EL CUERPO DEL DELITO


La promesa de reducirme más de 50 centímetros en todo el cuerpo era motivo suficiente para exponerme a cualquier invento. Costara lo que costara.

—¿Prontobella? —me dijeron al otro lado de la línea.

Les dije lo que han de oír de muchas mujeres. A todo me dijeron que sí. Las mujeres a veces creemos todo.
Un hilito de envidia me recorrió en cuanto me recibió Gabriela, la argentina dueña del lugar. Rubia, alaciado perfecto, jeans entallados, tacones de vértigo y buen cutis. La edad era lo de menos. La garantía de sus servicios estaba en la talla de sus jeans que seguro eran de la mitad que los míos. (No hay nada peor que ir con una nutrióloga gorda.)

Después de explicarme el tratamiento detallito tras detallito, tocamos de manera muy superficial aquellito del precio. Finalmente esas eran minucias.

—¿Tienes dos horas para aplicar la primera sesión?

La posibilidad de tener 10 centímetros menos para mi date de esa misma noche era una oferta que no podía rechazar.
Pasé a un vestidor de madera wenge. El aroma en el aire era fresco. Me puse una suave bata de baño de nido de abeja y unas pantuflas. Por fortuna —o quizá terriblemente bien planeado— no había espejos alrededor. Varias señoritas todas ellas muy delgadas en su batita azul, revoloteaban a mi alrededor ofreciéndome un te y preocupadas por mi bienestar.

Pasé a la primera cabina donde de inmediato me pidieron desnudarme y ponerme sobre una camita de masaje. Eso no es sexy: el hecho de compartir el genero no implica que quiera que vean mi piel de pollo, las venitas azules y las marquitas de celulitis bajo la luz blanca. Cerré los ojos. La música new age y el masaje shatsu me relajó. Casí caí dormida. No sabía cuanto iba a costar esto pero volarle dos horas al dia empezaba a tomar sentido.

Estaba yo en actitud casi de meditación cuando apareció la niña de la batita con tremendo cepillo de cerdas naturales. Tomó una de mis piernas y empezó a pasarme el cepillo con firmeza de arriba a abajo. No sabía si reír o llorar. Me sentí un auténtico pura sangre.
Con la piel cosquillosa por el cepillado, llegó el momento de la medición. Fue anotando la circunferencia —muy distinta a lo que yo pensaba— de mis brazos, piernas, tobillos, caderas. A cada número que veía en el papelito renegaba muchísimo de los chilaquiles del desayuno.

Unos minutos después apareció con una cubeta humeante e inició el vendaje cual auténtica momia egipcia. Me rodeó desde el tobillo, presionando para moldearme el cuerpo. Con sus brazos delgaditos hacía tremendo esfuerzo. Se puso roja, gotitas de sudor le perlaban la frente mientras intentaba meter mis carnes entre venda y venda. Le siguió el traje térmico o lo que es lo mismo uno de esos pants enormes de plástico que usan las señoras gordas para correr. Meterse ahí fue una aventura sin poder doblar los codos y las rodillas. Caminando cual robot pasamos a la siguiente sala. En medio de la habitación estaba ella: la maquina del deseo. Una especie de cápsula espacial que se abrió misteriosamente al presionar un botón.

Ahí dentro estaba la realización de todos mis sueños. Entré como Dios me dio a entender. Se cerró la cubierta dejando solo mi cabeza y cuello fuera. Una pantallita frente a mis ojos pasaba imágenes relajantes: bosques, oleajes, delfines, ese tipo de cosas.
—Con 30 minutos es suficiente —dijo—. Relájate.

Bajó la luz y el interior del aparato comenzó a vibrar —para estimular los riñones y la depuración de toxinas, dijeron— y a emanar vapor. Estaba, literal, en una olla de tamales y envuelta como uno oaxaqueño. Mientras sentía el sudor escurrirme por ¡todos! los rincones, supuse que modelos, actrices y socialités se sometían a estas experiencias con tal de obtener un cuerpo de campeonato. Y no estaban tan quejumbrositas y con sentimientos de culpa como yo. Pasados 15 minutos aquello empezaba a complicarse. Contaba los minutos en la pantallita… 13… 11… 9… El calor era tremendo y yo sentía que me derretía. 7… 5… 3…
«No, no —pensé—, estar aquí metida envuelta en plásticos, vendas y menjurjes no me hace menos inteligente.»
Al salir, el frío me erizó la piel. Como en un ritual sagrado, me retiraron las vendas. La expectativa crecía. Esperaba verme con un cuerpo nuevo. Tomó la cinta métrica. Tuve miedo.

98… 69… a cada cuadrito rellenaba con un numero nuevo. Consistentemente menor que el anterior. Uno aquí.. dos allá… casi cuatro aquí…. En total 16.. ¡16 centímetros menos en todo el cuerpo! El milagro había sucedido. Salí caminando como una princesa. Era yo una amazona, una cazadora y mi date podía darse por vencido. Mis centímetros menos me convertían en la reina. Firmé por esos centímetros menos, con tarjetaza a doce meses sin intereses. No quise saber si los recuperaría al tomar el primer vaso con agua.

Bridget Jo nos jura que esto no fue un infomercial, aunque ha tomado una actitud de presentadora del nuevo método milagroso para bajar de peso que a veces en la redacción buscamos el control remoto a ver si cambia de canal.

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