CÓMO HEMOS CAMBIADO… (Playlist: Presuntos implicados)

¿Para qué sirven los exnovios? me hubiera dicho La Mejor Amiga, tras colgar el teléfono.

En la línea, sorpresivamente, había aparecido uno de ellos: El Conejito Jeepero. Aquel de la vieja historia “De transbordadores espaciales… y licuadoras”
(contada precisamente el 5 de enero de 2006).

Unos minutos después estaba tocando la puerta. Al abrirla lo encontré: tan igual, tan guapo, tan desgarbado, tan ligerito por la vida. Tan sexy, demonios.

Bastaron unos minutos para que notara la diferencia.

—«Estas distinta» comentó.

—«Es que me parecé un déjà-vu» dije mientras el color se me subia a las mejillas.

Me estaba poniendo nerviosa. Despedía ese olor particular que sólo tienen algunos hombres. Ese que de pronto te pone en un lugar pasado, en un momento pasado, en un instante preciso del pasado. Traté de ignorar la situación. Mantener el control. Servir más vino. Prender y apagar la tele. Ver el WTC tiritando de frío en el balcón. Después de muchos recuentos y recuerdos, sucedió. Se acercó lentamente y respiré su olor. En ese preciso momento recordé por qué se había convertido en uno de los mejores empiernamientos de mi vida del mundo mundial.

Con un beso bastó. Las piernas me temblaron. El Conejito Jeepero es de esos que no había pasado su tiempo ligoneando chiquillas a diestra y siniestra. Se había simplemente aplicado. Perfeccionado la técnica. Descubierto grandes pequeños secretos.

Sólo un beso —infinito, indecente, indescifrable— y apliqué la graciosa huida. Despedí en la puerta a una gran gran posibilidad en la cama.

—«No es momento» pensé tranquila, mientras me deslizaba entre las sábanas. El Conejito Jeepero se había formado en la lista de los que siempre, siempre regresan.