CONEJITA ENCUENTRA CONEJITO

«Cuando lo conozcas, no volverás a salir de tu casa ni a necesitar un novio», dijo La Judía Solterísima casi como una confesión. Yo, pensé, iba a seguir su consejo a pie juntillas.

En aquella cena empecé a sentirme fuera de lugar. Todas, sin excepción, conocían al famosísimo Rabbit. Habían tenido algún encuentro divertido, exótico o desastroso con él. Movían las manos, lo describían con pelos y señales, reían ruidosamente mientras el mesero buscaba cualquier pretexto para acercarse a la mesa. No quería reconocerlo pero las descripciones sonaban atractivas:
¿Pero o sea, cómo.. no entiendo… cómo es? pregunté con ingenuidad.
Uff! Maravilloso, decían, como para perder la cabeza. Seguro ya lo has visto.
¡Obvio no! A pesar de haber ido más de una vez a una sexshop no tenía ni idea de cómo era el artefacto este. ¿Cómo demonios la mismísima Conejita de Indias resultaba tan naive?

Al siguiente fin de semana no resistí más. En el desayuno con La Mejor Amiga, liberal e iniciadísima en el tema, lo solté.
¿Sabes qué es eso del… mmm conejito.. no sé… que vibra?
¿El Rabbit? casi gritó con todas sus letras. Está buenísimo.
Sin pensarlo un minuto más, llegamos directito a SexEmporium en la Roma. Las enormes vitrinas, rodeadas de neón, con disfraces de camarera y mujer policía, no me estaban ayudando en el asunto.

Titubeé. ¿Qué parte de evitar una sexshop cerca de mis propios rumbos no había entendido? Mi amiga no se detuvo ni un minutito.
Ven, ven, vamos, decía mientras me arrastraba. Miré con rapidez a ambos lados de la calle y entré.

Dentro actué con gran maestría: recorrí los pasillos de disfraces mirándolos como vestidos de diseñador y pasé la mano sobre lubricantes de todos colores y sabores mirando con aires de grandeza.
Ay obvio, este es termoactivo. Eso del calorcito es lo de hoy. dije

Entonces sucedió justo lo que me temía: una señorita de lo más mona se acercó con la típica pregunta
¿Buscabas algo?
Con las mejillas rojísimas intenté contestar como si nada pasara.
Eh no.. estamos viendo… bueno sí… no sé.. me dijeron de una ¿cosa?..
¿Cómo diablos se le decía para seguir siendo políticamente correcta? ¡¿dildo… vibrador… conejito?!
Sonrío casi condescendiente y soltó su letanía casi sin respirar:
«Aquí están los dildos. De este lado están los manuales por si estás empezando, aquí tenemos los que funcionan con pilas para quien le gusta la vibración, los hay pequeños, como de bolsillo, a la izquierda están los de doble función para la estimulación anal, de aquel lado tenemos los aros, las vaginas de látex para tu novio y… ».

Para ese momento yo estaba al borde del paro respiratorio. Joder. ¿Teníamos que hablar del asunto con tanta… familiaridad? ¿Y vamos, si tuviera un novio estaría aquí metida? Chale. Tanta atención me ponía muy nerviosa.

Mientras tanto, mi amiga se divertía horrores tocando todos los productos que tenían un agujerito en la cajita con la leyenda “Try Me”.
Ven ven.. toca.. está buenísimo me decía saltando de aquí para allá
¡Obvio no! Por más que trataba de mantener la compostura, no podía ni pensar en eso de meter el dedo para comprobar si la textura del aparato en cuestión era la adecuada o no.

Finalmente, me enseñó la sección de los Rabbits, que de conejitos y estéticos tenían muy poco. Una tras otra, abrió las cajitas. Falos azules, morados, transparentosos y en su versión natural. Cada uno con un movimiento increíblemente sofisticado.
Rabbit, decía como en clase de Biología, además de vibrar y alcanzar directamente el punto G, tiene unas “orejitas” que estimulan el clítoris.

bd_203v01-post.jpgLo tomé y abrí los ojos como platos. Era enorme, rosa y ¡se movía!. Con más de 20 velocidades dirigía las orejitas, la colita y el cuerpo entero en distintas direcciones al compás de un montón de luces que prendían y apagaban con ritmo de antro. Joder, pensé, a esto sólo le falta la sirena.

Muerta de la vergüenza fui al mostrador. Con cierta impaciencia saqué la tarjeta de crédito. Era tal la prisa que a la hora de ver el voucher no pude ni replicar: ¡$1300 pesos! Tragué saliva y firmé. A ese punto no me iba a poner a buscar algo más baratito.

Con la bolsa negra entre la manos, como con un tesoro robado, llegué a casa. Me senté en la cama y abrí el paquete con la emoción de una quinceañera. Puse las pilas, lo coloqué sobre el buró, apreté un botón y miré curiosa. Se movía mientras destellaba por todos lados. ¿Dónde jodidos iba yo a guardar el juguetito este? No pude evitar pensar en la señora de la limpieza. Arrugué la nariz. Apagué el aparato. Me metí a las sabanas, me tapé y cerré los ojos.
Esta noche no, me dije.
Creo que necesito tiempo para acostumbrarme a la presencia de mi nueva “mascota” en casa.

Ilustraciones: Arthur de Pins

La Conejita no supo cómo justificar el cargo de 1300 de “sexalgo” en el estado de cuenta que su mamá jura que está equivocado.

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A RODAR, A RODAR TU VIDA (Playlist: Fito Páez)

Panamá es verde. Si tuviera que decirlo en una palabra diría eso nomás: verde. Ahora bien si tenemos que ponernos a explicar el viajecito completo fue, obvio, una rueda de la fortuna.

bubbles-defv04prev.jpgDesde el primer aeropuerto ya las cositas no fueron como el itinerario dictaba. El Conejito PR nomás no llegó: se quedó dormidazo y tomaría el sigiuiente vuelo. Y ahí estoy yo, tremendo maletón en mano en lo que sería mi primer viaje romántico de la temporada.

Abordé el bonito vuelo de Copa a destino, literal, desconocido. No sabía a dónde llegaba, no sabía con quién llegaba, no sabía vamos ni siquiera que necesitaba haber comprado una bonita visa de turismo.

Y así, esta misma conejita, tremendo maletón en mano, terminó paradita en el “flamante” aeropuerto de Panamá City sin nadie que la recibiera a brazos abiertos.

Pero como esas cosas se arreglan rapidito, bastó encargar el maletón y tomar un taxi al mejor mall de la ciudad. Obvio, si una tiene 7 horas para esperar al Conejito PR en el paraíso del shopping, la mejor manera de pasarlas es… ¡comprando!

De pies y tarjeta de crédito hinchaditos y hartas bolsias, ahí te voy de vuelta. A encontrar finalmente al Conejito PR al aeropuerto. De ese primer encuentro a varios días después no nos volvimos a separar. Él, yo, el Amigo del Conejito PR y la Novia Tropical del Amigo del Conejito PR (pareja que amerita un post aparte) nos la pasamos de noches reaggesoneras, hamburguesas de burguerking y cenas orientales. Y shots de tequila para no dejar. Entre una cosa y otra, fue facil salirse por la tangente sin tener que aclarar el estatus oficial de la relación.

La cosa fluía, vamos, suavecito y sin complicaciones —¡hubo hasta quién me llamaba Señora Coneja del Conejito PR!— cuando llegó el siguiente descalabro al itinerario: el susodicho partió un día antes que yo a tierras colombianas. Y esa noche, con las luces Panamá City en la ventana del hotel tuve tiempo para pensar. De más, digo yo.

A la mañana siguiente, maletón en mano, tomé el taxi rumbo al aeropuerto.

—¿Su maridó llegó bien a Cartagena? preguntó el señorcito que nos había llevado de arriba para abajo en estos días.

Le sonreí sin saber qué contestar.

Estaba, una vez más, como casi todas en mi vida llegando sola a un aeropuerto con destino desconocido.

Ilustraciones: Arthur de Pins