¡No estoy gorda… estoy embarazada!

“Deberás subir entre 20 y 35 libras en los próximos meses”, soltó el doctor de plomazo, en la primera visita y sin levantar la mirada de mi expediente.

Eso en mi traducción simultánea a mi sistema de gordura México-cristiano quiere decir entre 10 y 15 kilos aproximadamente.

¡¿Qué?! ¡¿Estamos todos locos?!

El Conejito Tropical sonreía y asentía con la cabeza como si esperara que yo me pusiera contenta con semejante –literal- bombazo.

Pues no. El resto de la visita no logré escuchar lo que decía el ginecólogo, entré en pánico y me imaginé convirtiéndome en esa gordita del demonio que me persigue desde los quince, justo ahora que a mis 39 (aunque parezca de 27) había llegado a una relación de amorosa tolerancia con mi propio cuerpo -y que mis curvas y yo habíamos aprendido a caernos relativamente bien.

 

Salí de ahí con ganas de llorar. Ya sé que estoy siendo superficial, frívola y tonta y que debería estar pensando en que ése es el resultado de una nueva y “maravillosa” etapa en mi vida. Y no era precisamente yo quien iba a cambiar el asunto.

Pero cabe señalar que nunca, nunca, desde que tengo uso de razón me he subido a la báscula de buena gana. Desde que recuerdo, ella vive en mi baño y me soporta todos los días. Sé exactamente que puedo subir hasta tres kilos de la noche a la mañana. Y también cómo hacer para perderlos antes de una fiesta. No conozco una “gordita feliz” y en cualquier caso, no seré yo la primera.

Peor aún, todos a mi alrededor tienen argumentos súper válidos, súper convincentes y súper amorosos del tipo “estás albergando una vida”, “es por el bebé”, “una transformación hermosa” y todas esas frases de tarjeta de Sanborn’s que no quiero escuchar.

También está el otro bando. El de las amorosas mamás y tías que sueltan como si nada esas terribles advertencias al estilo “no te vayas a poner gorda ¿eh?.. Ya viste lo que le pasó a tu prima Chonita que nuuuunca logró recuperarse…”. Agh.

Al ritmo que mis pantalones empezaron a dejar de cerrar, el pánico se ha hecho más grande. ¿Y ahora qué? ¿Voy a terminar siendo una de esas terribles señoras en leggings? (No, no, no se confundan. Ninguna que no sea Jane Bunny Fonda se ve bien).

Además, en cuestión de minutos, se me pusieron las tetas más grandes que a una bailarina colombiana -sin cirugías ni paraíso.

Y como si faltara una ayudadita más, el Conejito Tropical insiste en tocarme la panza, mirarme con detenimiento y soltar un romántico “ya se te está notando”.

Joder.

Ahora estoy haciendo uso de mi más profunda paciencia. Mientras llega el esperado segundo trimestre -en el que por obvias razones ya nadie se pregunta si estás gorda o embarazada- me he hecho de nueve videos de ejercicios prenatales, pregunté en cuatro lugares distintos sobre yoga, Pilates y acuaeróbics ochenteros, escondí la báscula inquisidora y me rehúso –que no, que no- a comprarme unos de esos pantalones infames con resorte en la cintura en los que mi –alguna vez bien formado- trasero se transforma por arte de magia en un bonito televisor de plasma.

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