SEGUNDA VERSIÓN DEL NENE, NENE ¿QUÉ VAS A SER CUÁNDO SEAS GRANDE? (Playlist: Miguel Mateos)

Tengo una prima coneja que fue mi Prima Coneja inseparable desde los primeros años y que, confieso, siempre, siempre quise ser como ella.

  • A los 5 por atrevida y mentir sin remordimientos y saber desde entonces que podían “no cacharte”.
  • A los 8 por precoz y descubrirme los primeros secretos malísimos en cigarros fumados en un baño, revistas debajo la cama de gente que hacía cosas malísimas y amiguitos malísimos que se dejaban toquetear.
  • A los 11 por ser malísima en la escuela y que le importara un pepino sus cincos que hacían que a mí mis dieces me ocasionaran un vergüenza calladita.
  • A los 13 por espigada, bronceada, piernilarga y desinhibida paseandose en bikini en la alberca de su casa mientras yo luchaba por encontrarme una forma, siquiera una, que no fuera infantilmente redondita.
  • A los 15 por chica-cascos-ligeros y hacer esas cosas para las que a mí me faltaban años, agallas y galanes.
  • A los 16 por conseguirse un novio extranjero más guapo que todos los extranjeros jamás vistos (aunque en ese momento, de cierto, habíamos visto pocos extranjeros)
  • A los 17 por tener el guardarropa más extenso imaginable para una adolescente y que me hiciera jurarme, en ese entonces, que yo tendría el clóset más amplio, variado, chic y repleto de zapatos jamás visto.
  • A los 19 por casarse con ese mismo extranjero más guapo que todos los extranjeros jamás vistos a la redonda (aunque en ese momento la redonda no era tan extensa).

A los veintitantos dejé de querer ser como ella.

La Prima Coneja se volvió una señora que luchaba contra su peso, vivía en el extranjero, hablaba con acento y tenía un hijo rubio como el más rubio de un extranjero que ya no era el más guapo de todos los extranjeros.

La distancia entre nosotras, además de físicamente kilométrica se hizo practicamente infinita.

Hace meses la reencontré. Justo cuando llegué a vivir en el Paraíso Tropical. Volvió a ser maravillosamente cercana y distinta.

Ninguna quería ser la otra. Yo tenía mi guardarropa de envidia y ella su matrimonio de siglos.

El mes pasado mi Prima Coneja se inscribió a la escuela a estudiar eso que siempre quiso  ser y que nunca se dio cuenta por andar consiguiendo novio extrajero a cortísima edad.

Ahora mi Prima Coneja dejó de luchar con su peso, ya no es solamente la mamá y esposa extranjera de dos rubiecitos locales, se cambió el look y empezó a sacar todos los dieces posibles que no le dan ni la más mínima vergüenza y que hacen que yo hoy quiera ser como ella.

Sólo por descubrir en sus treinta pasados —y mis treinta pasados— qué quería ser de grande.

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