LO QUE FUÍ ES LO QUE SOY (Playlist: Alejandro Sanz)

Yo nunca dije no me casaría. Nomás no parecía que sucedería. Sobre todo porque ya lo había hecho siendo una pequeñuela.

Obvio, el matrimonio aquel no duró ni para el arranque. Y como buena diva terminé divorciada en menos de un año de un primer marido de cuyo nombre casi ni me acuerdo.

De allí pa’l real, la pequeñuela se convirtió en una Conejita de Indias, muy dispuestita al empiernamiento, amorío y respectivo dramático rompimiento. Todo bien reporteado y a detalle en una serie de blogs.

Ahora resulta la vida se me movió radicalmente. Cambié de casa, de país y de amorío tormentosos a calma chicha.

Y resulta también que me voy a casar.

Y no sería ninguna novedad si no fuera porque con invitaciones enviadas y vestido en el armario estoy al borde del colapso. Casi igual que en aquellos años mozos.

Porque resulta que amo al novio, la boda, las invitaciones y el vestido pero le tengo terror a convertirme en la menos sexy Doña Coneja de las Grandes Indias.

Me da pánico firmar y prometer-me a sólo uno. Dejar de besuquearme con mi fila interminable de ex Conejos que siempre, siempre terminan por regresar.

Me da nausea prematura imaginar que un día pueda-deba-quiera quedar embarazada.

No sé cómo hacer para pasar un domingo sola, sola, tremendamente sola y comiendo helado en pants y chanclas.

No pienso ni por error cambiarme el apellido -y no porque tenga aires feministas que me impidan lucir orgullosa el “Señora Coneja De Señor Conejo“- no, no, nomás porque eso me hace sentir exclusiva, vieja y, consecuentemente, acabada.

Me siento como cincuentón eufórico queriendo aferrarse a la juventud comprándose tremendo deportivo nuevo.

Y que me disculpen las señoras (como diría mi Gurú Manoella “La Otra” Torres), pero aunque sé que hay millones de mujeres casadas, exitosas, sexys y con toda la onda del mundo, en mi imaginario singular, mi tacones y colita de peluche iban más de la mano con los amoríos clandestinos, los sube y bajas pasionales y las mañanas despertando sola.

Me la llevé tan bien conmigo en mi vida pasada -que acaba de pasar- que no sé si quiero que se acabe.

Y sobre todo, no sé si llegué tarde a la reflexión, pero no tengo ni la más remota idea de cómo seguir siendo la misma, en la nueva vida.

Lo mismo pero en Animal Político

@conejitadindias

TROPECÉ DE NUEVO Y CON LA MISMA PIEDRA (Playlists: Alicia Villareal)

Apareció después de meses de ausencia.

—Bonita, se leía en el mensajito del Buen Conejo Pluma Blanca en mi BlackBerry.

Leí tres veces la frase.

Ya casi me había olvidado lo mal que la pasé sin sus palabras. Ash.

¿Es que debía contestarle como si aquí no hubiera pasado nada, fingiendo esa amnesia indolora que me sale tan bien o pasar de largo su mensaje con un dejo de desprecio o reclamar a la grande como una buena Coneja histérica que soy? Escribí, borré, escribí, borré

Se había ido hace varios meses. Un día así nomás me dí cuenta que ya no estaba.

Ok sí, tengo que ser sincera: hubo una época que me mandaba mensajes constantes, me llamaba al teléfono, me buscaba por cielo, mar y tierra si yo no contestaba. Y yo andaba distraída empiernándome con ya-no-me-acuerdo-quien y faltaba a nuestro trato de comunicación a la distancia.

Cuando noté su ausencia, él se había estado yendo desde meses atrás. Cada vez líneas más cortas, mensajes más espaciados, menos llamadas telefónicas y al final, espacios infinitos de silencio.

Yo, hice lo que tenía que hacer. Lo que cualquier Coneja desesperada hace cuando ve el agüita irse entre los dedos.

Escribí 123 mensajes en un solo día.

—Mucho trabajo, fue la respuesta.

Inventé 27 asuntos “urgentes” para tratar en un solo día.

—Estoy ocupado, contestó

Le hice 5 llamadas de larga distancia.

—Estoy en una junta, dijo

Mandé 1 y sólo un correo electrónico. Un último intento. Melodramático, telenovelero, chantajista pero a puritito corazón abierto. Mi arrastre final, vamos.

No hubo respuesta. No hubo disculpa. Ni inmediata, ni a largo plazo. Silencio absoluto.

Hasta hoy.

—Bonita, me escribió en el chat.

Con ese mismo endemoniado tonito que me mueve el piso debajo de los pies.

—Hoy te extraño mucho más de lo que te extraño cada día, decía la segunda línea.

Bajé la guardia. Sonreí de oreja a oreja, entrecerré los ojos y le volví a creer. Como siempre.

 

Lo mismo pero en otro lado

TODOS SOMOS MULTICOLORES (Playlist: Ricky Martin)

—¿Raza?

—Blanca… ¿o qué no? Pregunté levantando una ceja ante la señorita detrás de la ventanilla.

En el amplio espectro de mi concepto sobre los colores de piel entran el blanco, el negro y el amarillo. Y si me miro el reverso de la muñeca, yo lo veo más parecido al primero que a los otros dos.

Y es que, disculpen mi falta de variedad étnica, pero esos eran los dibujitos que recuerdo de mi libro de primaria.

—Hispanic, me contestó.

Esa sí que no me la esperaba. A partir de mi ingreso a este país y si lo que quiero es obtener una visa y un bonito número de social security para pagar mis impuestos (que la verdad no), resulta que soy hispana.

Y que la raza, se define por lo que sale de mi boca. En fin, no me molesta. El español lo hablo, mucho y sin faltas de ortografía, diría yo.

—¿País de origen?

—México

—Ah mexican, dijo ahora alzando ella la ceja.

Puso el sellito y me dio el permiso sólo por un añito porque “that’s the way” con los mexicanos, aseguró.

Salí caminando despacito de la oficina, sin dejar de sonreírle al de la entrada. Esa sí no me había pasado.

Nunca me habían visto feo por mi origen, ni formaba parte de ninguna minoría. No sé mucho de “la comunidad”, no mezclo dos idiomas al hablar, no me defino como latinou cuando me preguntan por mis movimientos de cadera, no crucé la frontera sin permiso de trabajo, no tengo parientes ni perro que me ladre en este país, no voy a ir a ver al gran Buki de todas las Cárceles en concierto y vivir aquí estaba lejos de ser mi sueño americano.

Tampoco es que me sean indiferentes las luchas sociales de mis paisanos ni que les llame “ilegales” a los que no les pusieron sellito en el pasaporte pero que trabajan igual –o más- que los otros.

Y quizá lo único que me dejó mi entrevista con la señorita de la ventanilla es que me toca reinterpretar mi propia definición de origen, raza y comunidad. O que acá me puedo reinventar por otra, más latina, más hispana y más minoría. O presentarme como la misma para que se les vayan olvidando los clichés. O que este país me enseñe a pelear por los derechos que yo siempre tuve y que mí me dieron sólo por el gustito de haber nacido donde nací.

También en Animal Político

RE-WELCOME TO MIAMI (Playlist: Will Smith)

–¿País de residencia? –dijo el señorcito de migración  con la mirada fija en los innumerables sellos de mi pasaporte.

–México –contesté segura y con una sonrisa de oreja a oreja. No estaba dispuesta a tener problemas el día de mi triunfal regreso al Paraíso Tropical.

–Pero tiene más de 260 días fuera de México… o sea que ahí no reside…

-Ah sí mire.. es que soy reportera…– contesté para justificar el ir-y-venir de los últimos años.

-¿Dónde vive?

-Mmm bueno, en realidad ahora estuve en La Ciudad de la Eterna Llovedera trabajando para La Empresa de Medios Más Grande Del Mundo Mundial, pero en realidad mi oficina está en El Paraíso Tropical… pero la verdad es que mi familia están todos en el Pueblo de Mis Orígenes… ¿sabe? yo ahí dejé un departamento.. sí.. todo mío…

Y estaba yo en esa retahíla de explicaciones para armarle al señorcito de migración el rompecabezas  de mi vida en siete maletas, cuando me interrumpió ligeramente hastiado.

–¿Dónde está su casa? –dijo por primera vez levantando la cabeza y mirándome a los ojos.

Por dos segundos, el estómago se me hizo chiquitito, se me armó un nudo enorme en la garganta y el agua me rebasó los ojos….

–¿Mi casa? –repetí.

Y cómo le explico a este señor no sé dónde vivo, ni dónde está mi casa y que tengo sólo un domicilio….

que vengo a iniciar una nueva historia, con toda mi vida guardada en las mismas siete maletas con las que salí del Pueblo de Mis Orígenes hace más de dos años… que ahí llevo arrastrando varios pares de zapatos de tacón, unos jeans, una serie de libros por los que he pagado tantas veces exceso de equipaje que me convendría más volverlos a comprar en el país al que llegue, varios años invertidos en  amores que nunca terminaron por cuajar y la memoria de los dos únicos hombres que se animaron a compartir casa conmigo, mis difuntos Manolo y Vicente, mis pececitos de Cabecera

que mi contrato en La Empresa de Medios Más Grande del Mundo Mundial me dio el mejor pretexto para salir corriendo (otra vez) e inventarme una nueva vida en La Ciudad de la Eterna Llovedera… que de eso tiene ya un  año y yo aún no sé si me la inventé tan bien… le sumé a la maleta los correos electrónicos de nuevos amigos entrañables y le resté las ganas de vivir como estudiante extranjero en un cuarto de 2×2.

que aún no tengo casa, coche ni dirección pero sí un Novio Como Dios Manda que me juró amor eterno como los otros, pero que lo quiere poner por escrito (no como los otros).. y aunque yo siempre haya creído que ese dura unos seis meses, estoy viviendo con serenidad mis tiempos extras… que yo no sé si me gusta tanto El Paraíso Tropical (bueno no, sí sé que no me gusta tanto) pero que vengo dispuesta a intentar vivir entre mar, mall y reggaeton  sin dejar que se me consuma el cerebro…  que después de todo… ¿qué tan mal le puede ir a una Conejita Chilanga en los States?

–Sí señor, en El Paraíso Tropical. Aquí está mi casa.