TE PARECES TANTO A MÍ (Playlist: Lupita D’Alessio)

Pues sí, resulta que tengo un nuevo Compañero de Juegos, que nuevo, nuevo no es. Con el paso de los días, resulta ser que nos habíamos topado varias veces en el camino. Por error, por casualidad, por necios.

Hace unas cuántas semanas, lo ví —así ya en serio— por primera vez. Creo que fue a ritmo de bailes tropicales (y una con eso del piecesito bailarín). Esa noche, iba yo bailando de lo más distraída, cuando noté la fuerza de sus brazos al rodear mi cintura. Seguro se me notó el desconcierto: abrí los ojos, agudicé los sentidos y puse mucha atención. El susodicho en cuestión tenía brazos fuertes. Con eso me fui a dormir. Al despertar ya se me había olvidado todo.

Con esto de los encuentros cercanos, resultó que nos hemos ido topando —ya más por causalidad que casualidad— en otros terrenos. Pasamos de holaquétalbuenastardes a prestarnos nuestras muñecas. Y como buenos Compañeros de Juegos hemos ido dándole vueltas al tablero más de una vez, en poquititos días: que si yo quería jugar primero, que si eran sólo sus canicas, que si estás haciendo trampa, que si tú las traes.

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Lo cierto es que aunque me siguen sorprendiendo sus brazos —que sobra decirlo siguen siendo fuertes—, he pasado el periodo de observación por distintas escenas de cuerpo. La risa fuerte… el tatuaje perdido en la espalda… el caminar pausado… los ojos transparentes… las frases donde se le escapa el pasado así como si nada… el cierre tajante de sus conversaciones… la ligera luna blanca que marcan sus uñas… la mueca hacia la izquierda al sonreír. Este Compañero de Juegos despierta mi curiosidad más infantil: la de conocer algo a partir de pedacitos separados.

Hoy entendí por qué. Por que voy diseccionando a mí misma. Será que estoy más reflexiva o sensible o intuitiva o vulnerable. El caso es que preguntándole insistentemente sobre cualquier cosa, termino por contestarme. Por encontrar respuestas. Por soltar mis demonios. Como el del nuevo juego que descubrimos: el de jugar a ser igualitos —y por lo tanto irreconciliables—. Uno peligrosísimo, adictivo, molesto, retador. Mientras escupíamos palabras al telefono, intercambiabamos mensajes de manera acalorada o neceabamos por doceava ocasión, lo supe. Yo era él hace unos años, él es yo tres años después.

Y en el aire, sigue sonando Sabina.

EN EL ASCENSOR.. QUÉ COSAS SUCEDEN (Playlist: Yuri)

Se abrió la puerta. Lo primero que vi fueron sus ojos, esos que conozco tan bien. Mientras que la puerta corría, supuse que algo malo estaba pasando . Él no sonreía ni tantito. A su lado estaba ella, seguramente sin la más remota idea de quién era yo. Así debe haber sido, pues me sonrió muy amable. Todo hasta el momento en que escuchó mi nombre:

-Conejita te presento a La Novia Oficial

Novia Oficial te presento a La Conejita

¡Joder! Las puertas se cerraron y nos quedamos los tres ahí atrapados. El aire empezó a escasear y se hubiera podido cortar la tensión, si alguno hubiera tenido el valor para levantar si quiera un dedo. Pero no. Durante el tiempo que tardó el elevador, no hicimos más que mirarnos a los pies. Los mios por cierto, mal metidos en unas havaianas blancas y bajo unos jeans desgarradones. Vamos tampoco se podía pedir más de mí, tras una noche de copas una noche loca como diría mi buena Maria Conchita —misma que por cierto, tiene mucho detalle que contar—, bastante logro fue que me desempiernara para terminar en un gimnasio.

Finalmente escuchamos la campanilla que anunciaba que habíamos llegado. Eso, en cualquier caso, no nos hizo sentir mejor. Estabamos por entrar, todos, los tres, juntos. Casi como La Gran Familia Mexicana. Como era de esperarse, una detrás de la otra entramos a los vestidores. Pedimos las toallas y nos dieron los locker con una sola fila de diferencia.

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¿Por qué jodidos tenía yo que ver (y dejarme ver) sin ropa por la susodicha? ¿Qué no a estas altura ya habíamos compartido lo suficiente? Esto no estaba siendo divertido. Pocos minutos después, yo ya estaba subida en una caminadora. A dos, estaba ella. A tres, estaba él. Ja. Todos mirándonos a través del espejo. Si esto fuera cine, la escena sería genial.

Parecía que iba a ser una rutina interminable, cuando apareció Gymmate Bunny por el pasillo. Con ese paso confiado y sin prisa que lo distingue. Sentí un alivio profundo. Como si no lo hubiera visto en años, como si regresara un viejo amigo, como si no fueramos lo primero que vimos esa mañana al despertar. Me regresó el aire al cuerpo. Sonreí de lado y él entendió así sin más. Se subió a la caminadora de junto, me pasó su ipod y me obligó a correr 5 kilómetros.

-Para que se te sientas mejor, dijo. Y luego soltó toda una receta maravillosa —Gatorade incluído— para curarme la cruda.
Lo confirmé: cada quién decide con quién corre a un lado.

SORPRESAS TE DA LA VIDA… LA VIDA TE DA SORPRESAS (Playlist: Rubén Blades)

O lo que es lo mismo, nuestro proceso de “reconstrucción” cada vez se pone más interesante.

Ultimamente, Bombón Bunny ha soltado un montón de verdades, suavecito y despacito pero implacable. Y yo, hasta con ojito remi se las agradezco. Sirve para iniciar otro proceso de mi-conmigo. Bien diría Bombón, regreso a jugar con mis muñecas. Que dicho sea de paso, me dan buenos ratos de diversión.

seksielamaa4.jpg Será por eso que decidí volver a ponerme los tenis. Y correr, correr, correr. En el proceso he tratado de arrastrar a una que otra. Porque se siente bien. Y porque en esto una no sabe si termina corriendo hacia una meta o de si misma.

O como el otro día sentada en una butaca de un teatro que teatro no era, sino una tal Av. Q. Con un muppet que le faltaban sólo las orejitas para ser yo (del peluche ni hablamos). Tan parecida en los movimientos torpes como en estas incansables ganas de que “esta vez salga bien” y al mismo tiempo, boicoteando cualquier posibilidad de que eso suceda. Todo por la increíble necedad de quererme tanto a mí misma, cancelando la posibilidad de querer a alguien más. Así, nomás no sale.

Y será el sereno —o mi sensibilidad a flor de piel—, pero apenas 24 horas después estaba yo apretujada en una carpa de Santa Fe. Fuerza Bruta, nos dijeron. Junto a mí, un montón de cuerpos se apenaban ante la obligación de rozarnos, de invadir nuestros propios espacios. De pronto, desde arriba un grupito de artistas decidieron llevar mis emociones de un lado a otro. En pocas palabras me tenían hecha una idiota. Corrí. Grité. Me lloví. Escapé. Me estrellé contra un muro. Justo como en mi vida.

Ilustraciones: Arthur de Pins