CONEJITA EN ESCUELA DE DIOSAS

Un curso de superación personal para mujeres tendría seguramente entre las presentes a varias señoras pasados los sesenta, recuperando su femineidad envueltas en faldas hindúes. Me equivoqué: éramos diez y sólo dos pasaban de los 40.

– – –

Cuando leí que había una Escuela de Diosas (escueladediosas.com), me pregunté por qué demonios no estaba yo ahí tomando clases de cómo mover el vientre. Ni tarda ni perezosa me inscribí: el curso “Los Secretos de Sherezada” duraba todo un sábado y tenía que llevar cambios de ropa, velos, mascadas, joyas y maquillaje. Dijeron que desarrollaría una personalidad seductora, atractiva e irresistible. Yo no les creí.

Llegué y la concurrencia me sorprendió: en el curso para ejecutivas que necesitaban recuperar su femineidad la mayoría rondaba los veintes. Todas esperábamos ansiosas en el lobby.

—Quítense los zapatos y pasen. Siéntense en los cojines… dijo Maricruz Pineda, la “miss” que se presentó como periodista, antropóloga, profesora del Tec y odalisca.

Esto va en serio pensé. El espacio detrás de unos cortinajes era un viejo salón de baile: barras, paredes blancas y espejos de piso a techo. En el suelo había cojines bordados y varios velos colgaban del techo. Todo apenas iluminado por algunas velitas. En el aire se sentía un intenso olor a incienso.

Descalzas, tomamos asiento en circulo alrededor de Maricruz quién inició la presentación:

—»En la lejana Persia hubo un Sultán que temeroso por un vaticinio que decía que sería traicionado por su propia esposa decretó que cada día se casaría con una mujer diferente, luego de pasar la noche con ella, la decapitaría… pero una joven llamada Sherezada logró eludir tan terrible destino —leyó con tono solemne— ¿saben ustedes cómo lo hizo?»

Me había equivocado otra vez. Esto no sería un vulgar cursito de strip, se trataba de un Círculo de Mujeres, de esos que existen en todas las culturas: los baños turcos, los rituales judíos, las cocinas indígenas. Lo que estaba a punto de oír eran, literal, los secretos ancestrales del género para encantar a un hombre. Y no había que quitarse la ropa.

Empezamos con las presentaciones. Sentaditas en nuestro lugar simplemente había que decir cómo nos sentíamos ese día. Una a una se fueron contando: primero una chiquilla de ojos claros habló de su padre, la ejecutiva contó su miedo ante una próxima presentación frente a 150 hombres, la treintañera reveló su angustia de no encontrar a su hombre perfecto. Tocó mi turno. Ni lo pensé.

—Tengo una tristeza infinita —dije con la voz entrecortada y como si estuviera hablando con mi mejor amiga—. Después de tantos años, ésta mañana cuando colgué el teléfono, supe que se había terminado.

No hizo falta decir más. Hubo un silencio profundo y la mujer a mi lado tomó mi mano. Tenía el ojito Remi igualito que yo. Esto estaba súper freakie: ellas habían entendido perfecto mi estado de ánimo… ¡y lo compartían! El asunto de género se sentía en el aire.

Minutos después empezaron las lecciones: la primera era el arte de contar historias, como Sherezada obvio. Ensayamos la emotividad al hablar, nos explicó el encanto de la palabras “calientes”, esas que tienen un significado emocional en el escucha y finalmente, practicamos las técnicas para hablar con el estómago, el pecho y la garganta… y los distintos resultados que se obtenían de cada una.

Estaba sorprendida. En una sola sesión una señorcita me estaba revelando secretos invaluables que me hubiera llevado una vida descubrir: el significado de desviar la mirada hacia la izquierda, el encanto distractor de los aretes, hipnotizar tocándome el cabello, el misterio que podía despertar mi mirada con kohl, hechizar caminando sobre tacones, cómo podía cambiar mi vida si iluminaba mi baño —en lugar de luces ahorradoras de energía— con luz tenue de velas y prodigaba aceites aromáticos. Joder, ¡lo hubiera sabido antes!

Finalmente llegó el momento de poner en práctica todas las revelaciones: tomamos de un enorme baúl mascadas, collares y cinturillas repletas de moneditas colgantes y nos inventamos un vestuario seductor. Las risas no paraban. Corríamos descalzas de una esquina a la otra envueltas en velos. Le siguió el maquillaje. Nada de ser discretas, ni de la cosa de la belleza natural.

—Aquí, decía la miss, nada es natural. Hay que exaltar su sensualidad, magia, misterio…

Emocionadas como niñas encerradas en el closet de la abuela, empezamos a prodigarnos color en los pómulos, kohl negrísimo en los ojos, larguísimas pestañas postizas, brillo en los labios.

Sentada en el suelo y de frente al espejo me fui transformando en una auténtica diosa. Estaba espectacular. Una a una fuimos pasando al centro y empezaron las danzas.

—Muevan las caderas… para eso las tienen. Contonéense, sugería Maricruz. Así deben caminar las mujeres de a de veras. Sedúzcanlos, enamórenlos, encántenlos.

Estaba en éxtasis. Tras una calurosa despedida y con una sonrisa de oreja a oreja, salí maquilladísima, contoneando el trasero y subida en mis tacones más altos. Tomé el auto y me dirigí a una cena en Polanco. Cuídense, pensé, que ésta noche no habrá hombre que se resista.

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