SEXO EN LA CIUDAD (Playlist: Conejita de Indias)

Ya lo había dicho, anduve por ahí en busca de sexo… y sí, ¡lo encontré!

Todo el chisme está en la revista de este mes: y no, no es sólo una columnita… son 14 (ca-tor-ce) páginas con harta de la experiencia sexosa de esta Conejita.

Sí, ya sé: suena a comercial pero qué me importa (de eso vive una). No se hagan, mueren de la curiosidad. Ja.

PD. Sí, bueno, ahorrénse el comentario: no soy yo la de la portada (aunque podría).

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SORPRESAS TE DA LA VIDA (Playlist: Pedro Navajas)

Yo iba muy tranquila a desayunar con la Conejita Zen, cuando —de sopetón y sin previo aviso— soltó la sorpresa: “estoy embarazada”. Joder.

Le siguió una larga plática de miedos, angustias, proyectos y emociones encontradas. Y yo, confieso, salí sin palabras. Me subí al auto y manejé despacito. “¿Y tú quieres tener un hijo?”, me había preguntado la Conejita Zen con inocencia. Yo le di no sé cuántas vueltas a la respuesta. Esa es una de esas preguntas que a una no le pueden hacer a quemarropa.

Porque… no lo sé, porque nunca me he visualizado embarazada, porque estoy muy ocupada resolviendo mi tropezada vida, porque un hijo es producto del amor de dos (y yo nomás soy una), porque quiero un hombre que —en el supuesto caso— me acaricie la barriga antes de dormir, porque sólo una vez lo imaginé y el sueño se nos cayó en cachitos estrellándose contra el piso, porque creo en aquel dicho de la abuela “a quien Dios no le dio hijos, el diablo le dio sobrinos” (y a mí ya me dieron dos), porque…, porque…., porque si ya me pongo a pensarlo… no estaría mal una chiquilla rebele y respondona, a imagen y semejanza, con orejitas y colita de peluche….

“No” dije al final. “No quiero”.

LA CONEJITA SE PONE HIPERSENSIBLE

Ir a Sensorama era el reto más fácil al que me había enfrentado: nadie en este mundo tiene mejor controlados sus sentimientos que esta conejita. O casi.

—¡¿No tiene estacionamiento?! Pensé casi histérica mientras daba vueltas en el auto por la colonia Roma. Giré sobre Medellín y dejé el auto en Plaza Insurgentes. Ya molesta caminé entaconadísima sobre San Luis Potosí buscando el número 196. El calor arreciaba y yo estaba a punto de torcerme un tobillo. Por fin llegué. Según las indicaciones, Sensorama estaba en el quinto piso. El elevador había visto tiempos mejores.
—Sólo me falta quedarme encerrada en este aparatejo y mi día será un desastre completito, me dije. Y yo aquí jugando a ponerme sentimental. Ash.

Al abrirse el ascensor me topé con un amplio salón alfombrado, con listones y pelotas en uno que otro lado, todo muy colorido. Parecía que se hacían tablas gimnásticas.
Deja aquí tus zapatos, me advirtieron mientras señalaban una cajita de madera con cerrojo.
Joder. ¿Será que mis Cesare Piaccioti iban a estar seguros en ese locker?

Pasamos a una habitación con cojines en el suelo y sobre una mesa baja estaban una especie de gogles. Me senté descalcita frente a Héctor, uno de los creadores. Chairísimo, alto, de pelo largo, mirada profunda y hablar pausado. Sonreía con una mueca de lado mientras me explicaba el proceso. Por las ventanas entraba la luz del día pero el ruido de la calle se había quedado afuera. En las paredes blancas se leía frases como “en este instante… tu sangre está corriendo, alguien se está enamorado, el instante está sucediendo”. Respiré profundo y me dispuse a vivir una nueva experiencia.

Después de un video que me explicaba que estaba a punto de entrar a una experiencia miltiperceptual que intentaría hacerme comprender la relación infinita de instantes que conforman mi historia personal —lo que quiera que esto signifique— escuché la última de las indicaciones:
Ponte los gogles, puedes tocar todo y tómate tu tiempo.

Me puse esos enormes lentes sobre los ojos que distorsionaban mi visión. Era justo como dicen en las pelis que es estar en ácidos. Sicodélico. Me reí. Seguro se me veía más grande la boca y la nariz de cochinito. Y el pelo aplastado, demonios. Y no tenía la más mínima idea de quién estaba del otro lado mirándome. Alguien tomó mi mano y sin hablar empezó a guiarme. Con pasitos lentos entre en lo que supuse que fue la primera habitación toqueteando todo lo que tenía enfrente. Televisiones, maniquíes, plumas, bolas de electricidad y otras cosas indefinibles. Bajé a gatas por una rampa alfombrada. Sentí miedo. Dependía sólo de mi intuición. Este no era un buen momento para rodar por los suelos como caballo de jaripeo. No sé si esto estaba funcionando.

Una vuelta después se abrió una puerta corrediza. Sentí en la cara el aire fresco.. olía a fresco. En los pies sentí frío. Estaba pisando el pasto. Me dieron algo de comer, una fruta ¿verde? que no supe distinguir. Se oía caer de agua. Me moví hacia el sonido y me incliné para meter las manos bajo el chorro. En ese momento una plantita me rozó la cara. Y ¡plum! Sucedió. En mi mente los recuerdos se hicieron pelotas en un viaje supersónico hacia el pasado. Me vi-sentí, de niña, con el pasto en la cara y el olor a tierra en la nariz. Joder. ¿Hace cuanto que no tenia esa sensación? ¿cómo sucedió?

Ya con las ideas confundidas entré en una habitación con aire, mucho aire y telas que colgaban del techo rozándome la cara. Arriba, muy lejos, había una luz. Estiré las manos como si quisiera alcanzarla. El guía se puso delante de mi y extendió sus manos hacia las mías. Me dejé llevar. Lo toque delicadamente. Sentí sus dedos. Demonios. Un choque eléctrico me recorrió los brazos directito hasta la panza. El corazón se me agitó. Era exactamente igual a ese segundo en el que tocas casi sin querer a la persona que te gusta. Como el enamoramiento más animal. ¡Habían logrado aislar esa sensación en laboratorio! Me sentía “enamorada” de alguien que no veía. Estaba hecha una idiota. Tenía los sentimientos encontradísimos, revueltísimos, la piel erizada y nomás estaba en un departamento de la Roma.

Con la cabeza revuelta y sin idea de cuánto tiempo llevaba ahí, me dejé llevar a una última habitación. Me recostaron sobre un cojín en posición fetal y me pusieron otros cojines calientes en los pies y en la nuca. Me cubrieron con una manta mientras alguien me frotaba cariñosamente. El cojín comenzó a latir. Literal. El pum pum se me metía por los oídos, el ambiente era calientito, el silencio era absoluto y yo, hecha una bolita, comencé ¡a llorar!. Las lagrimas me corrieron suavecito por las mejillas. No tenía ninguna prisa. De esto se trataba todo: había conectado con el instante de mi mayor vulnerabilidad.

Y LLEGASTE TÚ (Playlist: Sin Bandera)

El viernes el pasado tocó a mi puerta. La primera vez, se trataba de La Conejita Mejor Amiga del Mundo Mundial. Se apareció como si no hubiera estado ausente todo este tiempo. Llegó tal cual era, con la sonrisa, los cigarros en la mano y el cúmulo de historias por contar. Revisó hasta el último rincón de la casa que no conocía, prometió una plantita para la siguiente visita, se sirvió un café y sin reproche alguno, empezamos con la conversación pendiente. Tras mucho bla, bla, bla no sé si se lo dije. Qué gusto me da que esté, que me entienda sin juzgar y tenerla de vuelta.

Estabamos en medio de la plática cuando sonó el teléfono. En punto de la hora de la comida. En el pasillo apareció Conejito Extranjero. Entró y recorrió la casa como si fuera la suya. Después me comió a besos. El empiernamiento resultó accidentado y en medio de grandes carcajadas. Qué bien se sentía meterme entre sus brazos en silencio, sin preguntar nada. Dos horas después lo miré directito a los ojos (esos verdes que un dia me volvieron loca), y le sonreí. Seguía gustándome endemoniadamente pero no movía ni medio milímetro mi corazón. Tal y como lo esperaba. Estabamos a mano.

CUANDO EL MUNDO DA VUELTAS (Playlist: Diego Torres)

Conste que yo no lo pedí… o bueno sí. Hace no más de una semana le decía a la Bombón Bunny:

Quiero un sexmate.

Así puntual. Uno de esos amigos que se meten a tu cama y que no preguntan, no piden, no enamoran. Quiero, le dije, que alguien me de besos, despertar empiernadísima y no pensar en nada más. Porque, duele decirlo, estoy con el espíritu libre. Y el corazón sin ganas de llorar.

Hoy, estaba yo muy tranquila, cerrando el número de este mes, cuando sonó el teléfono. En la pantallita apareció un número desconocido. Al otro lado, escuché esa voz. Reconocí ese acento extranjero que un día me volvió loca. Se me hizo chiquito el estómago. Era Mr. Peruvian Bunny. Lo recordé: tan guapo, tan cínico, con esos ojos verdes que traspasan y esa mueca al reír: El extranjero.

Pasé por tu oficina y me acordé de tí.

Ja. Reí. Me gusta y lo sabe perfectamente. Le gusto y lo sé. No tardamos en fijar una cita:

—¿Qué te parece si te invito a comer el próximo viernes? dijo. De paso, conozco tu casa nueva.

Cerramos el trato. Colgué el teléfono y me quedé 3 segundos en silencio. Tras el estrepitoso cierre con Conejillo de Miura, no había abierto la puerta. Es buen momento de volver a empezar.

NOCHE DE COPAS (Playlist: Maria Conchita Alonso)

Como diría mi buena Gurú Doña Maria Conchuda Alonso: me urge una noche de copas, una noche loca. Quiero beber y beber hasta emborracharme, reír y reír hasta que me duela la barriga, bailar y bailar hasta que no pueda más y terminar teniendo sexo loco y desenfrenado… y despertar al día siguiente sin siquiera saber cómo me llamo. ¿Alguien se apunta?

Uf. No hagan caso. Eso es lo que pasa cuando una tiene mucho trabajo y empieza a sufrir de alucinaciones.