NO HAY CAMINO… SE HACE CAMINO AL ANDAR (Playlist: Joan Manuel Serrat)

arthur-de-pinsTengo callos. Sí. Tengo callos en las manos. Eso significa que mi cuerpo no está genéticamente creado para armar camas, manejar desarmadores, instalar televisiones y cargar cajas por nueve pisos. Será el sereno, será la emancipación, serán las féminas liberadas: lo cierto es que yo tengo callos en las manos a sólo dos días de iniciar las arduas labores de instalarme en casa nueva.

Ahora son las 10.56pm y ya terminé. Tengo una cama nueva, hecha y derecha, como toda cama “hágalo-usted-mismo” debe ser, un colchón de esos que mi cuerpecito se queda grabado cuando me acuesto, un edredón de plumas ligerito como aquel de casa —para no extrañar—, una cafetera de la que sale un capuchino espumoso, una tele que no se ve si no compro el cable, una cortina de baño trans-pa-ren-te y seis vasos rojísimos. Mi licencia para conducir tardará unos días más.

Mañana es mi primer día de trabajo. Ya vi de reojo en estos días a mis nuevos compañeritos. Todos sentados en una redacción, tan parecida a todas las redacciones del mundo: chairísimos, hablando sin parar, unos por encima de los otros, rodeados de café, metidos en una computadora y atentos a lo que pasa en este jodido mundo como si de verdad pudieramos cambiar algo por enterarnos primero. Adrenalina pura. Y horas larguísimas.

Me gusta. Tengo callos en las manos y emoción de la vida que escogí.

PD. Me falta quizá, sólo un mail que no termina de llegar. Debí haberlo sabido.

HACE TIEMPO QUE NO SIENTO NADA… (Playlist: Lupita D’Alessio)

Y sí. Ya estoy aquí. Tiempo record: en 4 días ya estoy armadísima de trabajo, casa, coche, colchón, número de seguridad social, cuenta en el banco y una cafetera. Vamos, digo yo. ¿Qué más se puede pedir?

Todo ha sido tan rápido que no me ha dado tiempo de pensar. De lamentarme. De extrañar. Ayer apenas, manejando de noche por esta nueva -que no tanto- ciudad me di cuenta del vacío.

No siento nada, me dije. No hubo llantos en el aeropuerto, ni quebraderos de corazón, ni vacíos en el estómago. Ni siquiera un nudito en la garganta. No, no, ni un Conejito desesperado por esta Coneja que se le va. Joder.

Y yo que quería que se pareciera a cualquier mala comedia romántica.

COSQUILLITAS EN LA PANZA

Ay  bueno sí. Qué importa que ya me voy. Qué importa que me haya resistido tanto tiempo. Qué importan los fantasmas. Qué importa lo que no sabemos que está por venir. Qué importan todas mis telarañas en la cabeza.

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Anoche me dejé empezar una historia. Una historia en mi cabeza. Así como empiezan las nuevas historias cursis. Horas y horas de hablar, sólo de hablar. De contarnos pasado, presente y futuro. Historias importantes y las que no tanto. De saber eso que uno se quiere contar cuando comienza. Noches en las que el tiempo se hace chiquito.

¡Mañana trabajo, bonita! dijo sobresaltado cuando, de pronto, notamos que ya despuntaba la madrugada. Pero antes de irme, dime, ¿por qué decidiste que sí?.

Pensé velozmente en los eventos de los últimos días, igualitos a los de otros meses, a los de otros años, a los de los últimos siglos. Me tallé los ojos y sonreí.

Porque me cuidas, contesté sin dudar.

HE’S JUST NOT THAT INTO YOU

Hágame usted el favor: que a estas alturas la filosofía esencial de las relaciones interpersonales me caiga del cielo en un ¡Cinemex!

Cuando empezó la peli, ahi merito en la oscuridad, no tenía idea de lo que estaba por suceder. Entonces, como si nada, como si yo estuviera preparada para tanta verdad irrefutable, empezaron a caer frases básicas, simples como:

If a guy doesn’t call you, he doesn’t want to call you.

Otras aún más crueles:

If a guy treats you like he doesn’t give a shit, it’s because he doesn’t give a shit.

Y preguntas existenciales del tipo:

So what now I’m just supposed to turn from every guy who doesn’t like me?

Estaba yo ahí, como tonta, riendo de eso que lleva años sin gustarme. Demasiados creo. No. Estoy segura. Demasiados años de la historia de siempre, con el Conejito de Siempre. Hoy con una tremenda escena (final): los dos, metidos en la misma cama, con la ilusión de ese fabuloso empiernamiento de toda la vida y diciéndonos, así como si nada, verdades terribles. Esas que duelen en lo profundo. Cuentos cortos de su nueva “ella” y mi nuevo “él”.

Ah! pero qué cool somos, podría haber sido la frase que cerrara esa noche antes de caer dormidos con tanta rabia y celos aquí adentrito.

Empiezo a creer que las pelís a veces tienen razón. Sobre todo en sus frases finales:

Girls are taught a lot of stuff growing up: if a boy punches you he likes you, never try to trim your own bangs, and someday you will meet a wonderful guy and get your very own happy ending… every movie we see, every story we’re told implores us to wait for it: the third act twist, the unexpected declaration of love, the exception to the rule…

but sometimes we’re so focused on finding our happy ending we don’t learn how to read the signs: how to tell the ones who want us from the ones who don’t, the ones who will stay and the ones who will leave… and maybe a happy ending doesn’t include a guy, maybe it’s you, on your own, picking up the pieces and starting over, freeing yourself up for something better in the future…

maybe the happy ending is just moving on.

Vaaaaaaaámonos.

DURMIENDO EN CASA AJENA

Soy oficialmente homeless. Mi departamento ya se rentó, mi coche ya está en manos de alguien más. Tengo ropa y maletas por todos lados, un boleto de avión con fecha y traigo el cepillo de dientes en la bolsa. En estos días he dormido en más casas que cuando era una adolescente y hacía pijamadas.

Esta mañaña, estoy abriendo los ojos en otra, nueva habitación. Y tengo una extraña sensación en el estómago: estoy corriendo irremediablemente hacia un lugar del que no voy a regresar. Literal.