Pura madre

Inútil hacerme la loca. Desde hace meses mi Facebook se llena de panzas, ecografías, estudios fotográficos de recién nacidos y mamás orgánicas que nos enseñan a amamantar en público y a usar el “fular”.

Mis últimos eventos pasan de baby showers a bautizos y yo –de treinta y muchos, recién casada y presionada por las miradas inquisidoras de ‘para cuándo’- asisto con la certeza de que los niños ajenos no me gustan.

Eso no es novedad.

Hace varios años, en una cena de Navidad, advertí con una copa en la mano que finalmente estaba considerando la posibilidad de tener un hijo. La atrevida noticia le puso el ojo Remi a mi mamá mientras el resto de la familia me tiraba de a loca sabiendo que ni por error abandonaría mi sabrosa vida de soltera, treintañera y desfachatada.

Poco después, me propusieron aquello de congelar mis óvulos para reseñarlo en una conocida revista de ciudad.

“Así los puedes usar –fresquecitos y juveniles- cuando quieras tener hijos”, más o menos fue la explicación.

Parecía un experimento del demonio, no tenía intención de gastar lo de mis viajes en una congeladora de bebés y otra vez la maternidad parecía una experiencia totalmente incompatible con mi vida de empiernamientos intermitentes.

En otra ocasión, el hombre gay que más quiero en el mundo y su pareja hablaron de niños. Yo, ofrecida y aventada como siempre, le propuse mi vientre en alquiler. Bueno, de a gratis. Algunos pusieron el grito en el cielo y ellos vieron una posibilidad de tener un hijo. La vida me cambió de país y el DF se volvió como Ámsterdam con la aprobación de los matrimonios gay, las adopciones por parte de solteros y ya nadie necesitó de mi ofrecida pancita.

Al final, terminé en Miami. Me puse seria, amarré al dueño de mis quincenas y empecé a ver con menos náuseas a las embarazadas de mi timeline.

En una seria conversación prenupcial, el susodicho y yo acordamos que en un futuro tendríamos un hijo “sin estrés y si dios quiere”. Y si dios no quisiera, pues dejaríamos que la vida siguiera su ritmo que es bastante divertido así, sin bebés, para dos viajeros bailadores y desparpajados.

Hace unos meses, visitamos a una pareja de amigos periodistas cincuentones –y sin hijos. Su vida, su departamento en un barrio hipster de Bogotá y sus logros profesionales se parecían mucho a la vida de revista que había proyectado para nosotros.

Hasta que ella me dijo seriamente: “Entre un viaje y un proyecto se nos pasó el tiempo. Y creo que nos equivocamos”.

Insistí con mi teoría del instinto maternal perdido.

“Es mejor arrepentirse de tenerlos que de no haberlos tenido”.

Como si fuera poco, hace unos días una buena amiga, coetánea y con la misma reticencia a la cosa maternal, subió a FB su foto con una gran panza que predice gemelos.

Había perdido a mí última compañera de equipo.

En una plática rapidita me confesó que la cosa no sucedió en un empiernamiento a media luz y con música de fondo. La convencieron haciéndole manita de puerco y la decisión fue totalmente racional: una inversión de unos cuántos miles de dólares, un tratamiento In Vitro, pidió “dos de una vez” para no repetir el numerito. Y, sin lágrimas cursis de emoción, ahora es la feliz próxima mamá de dos, para acabar con la tarea como debe de ser: justo antes de cumplir cuarenta.

Yo en dos meses cumplo 39 y mi reloj biológico sigue mudo. Cada mes vuelvo a sentir mi infaltable cólico menstrual. Y a diferencia de mis histéricos cuidados de adolescente, ahora el ginecólogo dice que estoy ‘en mi punto’, tengo un monitor de ovulación, me empierno con el susodicho en días fértiles, sin cuidadito alguno y, al terminar, cierro los ojos con miedo de que suceda pero esperando que ‘pegue’.

Lo único malo es que ahora no pega.

Y no puedo  dejar de pensar en que pronto llegará la hora de decidir si agotar las posibilidades –y los recursos amorosos y financieros- para tener una cuna en la casa o de olvidar ese capítulo y asumir –sin dramas- que para mí no habrá más día de las Madres que el que le festejo con gusto a mi propia mamá.

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Cinco de mayo o del por qué (no me) importa la batalla de Puebla

Me había negado.

Durante los poquito más de cuatro años que llevo viviendo en Estados Unidos miré siempre con desdén los festejos del Cincou de Mayo. Sí, esos con “u” al final de la primera palabra.

Soy una especie de grinch. Me fastidian las ideas de Martha Stewart para organizar una “Fiesta” –que debe incluir guacamole y papel picado. Me hacen levantar una ceja esas tiendas de decoración que aprovechando el mes se ponen folclóricas, me repelen estas ofertas latinosas y hasta las app para localizar shots de tequila. En fin, siento que me revienta esta mexicanidad mal calendarizada.

Soy chilanga y la batalla de Puebla me es medio inclusive, vamos, por más que la televisión en español intente vendérmela como mi mayor fiesta nacional.

Esta mañana recibí una nueva invitación.

Quería regalarte unos pases VIP para este domingo de evento de Cinco de Mayo Brickell Fest. El pase VIP incluye acceso a una carpa especial, donde te darán un sombrero, tarro y una bebida de cortesía…”, decía.

Estaba yo a punto de sacar toda mi mala leche imaginándome deambulando con sombrero de Speedy González y un tarro de margarita aguada en la mano, cuando recapacité.

La ocasión no puede seguir siendo sólo una oportunidad para aventarle mi cátedra de DíadelaIndependencia a cuanto colega extranjero se me acerque con una felicitación en la boca por “el cinco de mayo”.

Es más, la ocasión ni siquiera es muy distinta de mis quinces de septiembre patrioteros comiendo pozole en Coyoacán o gritando Vivas en el zócalo o cantando el himno mexicano a todo pulmón –ojo Remi incluido- en la embajada del país que me albergue.

Y aunque me asfixie esta sensación de inmigrante, de hispana, de latina, de minoría y de cuanta etiqueta me vayan colgando, va siendo hora de asumir que aunque vivo cerquita, estoy en el país de junto. Y que aunque vuelvo cada que puedo, mi casa es donde duermo cada noche.

Y que aunque una se niegue, soy parte de las estadísticas: soy una de los 11.4 millones de mexicanos inmigrantes que vivimos acá –somos más que los chinos pues, una de las poquitas afortunadas (11%) con permiso de residencia legal y escogí el mismo destino que el 96% de los que nos fuimos del país. Vamos, hasta le ajusto a la edad promedio –sí sí, 38 aunque parezco de 29.

Así las cosas, aunque me encante el alboroto del quince, el domingo me da un buen pretexto para evaluar mi integración al entorno, mi desempeño en calidad de inmigrante por puritito gusto y de redescubrir el verdadero significado de mi mexicanidad en este ya no tan extranjero –aunque me niegue a ponerme sombrero y a tomar margarita en tarro.