Lucha de gigantes (Playlist: Tan frágiles)

Este lunes hubo dos momentos en los que lo ví como no lo había hecho antes. No sé si importe pero algo cambió en mi de sí.

En el primero estaba parado frente a mi. Junto al auto. Con el teléfono en la mano leyendo un email de una psicologa que preguntaba por la cancelación de una cita. Se le quebró la voz. Sudaba. Volvía a mirar. Incrédulo. Pasó de llamarla ‘hija de puta’ a asegurar que le daría lo que pidiera si tan sólo se portara bien. Así hizo dos o tres declaraciones más. Extremas. Desesperadas. Acerqué mi mano a su mejilla. Sentí unos deseos irrefrenables de abrazarlo, de consolarlo, de decirle que en el mundo no pueden ganar las cabronas aunque lo parezca, que era su oportunidad de mostrar la madera de la que está hecho, que como diría Michelle “when they go low, we go high”. Pero todo ese speech motivador tenía tan poco sentido que decidí guardármelo. Retiré mi mano de su cara y le dí un abrazo rápido de despedida. 

El otro momento llegó minutos después. Detenida en la luz roja, volteé la mirada y lo vi. Caminaba alrededor de la escuela. Con una chaqueta abierta sobre la camisa por fuera. Tenía los brazos caídos. Tenía la mirada baja y los hombros pesados. Parecía que cargaba el mundo. Y en efecto lo que hacías era lidiar contra el mundo que se le había derrumbado una vez más esa mañana. Demasiadas veces en pocos días. Otra vez se había enfrentado a la dolorosa realidad que es separarse de los afectos. La conozco. Sentí una vez más está empatía por su dolor. Por las veces que lloré tratando de recuperar lo perdido o la frustración de intentar salvar a un hijo de la adversidad. Todo de forma infructuosa. 

Esos dos momentos me dieron vuelta todo el día. Recordé el estribillo de mi vieja canción favorita.

“Vaya pesadilla / Corriendo / Con una bestia detrás
Dime que es mentira todo / Un sueño tonto y no más…”

Porque siento que -en situaciones totalmente distintas- hemos sentido lo mismo. Porque me reconozco en su dolor. Llamémoslo empatía, timing, destino. Porque quiero ayudarle pero sé que no tengo ninguna manera real de aliviar su pena. Porque entiendo mejor que nunca que quiera encerrarse en su caparazón y mandar al carajo al mundo -incluyéndome a mi. Porque nadie entiende lo solo que uno puede sentirse luchando frente a un monstruo que parece invencible. Se llame como se llame. Porque conociendo el dolor de la pérdida, trato de entender qué tan vacía puede estar la vida de alguien que la busca por gusto. No encuentro respuesta.

Porque todavía hoy no quiero creer que el mundo pertenece a quien actúa de forma incorrecta. No voy a dejar que nadie me diga que los malos ganan al final. Ni en su historia, ni en la mía. 

La felicidad, quisiera decirle, se busca en defensa propia. 

(Y el mundo, al final, es de los que resisten)

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