¿QUIÉN DIRÍA? (Playlist: Arjona)

Cuando una tonta Coneja como yo, pensaba que se comía el mundo de un bocado, ‘que llega y que entra’ un Conejito que de irreverente lo tiene todo. Que se cree que lo puede todo nomás por aquello de conocerme desde que ni siquiera tenía orejitas y colita de peluche. Y si que lo puede. Uno que me gritó en mi cara la tonta, superficial y vacía que estaba siendo. Uno que me recordó que las cosas verdaderamente importantes no están en el Facebook. Uno que a cada palabra no hacía más que arrebatarme un lagrimón silencioso y darme un golpe seco y aturdidor en la sien.

Y ahora, con las orejitas gachas, intento retomar el camino allá, allá donde me había quedado.

QUIERO MONTARME EN TU VELERO

Enviamos a la conejita a una rara misión: velear en plena ciudad de México. En su lugar, nos trajo un cuento de ¿piratas? (y no de los que ponen puestos).

En el messenger no se le veía nada mal: sonriente, bien parecido, hoyitos en las mejillas, de escritura veloz y sin faltas de ortografía.
—¿Quieres venir este fin de semana al Club Náutico? —escribió.
—Obvio sí… ¿a cuál? ¿Acapulco? ¿Valle? —contesté con cosquillitas en el estómago.
—No no, aquí en la ciudad. En la Presa Madín —contestó—. Déjame ser tu pirata.

Primera señal de alerta: no, nadie navega en la ciudad de México…

El sábado muy temprano decidí por el outfit casual. Shorts blancos —básicos para el veleo—, gorra y mucho bloqueador solar, como si estuviera partiendo para las Islas Griegas. Llevaba bikini debajo, por si las dudas.

Detuve el auto en estacionamiento del McDonalds de Periférico Norte. Debería aparecer en cualquier momento. Estaba seriamente considerando regresar a casa y seguir durmiendo cuando lo vi aparecer por el retrovisor.
Pantalón blanco, mocasines blancos sin calcetines, camiseta azul y amarilla a rayas, rompevientos y gorra.

Demonios pensé. Seguro estoy a punto de subirme al velero de Onassis.
Tras los primeros saludos y el intercambio de sonrisas, me invitó a desayunar «aquí en Mc Donalds».
¿Aquí?, casi grité para mis adentros y supe que esto no iba a funcionar.

Segunda señal de alerta: No existe un first date en un McDonalds.

Sentados en la mesita, empezó un monólogo casi interminable en el que me contó traumas interminables de su pasado, presente y algunos a futuro. Yo sólo lo miraba atenta y me atragantaba de huevo aplastado dentro de un bollo con una salchicha redonda. Historias de papá, mamá, hermanos, amigos e hijos se acumulaban mientras yo apuraba mi vasito de jugo de naranja plástica. Finalmente llegó la hora de partir.

Señal de alerta 3: Por nada del mundo cuentes tus fracasos en la primera cita.

Cruzamos Lomas Verdes, pasamos señalamientos hacia la Zona Esmeralda y Valle Escondido y cuando creí que el mundo estaba por terminar, nos encontramos con ella de frente: la Presa Madin. Que sí, como su nombre lo dice es… eso… ¡una presa! Con todo y agüita verde.
En la orilla un letrero anunciaba la llegada al “Club Náutico Madin”. A la izquierda estaban cinco camastros y a la derecha, un snack bar con la barra y periqueras sobre una capa de arena traída de alguna playa no tan vecina. No, no se parecía al Nàutic S’Arenal de Palma de Mallorca.

—«Ponte tu bikini. Acuéstate… en lo que yo preparo las cosas», dijo.

¿Por qué habría de tumbarme al sol a las 10 de la mañana a las orillas de una presa en plena Ciudad de México? ¡Cáncer seguro!
Con mi mejor sonrisa, me recosté en el camastro, con los pantalones y los tenis bien puestos en su lugar me puse las gafas de sol y suspiré. ¿Por qué demonios termino yo en estas situaciones tan inverosímiles? Tras los lentes oscuros, lo miraba actuar.
Regresó en short, salvavidas y noventerísimos wetshoes, mientras acomodaba en una hielera uvas, quesos, vino, un ipod con bocinas.. y sí: un manual de navegación.
—Joder, pensé. Es como si fuéramos a hacer la travesía desde Atenas a Phuket.

Llegó la hora de zarpar y yo seguía sin ver el mentado gran velero. Sobre el agua flotaban algunas lanchas y kayaks. Del velero, vamos, ni sus luces.
De pronto apareció un antiguo bote de madera —regalo familiar—, convertido por el susodicho y con ajustes varios en un “velero”.

Señal de alerta 4: Un bote con vela no es un velero.

Una vez arriba, tras acomodarnos en puntos opuestos de la nave, vi alejarse la orilla. El viento soplaba. Decidí relajarme y aprovechar el solecito. Eché la cabeza hacia atrás, abrí los brazos, respiré profundo. Sentí que algo se movía a mi lado. Entreabrí los ojos y vi algunas truchas y carpas asomando la cabecita. No esto no estaba siendo sexy.

Navegábamos en un silencio pesado. De pronto nos detuvimos, abrí los ojos y vi que estábamos a media presa. Muy, muy lejos de la orilla. El corazón se me detuvo y pensé en Cabo de Miedo. Empecé a escuchar una melodía bajito. Giré la cabeza y descubrí que de las bocinas del iPod salía la voz de Andrea Boccelli cantando “Con te partiró”.
—Amo la opera. ¿Quieres que te cante?

Señal de alerta 5: No, no, no. Porfavor. Nunca en una primera cita ¡cantes!

Tras su performance operístico, pensé que no podía pasar nada más. Sin embargo, sucedió. Él en un extremo del bote y yo en otro, me miró fijo y dijo:
—Cierra los ojos. Te tengo una sorpresa.
Casi con miedo, me puse las palmas en la cara. Oí sus movimientos. Suspiré.
—¡Ya!
Abrí poco a poco los dedos, como para ver entre rendijas lo que me esperaba. Los ojos se me pusieron como platos, separé un poco los labios y me quedé sin aliento. Ahí estaba él, con paliacate en la cabeza y parche en el ojo.
—¿Recuerdas que te dije que iba a ser tu pirata? Dijo más parecido a Fernando “El Antillano” Colunga que a Jack Sparrow con una sonrisa grande grande en la boca.

Señal de alerta 6: En ningún caso, a menos que estés en una fiesta de disfraces, eres un pirata.

Bridget Jo quedó tan sorprendida con este date que decidió usar esta columna para que si acaso la lee el susodicho, no repita esta ¿técnica? de ligue que, a todas luces, más espanta que conmueve.

BUENA VIDA ES… (Playlist: Eros Ramazzotti)

Y sí. Las cosas buenas estan a la vuelta de la esquina. Faltan dos segundos para que esten perfectamente convertidas en realidad en la palma de mis mano. Juro que en cuanto suceda, lo cuento con detalle.

posing_canape.jpgEn tanto, hoy tuve mi primera sesión del Club de Lectura Light y lo que comenzó con el recuento de La Suma de los Días terminó con el analisis tormentoso de nuestros últimos encuentros amorosos: Conejita Judia y Soltera, Miss Bussines Bunny, Conejito Politizado y Conejito Sonrisa Perfecta. Todos tan guapos, tan interesantes, tan armados, y al mismo tiempo, tan solos. Un verdadero desastre, joder. Pero terriblemente divertidos a la hora de buscarnos en el pasado.

En el pasado que, de mi parte, incluye al Conejito PR, al mismo que ayer me topé en un antro en buena compañía y mucho nervio de no saber cómo decirmelo… ja. Incluye también a Mr. Peruvian Bunny que después de meses se aparece en mi teléfono pero me advierte que soy peligrosa para su estabilidad, al Conejillo de Miura y sus misterios y por supuesto, a My Stress Rabbit del que, a estas alturas, no termino de contestarme cómo es que un día comenzó la historia más triste de los últimos tiempos.

El presente en cambio, me pone por ahí al Conejito Tenista, perfecto para subirme la autoestima, el ego y refrescarme la plática de viernes por la noche. Y a Beautiful Bunny para no perder la práctica en la conquista. Poco a poquito, entrenándome a ratos en el arte de tomarnos una botella de vino en pleno lunes, reír sin parar y jurarnos que entre nosotros nunca pasará nada aunque ninguno de los dos se lo crea.

Tras varias horas de repasar aquellos dates que parecen perdidos en un pasado remoto y los nuevos perfectamente metidos en una caja de seguridad, me siento más estable que nunca. Más tranquila. Más zen. Más sana. No sé si es la ausencia del cigarro, del alcohol, el celibato —a punto de concluír— o los proyectos de una vida nueva, pero me gusta esto que miro cada noche en el espejo.

Ilustraciones: Arthur de Pins