CENA A CIEGAS.. ¡PERO EN SERIO!

Me habían dicho que esa cena sería una experiencia que no olvidaría jamás. No se equivocaron… ¡qué cosa!

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Que la cosa fuera oscuras parecía un detalle poco importante: la “cena a ciegas” era a las ocho de la noche en Le Bouchon y había que estrenar tacones. La reservación me la habían hecho los de www.ojosquesienten.org por recomendación del amigo de un amigo.

Al llegar, el restaurante tenía cubiertas las ventanas con mantas negras. Hey, esto no tenía cara de blind date… Coctelito de Cuervo en mano, esperé en el jardín. Los demás comensales fueron llegando: puro socialité. ¿Estaba yo en una sofisticada cena de beneficencia?

Nos dejaron entrar en grupos de diez en diez. Poco a poco el jardín quedó vacío. La última fui yo. La cosa dentro estaba más negra que mi conciencia. Se oían fuertes voces y risas nerviosas que iban subiendo de tono.
Ven conmigo —dijo una voz.
¡Ay, ajá! Yo no alcanzaba a distinguir ni mi propia nariz. Obvio, no me iba a mover ni medio centímetro (menos con tacones nuevos). De pronto, a tientas, tomó mi mano.
Soy Juan —dijo la misma voz—, voy a llevarte a tu mesa.
Al sentir mis pasitos temerosos, aclaró:
No te preocupes, no hay escalones.

No quise ni imaginar lo que sería un azotón en medio de tanta socialité, aunque fuera a oscuras. Caminé como Dios me dio a entender entre el griterío de los comensales. No sé si porque no medían la distancia del interlocutor o porque a oscuras todo está permitido, pero sonaba como gallinero. Por encima, una voz de mujer les pedía deshacerse de celulares y relojes: nada debía estropear la oscuridad.

Tras un camino que me pareció larguísimo, Juan me presentó con mis compañeros de mesa, me tomó la mano y me la puso en el respaldo de una silla. Ese sería mi lugar.

Cuando se alejó me sentí perdida. Abrí la boca como pececito e hice puchero. ¿Dije ya que no veía nada? Sentada en la orillita, saludé a mis nuevos amigos. No me oyeron.
Hola, soy Bridget Jo —dije subiéndole dos rayitas al volumen.
Con las manos empecé a recorrer la mesa. Estaba en la cabecera con tres hombres y una mujer. El que tenía acento francés a mi lado hizo una pregunta brillante:
—¿Cómo nos imaginas?
¡Facilísimo! —aventuré—. Seguro eres rubio, alto, mmm… ¿francés?
¿Y más allá de los estereotipos? —reviró.Descubrí mi incapacidad para imaginar sus caras. Y mi tendencia a dar por hecho las cosas.
Mmmm… ¿con barba?

Minutos después sentí alguien a mi lado. Era Juan. Traía el vino y el primer plato. Se trataba de una ensalada con ¿camarones rebosados? Atinarle al plato y ensartar la ensalada no fue tarea fácil. El tenedor llegaba a mi boca sin alimento alguno e iba a estrellarse contra la mejilla y el espacio entre la nariz y el labio superior. A estas alturas de mi vida, no había aprendido a qué distancia del plato estaba mi boca.

Mientras unos trataban de adivinar el color del vino, otros intentábamos distinguir entre camarones y calamares rebosados y algunos simplemente no supieron reconocer el arroz salvaje. Todo, vamos, tenía un sabor “diferente”.
La apuesta ahora era mayor entre el arquitecto de mi derecha y yo: descubrir el postre. Apenas tuve el plato en la mesa, hice trampa: metí la mano. Frío y húmedo: ¡Helado! Bien, ahora tenía los dedos embarradísimos. Debajo le seguía, deduje, un brownie de chocolate. Liberada de todo pudor, dejé a un lado los cubiertos y me zampé con singular alegría el postre en cuestión. Total, aquí ni quien me vea.

Estaba yo en esas de sostener un pedacito de pan esponjoso chorreante de helado derretido cuando se encendió la primera luz ultravioleta. Los parpados se me arquearon en reflejo. En la mesa aparecieron tres hombres y una mujer. Solté el panecillo —que no era brownie sino ¡tarta de higos!— y nos miramos con los ojos muy abiertos. Ninguno se parecía ni tantito a lo que había imaginado. Empezamos a reír.

Con los ojos aún entrecerrados, miré las demás mesas y vi a Juan. Caminaba con paso decidido hacia la barra. De pronto, el hombre de la mesa contigua movió hacia atrás su silla, pero Juan no cambió su ruta: se topó con el “estorbo”.
Discúlpame —dijo, y siguió a tientas su camino.

Sólo entonces entendí: Juan era ciego. Durante toda la noche había tratado de enseñarme cómo se vive una vida sin luz.

Ilustraciones: Arthur de Pins

((AHORA CADA VEZ QUE INVITAN A BRIDGET JO A UNA CITA A CIEGAS, HACE EL CHISTE DE LLEVAR LOS OJOS VENDADOS. ES UNA PESADA))

22 comentarios en “CENA A CIEGAS.. ¡PERO EN SERIO!

  1. mmmm, mi primera impresión fue esa, cuando hablas de citas a Ciegas deduces q conoceras a alguien y ya sabes esas cosas, creo q la historia cambio de esencia cuando mencionas que Juan es ciego y le encuentras lo bello a el asunto, que padre que te des la oportunidad de vivir momentos tan sublimes y gracias por compartirlos, me dejaste una calida sonrisa.

    Gracias.

  2. jajaja.
    Yo sólo te imagino los bigotes de helado y tarta de higo.
    ¿De verdad es una experiencia educativa?
    ¿Cambia una plática a ciegas? (Con respecto a otras pláticas que has tenido con desconocidos)

  3. Esa es la idea, Reyna, que al final de tanta tontería que me pasa por la vida, haya cosas que me mueven dentro dentro y me hagan aprender de los demás.

    cambia ¡cómo no! estar a oscuras en principio te desinhibe, te pone los sentidos a mil, te pasan mil cosas por la cabeza, hablas y hablas sin observar la reacción del de enfrente.. y al final, pum! te das unos topes en el corazón cuando entiendes que lo que para tí es un momento, para otros es la vida real.

    nada Vicco (ejem, qué italiano!), era una historia que no había subido al blog y no quería dejar de compartirla.

  4. Me encanto la historia, pero sobre todo la parte de los tacos … para mi es un suplicio andar con ellos … no me quiero imaginar andar con ellos en la oscuridad … de seguro me voy de hoci al suelo.

    Y tienes toda la razón después de experiencia asi, te cambia la perspectiva para ver algunas cosas de la vida.

  5. Kat Morales dijo:

    woooww!! deveras una experiencia alternativa!! a veces los ojos nos estorban para ver más allá… qué ironía no??

  6. Saludines … !!!
    Formidable, no puedo imaginame en una situacion asi … soy tan, pero tan pervertido que estando a oscuras me puedo imaginar de todo … oupssss !!!
    Pero muy cierto la historia da un giro total cuando comentas que juan es ciego y razonas en las carencias y necesidades de otras personas … es cuando viene el cargo de conciencia😦 !!!
    Un abrazo desde el AICM … !

  7. Yo tenía una graduación bastante grave, luego me operé pero el concepto que se tiene de la luz es bien distinto entre la gente que ve bien, la que medio ve y quienes son ciegos. Para quienes ven bien es algo que está ahi y no se cuestiona demasiado, para quienes medio ven es algo con volumen que no se puede tocar y para los ciegos es un concepto.

  8. Yo viví esa experiencia pero en el papalote museo del niño [Diálogos en la oscuridad][http://www.ymipollo.com/~Moon/94372.dialogo-en-la-oscuridad.html]. Ahi los tacones no te hubieran ayudado, porque caminas y caminas, todo a ciegas y con un bastón [bueno, realmente no se como se llama eso], te subes a un barco, vas al mercado y a un bar donde puedes comprar varias cositas, el final, el mismo, nuestra guia era una chica con voz de niña y de 37 años. A mi, me encantó.

    Me gustaria vivir algo como lo que viviste tu esa noche, suena divertido xDDD

  9. Bolis dijo:

    Excelente!!! me hiciste soltar una carcajada, en un día tan frío y revalorar nuestros tesoros, así como “un buen sabor de boca” genial…gracias!

  10. G.W. Duran dijo:

    Bridget, solo a ti te pueden pasar estas cosas,
    Y luego se te ocurre picarle con una vara a la vida para ver si se mueve; ó pero aun, picale para ver si me muerde!’!’
    Estoy perdidamente enamorado de tu Yo curioso, sigue asi bonnie .
    G.W.

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