LA CONEJITA SE PONE HIPERSENSIBLE

Ir a Sensorama era el reto más fácil al que me había enfrentado: nadie en este mundo tiene mejor controlados sus sentimientos que esta conejita. O casi.

—¡¿No tiene estacionamiento?! Pensé casi histérica mientras daba vueltas en el auto por la colonia Roma. Giré sobre Medellín y dejé el auto en Plaza Insurgentes. Ya molesta caminé entaconadísima sobre San Luis Potosí buscando el número 196. El calor arreciaba y yo estaba a punto de torcerme un tobillo. Por fin llegué. Según las indicaciones, Sensorama estaba en el quinto piso. El elevador había visto tiempos mejores.
—Sólo me falta quedarme encerrada en este aparatejo y mi día será un desastre completito, me dije. Y yo aquí jugando a ponerme sentimental. Ash.

Al abrirse el ascensor me topé con un amplio salón alfombrado, con listones y pelotas en uno que otro lado, todo muy colorido. Parecía que se hacían tablas gimnásticas.
Deja aquí tus zapatos, me advirtieron mientras señalaban una cajita de madera con cerrojo.
Joder. ¿Será que mis Cesare Piaccioti iban a estar seguros en ese locker?

Pasamos a una habitación con cojines en el suelo y sobre una mesa baja estaban una especie de gogles. Me senté descalcita frente a Héctor, uno de los creadores. Chairísimo, alto, de pelo largo, mirada profunda y hablar pausado. Sonreía con una mueca de lado mientras me explicaba el proceso. Por las ventanas entraba la luz del día pero el ruido de la calle se había quedado afuera. En las paredes blancas se leía frases como “en este instante… tu sangre está corriendo, alguien se está enamorado, el instante está sucediendo”. Respiré profundo y me dispuse a vivir una nueva experiencia.

Después de un video que me explicaba que estaba a punto de entrar a una experiencia miltiperceptual que intentaría hacerme comprender la relación infinita de instantes que conforman mi historia personal —lo que quiera que esto signifique— escuché la última de las indicaciones:
Ponte los gogles, puedes tocar todo y tómate tu tiempo.

Me puse esos enormes lentes sobre los ojos que distorsionaban mi visión. Era justo como dicen en las pelis que es estar en ácidos. Sicodélico. Me reí. Seguro se me veía más grande la boca y la nariz de cochinito. Y el pelo aplastado, demonios. Y no tenía la más mínima idea de quién estaba del otro lado mirándome. Alguien tomó mi mano y sin hablar empezó a guiarme. Con pasitos lentos entre en lo que supuse que fue la primera habitación toqueteando todo lo que tenía enfrente. Televisiones, maniquíes, plumas, bolas de electricidad y otras cosas indefinibles. Bajé a gatas por una rampa alfombrada. Sentí miedo. Dependía sólo de mi intuición. Este no era un buen momento para rodar por los suelos como caballo de jaripeo. No sé si esto estaba funcionando.

Una vuelta después se abrió una puerta corrediza. Sentí en la cara el aire fresco.. olía a fresco. En los pies sentí frío. Estaba pisando el pasto. Me dieron algo de comer, una fruta ¿verde? que no supe distinguir. Se oía caer de agua. Me moví hacia el sonido y me incliné para meter las manos bajo el chorro. En ese momento una plantita me rozó la cara. Y ¡plum! Sucedió. En mi mente los recuerdos se hicieron pelotas en un viaje supersónico hacia el pasado. Me vi-sentí, de niña, con el pasto en la cara y el olor a tierra en la nariz. Joder. ¿Hace cuanto que no tenia esa sensación? ¿cómo sucedió?

Ya con las ideas confundidas entré en una habitación con aire, mucho aire y telas que colgaban del techo rozándome la cara. Arriba, muy lejos, había una luz. Estiré las manos como si quisiera alcanzarla. El guía se puso delante de mi y extendió sus manos hacia las mías. Me dejé llevar. Lo toque delicadamente. Sentí sus dedos. Demonios. Un choque eléctrico me recorrió los brazos directito hasta la panza. El corazón se me agitó. Era exactamente igual a ese segundo en el que tocas casi sin querer a la persona que te gusta. Como el enamoramiento más animal. ¡Habían logrado aislar esa sensación en laboratorio! Me sentía “enamorada” de alguien que no veía. Estaba hecha una idiota. Tenía los sentimientos encontradísimos, revueltísimos, la piel erizada y nomás estaba en un departamento de la Roma.

Con la cabeza revuelta y sin idea de cuánto tiempo llevaba ahí, me dejé llevar a una última habitación. Me recostaron sobre un cojín en posición fetal y me pusieron otros cojines calientes en los pies y en la nuca. Me cubrieron con una manta mientras alguien me frotaba cariñosamente. El cojín comenzó a latir. Literal. El pum pum se me metía por los oídos, el ambiente era calientito, el silencio era absoluto y yo, hecha una bolita, comencé ¡a llorar!. Las lagrimas me corrieron suavecito por las mejillas. No tenía ninguna prisa. De esto se trataba todo: había conectado con el instante de mi mayor vulnerabilidad.

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5 comentarios en “LA CONEJITA SE PONE HIPERSENSIBLE

  1. Ahora que va a pasar con la conejita ?
    En cuanto tiempo se le va a olvidar la sensibilidad ?
    O de ahora en adelante vas a intentar dejar de luchar con prejuicios y ser sencible ?
    Una coneja siempre será una coneja ?

  2. Lo único que me parece triste es que tenemos que recurrir a un depa en la Roma para sentir.

    Cuándo, cómo y por qué se olvida algo tan básico?

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