CONEJITA EN PUJA

Una subasta donde se darían cita Tamayo, Rivera, Kahlo y Coronel parecía el lugar perfecto… para encontrar marido.

¿Qué se pone una Conejita para asistir a una subasta de arte donde va a conseguir marido? No podía parecer escapada de una boda, pero sí classy porque el asunto era en las Lomas, y no tan seria porque se trataba de arte con-tem-po-rá-neo.
En mis mejores tacones llegué a la cita en Monte Athos, en las Lomas. Un señorcito muy propio me recibió en la entrada con un «El catálogo tiene un costo de 200 pesos». ¡Ouch!
—¿Va a querer un paleta? —me dijo otra de las señoritas de traje sastre negro.
—¿Cuesta? —dije ahora muy precavida.

Me explicó todo aquello de dejar un voucher abierto o un cheque a cambio de la dichosa paletita con un número. Aquí nada de alzar la mano en balde: eso siempre es pujar.
En la concurrencia había de todo: estudiantes de arte moderno que no paraban de anotar en sus cuadernos, parejas guapísimas donde era obvio que ella estudió Historia del Arte en la Ibero y él, Administración. La señora que llevaba a su “asistente-asesor” que estudió arte en La Esmeralda. Grupos de señoras rubias con peinado de salón que prefieren ir a subastar a Luis G. Morton que jugar canasta. Señores muy trajeados, otros alternativos, de pelo largo. La típica señora que —desde el divorcio— compra en Costco, pero sigue asistiendo a los eventos de alta sociedad. Y por supuesto, las socialités con bolsa y zapatos Bottega Veneta.

Los cuadros iban y venían.
—Tengo 50 mil. ¿quién me da 55…? ¿Usted señor… usted lo quiere… me da 55? —decía el martillero.
Y como en las películas, el martillo caía con un grito de «¡Vendido!». Había palmaditas en la espalda, sonrisas, gestos de triunfo.

De pronto se abrió la subasta de una escultura de Felipe Castañeda —nada como para llamar a casa. A mi derecha, una mujercita —tampoco como para llamar a casa— se acercó lentamente al oído de su marido y susurró:
—Me la compras, me la compras… —mientras le jaloneaba la manga del saco.
Sin replicar siquiera, el señorcito entrado en kilos empezó a levantar la puja:
—350 mil a la uuuna… a las doooos… —el martillero sentenció: ¡vendido!

Me quedé sin habla. Y ardidísima. Alguien aquí me tiene que explicar ¡qué le hizo!
Unos minutos después lo destaparon. Era por eso que estábamos aquí. Lo vi y casi me da un infarto. Demonios, enfrente de mí, ahí, cerquita, a unos metros, estaba La Mujer en Cuarto Azul de Rufino Tamayo, propiedad de una dama. Óleo sobre tela firmado y fechado.
—Pido tres millones.

Nadie levantó la paletita. El martillero continuó con la subasta y dejó ir igualmente a uno de los más esperados, un Pedro Coronel por el que nadie quiso desembolsar millón 800 mil.

Pasado el susto, se abrió la subasta por el Retrato de Mariana Yampolsky de Pablo O’Higgins. Precio de salida, 150 mil pesos.
De pronto, un señor interrumpió:
—Ese cuadro no puede venderse porque mi exesposa no puede acreditar la propiedad.
Silencio absoluto. Murmullos en el salón.

Mientras los anfitriones le pedían amablemente que fuera a resolver sus problemas maritales —y económicos—, se levantó y tomó de la mano a una jovencita. Se escuchó otro murmullo. La “nueva” acompañante salió con una sonrisa triunfal.
El evento estaba poniéndose buenísimo, aunque no para mi objetivo amoroso. Todos aquí estaban acompañados o interesados en ¡comprar arte! Y yo mientras me moría de hambre. Así que en el total desencanto me acerqué a la barra y puse en una servilleta muchísimos bocadillos, tomé una copita de vino y me dispuse a comer recargadita en la pared. De pronto se escuchó:
—¡Ahiiiií! —era el grito de uno de los hombres que señalaban los cuadros, mientras movía una enorme paleta por encima de mí.
Todos voltearon hacia donde yo estaba. Me paralicé con medio sándwich en la boca, otros tres en la mano y los ojos muy abiertos. ¿Por qué todos me estaban mirando?
—Tengo 25 mil… ¿quién me da 30 mil?

¡Estaban subastando el cuadro justo detrás de mí! Si en algún momento pensé que quería que alguien me notara, esta fue la peor manera. Por fortuna el cuadro se vendió de inmediato.

Casi cuatro horas después, justo para terminar la subasta, propusieron volver a pujar por un cuadro que no había sido vendido: Personajes de Pedro Coronel. Precio de salida, un millón 800. La mujercita malencarada volvió a tirar la manga del regordete de su marido. Yo no podía creerlo. Él asintió con la cabeza y levantó la paletita.
—Vendido.
Joder.

BRIDGET JO HA REENFOCADO SU ESTRATEGIA EN LA BÚSQUEDA DEL MARIDO RICO QUE LA MANTENGA. ATENIÉNDOSE A LAS LEYES DE LA OFERTA Y LA DEMANDA, SE PONE EN SUBASTA ¡A PUJAR!

7 comentarios en “CONEJITA EN PUJA

  1. Tal vez el camino es estudiar historia del arte en la ibero y ahí agarrar al marido, para después jalarle la manga y comprar un tamayo. ¿En verdad existen estos lugares en la cd. de méxico? me impresiona mucho saber de estas realidades… de estos temas deberían de hacer las películas mexicanas y dejar a un lado el pobrismo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s