QUIERO MONTARME EN TU VELERO

Enviamos a la conejita a una rara misión: velear en plena ciudad de México. En su lugar, nos trajo un cuento de ¿piratas? (y no de los que ponen puestos).

En el messenger no se le veía nada mal: sonriente, bien parecido, hoyitos en las mejillas, de escritura veloz y sin faltas de ortografía.
—¿Quieres venir este fin de semana al Club Náutico? —escribió.
—Obvio sí… ¿a cuál? ¿Acapulco? ¿Valle? —contesté con cosquillitas en el estómago.
—No no, aquí en la ciudad. En la Presa Madín —contestó—. Déjame ser tu pirata.

Primera señal de alerta: no, nadie navega en la ciudad de México…

El sábado muy temprano decidí por el outfit casual. Shorts blancos —básicos para el veleo—, gorra y mucho bloqueador solar, como si estuviera partiendo para las Islas Griegas. Llevaba bikini debajo, por si las dudas.

Detuve el auto en estacionamiento del McDonalds de Periférico Norte. Debería aparecer en cualquier momento. Estaba seriamente considerando regresar a casa y seguir durmiendo cuando lo vi aparecer por el retrovisor.
Pantalón blanco, mocasines blancos sin calcetines, camiseta azul y amarilla a rayas, rompevientos y gorra.

Demonios pensé. Seguro estoy a punto de subirme al velero de Onassis.
Tras los primeros saludos y el intercambio de sonrisas, me invitó a desayunar «aquí en Mc Donalds».
¿Aquí?, casi grité para mis adentros y supe que esto no iba a funcionar.

Segunda señal de alerta: No existe un first date en un McDonalds.

Sentados en la mesita, empezó un monólogo casi interminable en el que me contó traumas interminables de su pasado, presente y algunos a futuro. Yo sólo lo miraba atenta y me atragantaba de huevo aplastado dentro de un bollo con una salchicha redonda. Historias de papá, mamá, hermanos, amigos e hijos se acumulaban mientras yo apuraba mi vasito de jugo de naranja plástica. Finalmente llegó la hora de partir.

Señal de alerta 3: Por nada del mundo cuentes tus fracasos en la primera cita.

Cruzamos Lomas Verdes, pasamos señalamientos hacia la Zona Esmeralda y Valle Escondido y cuando creí que el mundo estaba por terminar, nos encontramos con ella de frente: la Presa Madin. Que sí, como su nombre lo dice es… eso… ¡una presa! Con todo y agüita verde.
En la orilla un letrero anunciaba la llegada al “Club Náutico Madin”. A la izquierda estaban cinco camastros y a la derecha, un snack bar con la barra y periqueras sobre una capa de arena traída de alguna playa no tan vecina. No, no se parecía al Nàutic S’Arenal de Palma de Mallorca.

—«Ponte tu bikini. Acuéstate… en lo que yo preparo las cosas», dijo.

¿Por qué habría de tumbarme al sol a las 10 de la mañana a las orillas de una presa en plena Ciudad de México? ¡Cáncer seguro!
Con mi mejor sonrisa, me recosté en el camastro, con los pantalones y los tenis bien puestos en su lugar me puse las gafas de sol y suspiré. ¿Por qué demonios termino yo en estas situaciones tan inverosímiles? Tras los lentes oscuros, lo miraba actuar.
Regresó en short, salvavidas y noventerísimos wetshoes, mientras acomodaba en una hielera uvas, quesos, vino, un ipod con bocinas.. y sí: un manual de navegación.
—Joder, pensé. Es como si fuéramos a hacer la travesía desde Atenas a Phuket.

Llegó la hora de zarpar y yo seguía sin ver el mentado gran velero. Sobre el agua flotaban algunas lanchas y kayaks. Del velero, vamos, ni sus luces.
De pronto apareció un antiguo bote de madera —regalo familiar—, convertido por el susodicho y con ajustes varios en un “velero”.

Señal de alerta 4: Un bote con vela no es un velero.

Una vez arriba, tras acomodarnos en puntos opuestos de la nave, vi alejarse la orilla. El viento soplaba. Decidí relajarme y aprovechar el solecito. Eché la cabeza hacia atrás, abrí los brazos, respiré profundo. Sentí que algo se movía a mi lado. Entreabrí los ojos y vi algunas truchas y carpas asomando la cabecita. No esto no estaba siendo sexy.

Navegábamos en un silencio pesado. De pronto nos detuvimos, abrí los ojos y vi que estábamos a media presa. Muy, muy lejos de la orilla. El corazón se me detuvo y pensé en Cabo de Miedo. Empecé a escuchar una melodía bajito. Giré la cabeza y descubrí que de las bocinas del iPod salía la voz de Andrea Boccelli cantando “Con te partiró”.
—Amo la opera. ¿Quieres que te cante?

Señal de alerta 5: No, no, no. Porfavor. Nunca en una primera cita ¡cantes!

Tras su performance operístico, pensé que no podía pasar nada más. Sin embargo, sucedió. Él en un extremo del bote y yo en otro, me miró fijo y dijo:
—Cierra los ojos. Te tengo una sorpresa.
Casi con miedo, me puse las palmas en la cara. Oí sus movimientos. Suspiré.
—¡Ya!
Abrí poco a poco los dedos, como para ver entre rendijas lo que me esperaba. Los ojos se me pusieron como platos, separé un poco los labios y me quedé sin aliento. Ahí estaba él, con paliacate en la cabeza y parche en el ojo.
—¿Recuerdas que te dije que iba a ser tu pirata? Dijo más parecido a Fernando “El Antillano” Colunga que a Jack Sparrow con una sonrisa grande grande en la boca.

Señal de alerta 6: En ningún caso, a menos que estés en una fiesta de disfraces, eres un pirata.

Bridget Jo quedó tan sorprendida con este date que decidió usar esta columna para que si acaso la lee el susodicho, no repita esta ¿técnica? de ligue que, a todas luces, más espanta que conmueve.

2 comentarios en “QUIERO MONTARME EN TU VELERO

  1. jaBIN dijo:

    jajajaja.!!! jaaaaaaaaaaaajajajaja!!! jaaaajajaja!°!

    espera.

    jaaaaaaaaaaaajaja!!! jajaja aaj aja!1 ja ..jajaja.jeje..jaa!””

    ah no..de verdad que..pff jaja!!..te cae q lo arriba narrado es fruto de un hecho real sucedio en Sat{elite?..para muchos muy lejos aunque realidad no tanto eh..es una realidad que se vive en un mundo paralelo al nuestro.

    En fin buenisimo me rei mucho.

    En un momento de ocio me topé..con tu blog.

    Suerte y mejores viento para la próxima.

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