El último vals (Playlist: La oreja de Van Gogh)

El esperadísimo encuentro resultó por demás atropellado. Tengo esa infinita capacidad de lograr que sean en el peor momento de nuestras respectivas vidas. Caminamos juntos al lado de la avenida más terrible de la ciudad. Entaconada, apretada y fabulosa me estaba subiendo a un triste taxi para ir a un encuentro furtivo al que le habíamos puesto demasiadas expectativas y la realidad lo estaba agotando.

Hablamos de nada mientras me tocaba la rodilla. El timing era fatal para el romance. Pero perfecto para el ánimo caído. Éramos dos haciéndonos compañía en nuestra incertidumbre. El futuro se tornaba denso e íbamos cada uno cargando una responsabilidad que nos encogía los hombros. Creímos dejarla en el suelo cuando cerramos la puerta del cuarto.

Falso

Hubo roces, empiernamiento, caricias y hasta besos. Esos de los que me enganché hace meses. Si me preguntara qué me ha hecho volver, respondería sin dudarlo: los besos.

Hubo también uno de los momentos más contados en WA. Uno íntimo. Muy. De esos que sirven para sellar un pacto, marcar la historia o acabar con el cuento definitivamente.

Y lo acabó.

No sé qué pasó pero con la cabeza en las nubes se despidió con prisa. Me enojé. Me ofendí. Me entristecí. Me vacié. No se enteró.

Tenía la cabeza metida en sus problemas y mis ansias románticas no tenían cabida. Fue la manera más acertada de terminar la historia que nunca existió.