Duelo suspendido

Así dijo que se llamaba la tanatóloga.

Apenas llegué a su oficina, comencé a llorar. Dos horas ininterrumpidas. Las lágrimas escurrieron sin control. He notado que eso me pasa también cuando me subo al auto. En un acto de masoquismo puro, escucho a Franco de Vita, Eros Ramazotti, Luis Miguel o cualquiera que logre despedazarme el corazón. Y no porque no lo tenga ya en esas condiciones, si no porque me da el pretexto perfecto para poner mi historia en cada uno de sus párrafos. Después de todo, siempre he sido parte de un playlist.

Sin embargo en esa oficina en colores cálidos, la historia la estaba contando yo entre sollozos. Me dolía que él no estuviera al volver a casa, que no fuéramos a planear más las vacaciones juntos, que no preparara el desayuno cada mañana, que no discutiríamos más por el espacio en el clóset. Él ya no estaba en mi casa, ni en mi realidad cotidiana. Ni en la toma de decisiones diarias, ni consolando a Jero cuando se lastima un dedo. No está aquí enredando sus pies en la sauna de los míos bajo un edredón de plumas en pleno Paraíso Tropical.

Sin embargo está ahí: como deteniendo el tiempo en ese hospital del centro. Recordándome la grandeza de lo vivido a pesar de la mirada perdida, el frío metálico y los labios secos, mudos, que aún gesticulan “te amo” cada que aparezco por la puerta.

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