abandonó, no se fue. Simplemente se extinguió. Se acabó su era, su época y como todo ciclo, cerró con un meteorito cayendo, con un estrepitoso movimiento telúrico. Destruyendo lo que había, dejándonos mudos y solos. Nuestra historia juntos terminó de contarse. Y se contó bien. Amorosamente bien.

Acabó de contarse en este blog que lo vió llegar, instalarse quedito como la humedad y quedarse con esa famosa frase de “hasta que la muerte nos separe”. Pues bien, nos separó. Han pasado seis meses. De silencio. De reconstrucción. De hacer espacio a una nueva historia. Y yo cierro el capítulo. Ese enorme y significativo capítulo que me convirtió en una Conejita distinta de la de antes y que me deja lista para la de hoy.

Se acabó esa historia pero no mi historia. Porque soy, sin duda alguna, mucho más que los Conejitos y Conejitas que han formado parte de mi historia. Soy el resultado de todos estos encuentros y de los que están por venir.

Aquí sigo pues. Reinventándome. Seis meses después del fin de la era. Quitando el polvo que me dejaron los escombros y con el sol de frente, lista, una vez más para lo que está por venir.

Impronunciable

Creo que es hora de decir eso que me he negado a siquiera pensar con la férrea convicción de que si no lo digo, no sucede.

Aunque he pasado los últimos 50 días sentada junto a la cama de un hospital, no he permitido que esa idea se convierta en palabras. Algunos lo han sugerido:

-“Creo que es tiempo de que lo consideres”, dijo su hermana desde la silla de junto mientras ambas mirábamos la cama de metal.

-“No”. No sé si lo dije o lo pensé. No lo pienso, quiero ni intento considerar.

-“Dejemos que la naturaleza siga su curso”, me dijo un doctor en un cuartito con una mesa, una lámpara y una caja de Kleenex. En mi interior se desataron todas las furias de los océanos. ¿Qué coños dice? Llevamos siete si-e-te años haciendo que la naturaleza no siga su curso y eso no va cambiar ahora.

Otros lo han sugerido sutilmente con la consabida frase “que se haga la voluntad De Dios”. Yo en tanto no sé siquiera cómo creer en ese Dios, su voluntad y su manera de amar.

Pero esta mañana, esa idea maldita se posó suavemente en mi entrecejo. Justo cuando le tomé la mano mientras se estrujaba con fuerza la cabeza y arrugaba los párpados haciendo que una lagrima se escurriera lenta desde la comisura. Así no, pensé. Así me quedan menos herramientas, menos argumentos, menos alientos para aferrarme a nuestra lucha. Así no te quiero. Así no nos quiero. Así si quieres, te dejo.

TODOS SOMOS MULTICOLORES (Playlist: Ricky Martin)

—¿Raza?

—Blanca… ¿o qué no? Pregunté levantando una ceja ante la señorita detrás de la ventanilla.

En el amplio espectro de mi concepto sobre los colores de piel entran el blanco, el negro y el amarillo. Y si me miro el reverso de la muñeca, yo lo veo más parecido al primero que a los otros dos.

Y es que, disculpen mi falta de variedad étnica, pero esos eran los dibujitos que recuerdo de mi libro de primaria.

—Hispanic, me contestó.

Esa sí que no me la esperaba. A partir de mi ingreso a este país y si lo que quiero es obtener una visa y un bonito número de social security para pagar mis impuestos (que la verdad no), resulta que soy hispana.

Y que la raza, se define por lo que sale de mi boca. En fin, no me molesta. El español lo hablo, mucho y sin faltas de ortografía, diría yo.

—¿País de origen?

—México

—Ah mexican, dijo ahora alzando ella la ceja.

Puso el sellito y me dio el permiso sólo por un añito porque “that’s the way” con los mexicanos, aseguró.

Salí caminando despacito de la oficina, sin dejar de sonreírle al de la entrada. Esa sí no me había pasado.

Nunca me habían visto feo por mi origen, ni formaba parte de ninguna minoría. No sé mucho de “la comunidad”, no mezclo dos idiomas al hablar, no me defino como latinou cuando me preguntan por mis movimientos de cadera, no crucé la frontera sin permiso de trabajo, no tengo parientes ni perro que me ladre en este país, no voy a ir a ver al gran Buki de todas las Cárceles en concierto y vivir aquí estaba lejos de ser mi sueño americano.

Tampoco es que me sean indiferentes las luchas sociales de mis paisanos ni que les llame “ilegales” a los que no les pusieron sellito en el pasaporte pero que trabajan igual –o más- que los otros.

Y quizá lo único que me dejó mi entrevista con la señorita de la ventanilla es que me toca reinterpretar mi propia definición de origen, raza y comunidad. O que acá me puedo reinventar por otra, más latina, más hispana y más minoría. O presentarme como la misma para que se les vayan olvidando los clichés. O que este país me enseñe a pelear por los derechos que yo siempre tuve y que mí me dieron sólo por el gustito de haber nacido donde nací.

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