DÉJALO IR (Playlist: Benny Ibarra)

Estoy a punto de irme al cine pero no quería dejarlo pasar. Ayer me despedí de Conejo de Abolengo. Pasó por aquí antes de iniciar una de las aventuras más importantes de su vida. Justo ahí, en El Pueblo de mis Orígenes. Y yo no quería llorar ni hacer ojito remi ni ponerme de mamá, así que me hice la fuerte, le di dos palmadas y se alejó.

Ahora lo pienso. Lo sabe. Lo quiero.

Nos embarcamos juntos en esto hace más de un año y el destino nos ha llevado a los tres integrantes de La Pandilla a lugares distintos, por razones distintas, lo que sigue será encontrarnos de vez en cuando en algún lugar del mundo y casi por casualidad.

Mientras tanto, hemos organizado un Consejo de Sabios para dentro de unos meses. Mientras tanto yo le paso mis trucos de sobrevivencia en El Pueblo de mis Orígenes. Mientras tanto, yo me siento en esta habitación pensando en lo afortunada que soy de ir dejando regada buena gente por ahí. Para que otros la disfruten.

ANUNCIO DE ÚLTIMA HORA

Más tranquila y a petición explícita del Conejo de La Guarda de Mi Dulce Compañía aclaro:

Nada —o nada por ahora por lo menos— me va a alejar de mi futuro pintadito al lado de un Conejito que se ganó a puritito pulso el título de Novio Como Dios Manda.

Y yo, por ahora por lo menos, pienso seguir extendiéndo mis seis meses de tiempo extra en esto del amor.

Deseénme suerte.

NO SE MURIÓ EL AMOR (Playlist: Mijares)

Al día siguiente de lo que se supone sería uno de los días más felices de mi vida descubrí el lado más oscuro del Conejo Novio Como Dios Manda.

Y vamos, aclaro, no es más malo que lo más malo de todos los otros Conejitos que desfilaron por mi vida, mi historia y mi cama. Sólo no me lo esperaba.

No supe qué decir. Las lagrimas me corrieron a borbotones. A diferencia de otras ocasiones, no parecían gotitas de cristal que se rompían al caer. Era una tormenta pero ésta vez, no oí crujir el corazón en pedacitos.

Creo que estoy envejeciendo.

La lógica me decía de salir corriendo. La historia me recordaba que el amor eterno dura seis meses y yo estaba en tiempos extras. El corazón me indicaba que me pusiera de nuevo la armadura y buscara nuevos campos-camas de batalla.

Estuve a punto de hacerlo hasta que me miré el destello éste famoso en el dedo anular izquierdo y recordé a mi Conejo Gurú hablando de compromiso en la adversidad y lo fácil que era amar en los buenos momentos.

¿Quién diablos te crees, Conejita de Indias del Demonio, para exigir infalibilidad? ¿Parafreaseando a los grandes… a quién se le puede llamar cabrón sin ser una santa? ¿Cuántos lados oscuros, secretos, perversos tienes tú? ¿Cuántas historias fallidas llevas a cuestas? ¿A cuántos otros perdonaste errores peores, más graves, más cínicos? ¿Cuántas veces más vas a creer en el amor de los cuentos y no el de la vida real? ¿Cuándo vas a aprender que la felicidad no llega, hay que hacerla? ¿Cuándo vas a entender, joder, que el amor eterno no tiene fecha de caducidad?

No he parado de llorar

NOS AMAREMOS TANTO QUE EL AMOR VA A ESTAR CELOSOS DE NOSOTROS (Playlist: Alberto Plaza)

Highlights de un viaje, de una propuesta y de una novia con ganas de echarse a correr:

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Vamos para un año juntos. Así que mi teoría de que el amor eterno dura sólo seis meses podría casi acabar por tierra. Casi. Si no fuera porque en esta ocasión el amor se me acaba y se me vuelve a dar con la misma intensidad de al principio, unos meses sí y otro no. No sé si es que esa sea la única fórmula secreta para que el amor eterno nos siga durando algo más que seis meses.

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—Viajar juntos es la prueba de fuego, le había dicho hace muchos meses, cuando entonces la Conejita de las Playas nos invitó a su boda cruzando la frontera.

Entonces libramos el viajecillo porque nunca estuvimos realmente solos. Ésta vez era distinto.

Tomamos el tren a primera hora de la mañana. Dormimos durante dos horas por abajo del mar y desembarcamos en París. Apenas pusimos un pie en tierra el mundo se me volteó. El Conejito Novio Como Dios Manda no era el viajero experto y aventurado que yo me esperaba. Con el mapa al revés y parado inmóvil en el pasillo de la estación lucía terriblemente perdido.  Y yo que había soñado con mi hombre fuerte y aguerrido que me guiaría por el mundo mientras yo le seguía a ojos cerrados. Éste no era el caso.

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He viajado tanto, algunas veces sola y otras con viajeros aguerridos y experimentados a mi lado. Unas veces, tomé el mapa entre mis manos, muerta del miedo buscando el camino correcto. No siempre lo encontré pero fingí hacerlo. Otras seguí un pasito detrás y con admiración los movimientos ágiles y confiados de mis acompañantes que lucían como todo menos como turistas. A mi se me llenaba el pecho de admiración por esos hombres que no parecían necesitar de nadie. Si soy sincera, mucho menos de mí.

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—Yo pensé que estabas perdido, le dije con tono ligeramente irónico cuando finalmente encontramos el hotel, gracias a mis artes de lectura de mapas. Estaba buscando pelea.

—¿Perdido? No, te tengo a tí.  Sólo que eres una clásica mujercita histérica, contestó y me guiñó el ojo con una gran sonrisa.

No pude seguir peleando. Cargó mi maleta, me tomó de la mano mientras caminabamos y pidió en la recepción la habitación. Por primera vez en mi vida de viajes y acompañante de viajeros por el mundo alguien me necesitaba. Por primera vez alguien me registró en el check-in como “su mujer”.

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Salimos borrachos de Lido y con una botella de champán en la mano. Insistió en tomar un taxi que nos llevara a la torre Eiffel a pesar de mis negativas por los pies adoloridos, la cabeza que daba vueltas y la cuarta trasnochada en fila.

¿Y si le decimos al señorcito que sólo pase por enfrente y la vemos? le dije suplicante.

Sin hacerme caso alguno, me llevó hasta los escalones de Trocadero. La torre estaba enfrente aunque a duras penas se distinguía en medio de una noche sin siquiera una estrellita. Hacía frio y los escalones me congelaban el trasero a través de un sutil vestidito de lentejuelas que se me ocurrió ponerme esa noche. El pelo había sido un desastre y tuve que esconderlo en un chonguillo malhecho. El maquillaje me había quedado como Thalía a punto de salir al escenario. Joder. En conclusión, no era mi mejor look y él insistía en grabarnos en video.

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—”Te acuerdas que mi papá me dijo una vez que uno tiene que escoger muy bien a su compañera de viaje… empezó a decir Conejito Novio Como Dios Manda con la cámara tambaleante en la mano.

Yo asentí como una tonta con la cabeza mientras trataba de evadir el flash por aquello de los primeros planos a la 1.30 de la mañana.

…pues yo quiero que tú siempre seas mi compañera de viaje —siguió diciendo mientras hacía algo con la otra mano que yo no entendí.

Reí sin prestarle mucha atención

—¿Te quieres casar conmigo, mi amor?”

Tomo mi dedo anular izquierdo. Posicionó un anillo que destelló por el flash. Abrí la boca como pecesito. Exclamé unos grititos estúpidos como Conejita París Tonta Hilton y se me llenaron los ojos de agüita.

Sigo sin poder articular una respuesta.

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¿Para cuándo es la boda? es la insistente segunda pregunta tras el anuncio de nuestro compromiso. La primera es ¿qué le contestaste?.

No tengo respuesta para ninguna de las dos.

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Me acosté mirando el anillo. El Conejito Novio como Dios Manda dormía a mi lado profundamente. Casi le podía adivinar la sonrisa en la cara. Me había confesado meses de un miedo incontrolable subiéndole por el estómago. Me había confesado semanas preguntándose desde mi número de anillo hasta cuál sería la locación más cursi para la propuesta. Me había confesado noches sin dormir y una serie infinita de pruebas de discursos formales y no tanto frente al espejo de la recamara. Me había confesado que esa mañana, mientras se bañaba había hecho algo inusual en un poco creyente como él: le había pedido a Dios una señal. No sabía cómo ni porqué pero una señal para hacer, decir y proponerme lo correcto en el momento correcto. Me confesó que llevaba cuatro días con un anillo de compromiso escondido en el bolsillo derecho del pantalón…

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Cuando volví del baño, el espectáculo en el Lido había terminado. La gente se arremolinaba para salir y yo trataba de caminar en sentido contrario para alcanzar al Conejo Novio Como Dios Manda en la mesa. De lejos lo veía buscarme entre la gente sin lograr encontrarme. Al fin, pasé dando dos que tres codazos mientras él ya caminaba hacia la salida. En la mano traía una botella de champán. La miré alzando la ceja.

—Me la regaló el mesero, dijo casi como una disculpa.

Más tarde me confesó que ésa era una señal.