HAGAN SUS APUESTAS, SEÑORES…

ah no no.. qué me da! y miren que una no es de las que anda amarrando navajas pero estaba yo muy tranquilita, visitando el Plumaje de nuestro Animal Político cuando me encontré con un comentario de la Newyoxican a propósito del Día Internacional de la Mujer que casi hace que se me caigan los dientes de la impresión.

“El otro polo lo conforman las que de plano no se reconcilian con la raza humana y no quieren traer hijos a “este mundo” , escribió

Y ahí empezó mi estrés. ¿Soy yo o estoy entendiendo que la decisión madura y personalísima de no querer tener hijos no es más que una pelea ancestral de las mujeres con el resto de los seres humanos?

“La variedad de agrias (sic) es infinita”…

pero ¿qué dijimos Doña Marta Cristiana? ¿Ahora resulta que los hijos son la causa directa de nuestro buen o mal semblante?  ¿Y todas esas “agrias” llenas de hijos? No me queda claro cómo una cosa es consecuencia de la otra.

“Ya cuando cumplan 70, la  chamba las deje girando en un tacón, estén más solas que perro en periférico, con siete gatos por hijos, mejor ni hablamos”..

Y ¡qué vivan los lugares comunes! Porque ¿resulta que traemos hijos al mundo con la tramposa intención de tener cuidadores-enfermeros en la vejez? ¿y que también eso nos asegura una tercera edad acompañados? ¿o qué una pareja de vida no cuenta? ¿y que convertir a las mascotas en juguetes de bolsillo tiene que ver directamente con la maternidad?

Ahora sí me ardí. Porque me niego a leer de una chica progre, inteligente y cool que las mujeres (emparejadas o no) que deciden (o no) no tener hijos esten condenadas a un futuro jodido.

Que una mujer que tomó la libre decisión de tener hijos cómo y cuándo le vino en gana, juzge la decisión en sentido contrario de otra, igual de libre, progre, inteligente y cool que lo hizo cómo y cuándo le vino en gana.

Y ojo, no estoy hablando del tic-tac medio destartalado de mi propio reloj biológico… si no del derecho a que respeten la decisión personalísima de no tener, tener, abortar, adoptar, invitrar, alquila, subrogar o hacer lo que le venga en gana a cada una con su cuerpecito, que por eso es de una y no tiene que andarle dando cuentas a nadie.

Pero lo que sí le pido encarecidamente a mi vecina es eso de evitar los estereotipos y lugares comunes que a negros, chinos, latinos, judios, gays, mujeres y lo que se acumule siguen jodiéndonos la vida.

Aunque sea de regalito por el tan manoseado Día Internacional de la Mujer, no hay que ser, no?

@conejitadindias

Anuncios

AYÚDAME FREUD (PLAYLIST: RICARDO ARJONA)

Yo no sé discutir.

Y no es broma. Sé pelear, encorajinarme, patalear, gritar, aventar floreros, hacer aspavientos, mover los bracitos y colgar con tremenda fuerza el teléfono.

Todo eso me sale re-bien, pero no sé discutir. Peor aún, no sé discutir en pareja.

Y si nos ponemos dramáticos, histéricos e históricos, echémosle la culpa a mi historial familiar.

Y ahí viene Freud.

Crecí en una casa donde Doña Coneja Jefa se encargo de decidir, dar órdenes, mantener, encorajinarse y voltearme la boca con dos que tres cachetadones cuando meritaba mientras el Señor Conejo miraba la televisión.

En ocasiones, ya con la más absoluta desesperación, la Coneja Jefa se le ponía muy cerquitita, lo miraba fijo y le llamaba por su nombre completo. Eso significaba que la cosa ardía.

Pero no, no. No confundamos. No discutían.

Ella peleaba. Ella se enojaba. Ella resolvía.

Era ella la que decidía, decidió y decidirá. Ahora, antes y después del Señor Conejo.

Y así crecí. Y así soy yo. Será por eso, o por que nací respondona, pero yo no sé discutir.

Resulta que a la más mínima (o no tan mínima) provocación mi primer pensamiento suicida es echar todo por la borda, mandar ésto directito al carajo y pensar que “a mí quién me manda” si tan bien que me la paso solterita.

Y hasta ahora había funcionado. En mi historial de relaciones amoroso-tormentosas el ir y venir, dejarnos y recogernos, te tengo-te pierdo era una constante. Una especie de adicción adrenalínica que me mantenía la boca del estómago apretujada. Y el corazón atarantado de tanto vaivén.

Y seguía solterita y pasándola bien. O casi.

Pero ahora la cosa cambia. Somos dos. Intento pensar en dos. Y proyectarme la vida en dos.

Y la cosa no me va saliendo tan mal hasta el primer desacuerdo.  Enfurezco.

Y no tengo ni la más mínima idea de cómo pasar de la furia que me nubla los ojos a un encontentamiento tranquilo sin sentirme rencorosa durante tres días.

No sé dormir enojada. No sé fingir que todo va bien. No sé tampoco perdonar rapidito. Ni sentir que alguien más –y no yo- se salió con la suya.

No sé cuánto tiempo “está bien” estar enojada. No me sale la estrategia “no me toques”. Y no sé cómo hacerle para que “no vuelva a pasar”.

Recuérdenme cuándo dije que me quería casar.

Lo mismo pero en otro lado