LA VIDA ES UNA TOMBOLA… TOM, TOM, TOMBOLA (Playlist: Marisol)

¿Quién dijo que yo era una cosita estable? ¡Pues no!

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En sólo unos días esta Conejita brincó de un puesto al otro literalmente, tomó un avión bien acompañadísima —destino Panamá-Cartagena-Los Angeles cual auténtica Reina del Sur—, conoció, conoció y conoció conejitos y conejitas que brincan por el mundo de un lado a otro y confirmó una vez más que el mundo va más allá del horizonte que se ve desde la ventana.

Confirmado: esta Conejita es feliz metiendo su mundito en una maleta y llevándoselo de un lado a otro. O lo que es lo mismo, soy un auténtico ajonjolí de todos los moles.

Ilustraciones: Arthur de Pins

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CENA A CIEGAS.. ¡PERO EN SERIO!

Me habían dicho que esa cena sería una experiencia que no olvidaría jamás. No se equivocaron… ¡qué cosa!

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Que la cosa fuera oscuras parecía un detalle poco importante: la “cena a ciegas” era a las ocho de la noche en Le Bouchon y había que estrenar tacones. La reservación me la habían hecho los de www.ojosquesienten.org por recomendación del amigo de un amigo.

Al llegar, el restaurante tenía cubiertas las ventanas con mantas negras. Hey, esto no tenía cara de blind date… Coctelito de Cuervo en mano, esperé en el jardín. Los demás comensales fueron llegando: puro socialité. ¿Estaba yo en una sofisticada cena de beneficencia?

Nos dejaron entrar en grupos de diez en diez. Poco a poco el jardín quedó vacío. La última fui yo. La cosa dentro estaba más negra que mi conciencia. Se oían fuertes voces y risas nerviosas que iban subiendo de tono.
Ven conmigo —dijo una voz.
¡Ay, ajá! Yo no alcanzaba a distinguir ni mi propia nariz. Obvio, no me iba a mover ni medio centímetro (menos con tacones nuevos). De pronto, a tientas, tomó mi mano.
Soy Juan —dijo la misma voz—, voy a llevarte a tu mesa.
Al sentir mis pasitos temerosos, aclaró:
No te preocupes, no hay escalones.

No quise ni imaginar lo que sería un azotón en medio de tanta socialité, aunque fuera a oscuras. Caminé como Dios me dio a entender entre el griterío de los comensales. No sé si porque no medían la distancia del interlocutor o porque a oscuras todo está permitido, pero sonaba como gallinero. Por encima, una voz de mujer les pedía deshacerse de celulares y relojes: nada debía estropear la oscuridad.

Tras un camino que me pareció larguísimo, Juan me presentó con mis compañeros de mesa, me tomó la mano y me la puso en el respaldo de una silla. Ese sería mi lugar.

Cuando se alejó me sentí perdida. Abrí la boca como pececito e hice puchero. ¿Dije ya que no veía nada? Sentada en la orillita, saludé a mis nuevos amigos. No me oyeron.
Hola, soy Bridget Jo —dije subiéndole dos rayitas al volumen.
Con las manos empecé a recorrer la mesa. Estaba en la cabecera con tres hombres y una mujer. El que tenía acento francés a mi lado hizo una pregunta brillante:
—¿Cómo nos imaginas?
¡Facilísimo! —aventuré—. Seguro eres rubio, alto, mmm… ¿francés?
¿Y más allá de los estereotipos? —reviró.Descubrí mi incapacidad para imaginar sus caras. Y mi tendencia a dar por hecho las cosas.
Mmmm… ¿con barba?

Minutos después sentí alguien a mi lado. Era Juan. Traía el vino y el primer plato. Se trataba de una ensalada con ¿camarones rebosados? Atinarle al plato y ensartar la ensalada no fue tarea fácil. El tenedor llegaba a mi boca sin alimento alguno e iba a estrellarse contra la mejilla y el espacio entre la nariz y el labio superior. A estas alturas de mi vida, no había aprendido a qué distancia del plato estaba mi boca.

Mientras unos trataban de adivinar el color del vino, otros intentábamos distinguir entre camarones y calamares rebosados y algunos simplemente no supieron reconocer el arroz salvaje. Todo, vamos, tenía un sabor “diferente”.
La apuesta ahora era mayor entre el arquitecto de mi derecha y yo: descubrir el postre. Apenas tuve el plato en la mesa, hice trampa: metí la mano. Frío y húmedo: ¡Helado! Bien, ahora tenía los dedos embarradísimos. Debajo le seguía, deduje, un brownie de chocolate. Liberada de todo pudor, dejé a un lado los cubiertos y me zampé con singular alegría el postre en cuestión. Total, aquí ni quien me vea.

Estaba yo en esas de sostener un pedacito de pan esponjoso chorreante de helado derretido cuando se encendió la primera luz ultravioleta. Los parpados se me arquearon en reflejo. En la mesa aparecieron tres hombres y una mujer. Solté el panecillo —que no era brownie sino ¡tarta de higos!— y nos miramos con los ojos muy abiertos. Ninguno se parecía ni tantito a lo que había imaginado. Empezamos a reír.

Con los ojos aún entrecerrados, miré las demás mesas y vi a Juan. Caminaba con paso decidido hacia la barra. De pronto, el hombre de la mesa contigua movió hacia atrás su silla, pero Juan no cambió su ruta: se topó con el “estorbo”.
Discúlpame —dijo, y siguió a tientas su camino.

Sólo entonces entendí: Juan era ciego. Durante toda la noche había tratado de enseñarme cómo se vive una vida sin luz.

Ilustraciones: Arthur de Pins

((AHORA CADA VEZ QUE INVITAN A BRIDGET JO A UNA CITA A CIEGAS, HACE EL CHISTE DE LLEVAR LOS OJOS VENDADOS. ES UNA PESADA))

MI PEOR ERROR (Playlist: La 5a. estación)

—¿Cuál ha sido tu peor error? me preguntó.

alteradas3_tapa.jpgDigo yo. ¿Qué no somos las mujeres las que preguntamos esas cosas incómodas después del empiernamiento?. Pues no. Ahora fue el susodicho, cuando aún estabamos relajaditos con una gran gran pantalla enfrente, un gran gran jacuzzi, aceititos varios y unas grandes, grandes ganas de quedarnos abrazaditos. Chale, no había remedio: tenía que contestar.

Lo pensé 3 segundos exactos y dije sin chistar:

El de Houston.

Pasaron varios minutos en silencio, una ligera tensión se sentía en el aire y cuando creía que había pasado en calma el momento delicado, preguntó asi como no queriendo la cosa:

—¿Aún lo extrañas?

Ahí sí me rendí. No pude más. Estaba yo tomando aire para respirar muy dueña de la situación cuando, como tormenta tropical, los ojos se me inundaron. No, no pensé. No ahora. Pero por más que pestañeé rapidísimo mientras recordaba mis ejercicios de respiración zen, tremendos lagrimones se me escaparon al momento y rompí en llanto, cual chiquilla a la que le acaban de arrebatar su juguete preferido. Esto ha sido llorar en serio. No pude decir nada. Uhquela, pensé. Sólo eso me faltaba para romper el encanto. No sé cuánto tiempo me perdí entre sollozos de eso que te salen directito de la boca del estómago. Esos que te saltan por detrás y se te cuelgan del cuello y no se bajan por más que te sacudes.

Él no hacía más que acariciarme el pelo y pedir disculpas. Y yo, con el estúpido nudo atravesado en la garganta que no lograba explicarle. Seguro porque ni yo sabía lo que estaba pasando. Seguro pensaría que estoy loca (y bueno sí, un poco).

Claro que no, quería decirle. Obvio no lo extraño. Obvio el asunto acabó hace meses. Obvio lo tengo superadísimo. Obvio… que aún me duele. Obvio… obvio.. obvio un carajo.

El resto fue poco menos desastroso: creo que hasta me sentí aliviada. Era lo único que me faltaba. Hablarlo con él y llorar fuerte y con ruido, con los ojos rebosados de lágrimas, con la nariz escurriendo, mojando los cojines. Y yo que no quería reconocerlo: sí, punto, lo de Houston fue el más grande error de mi vida. Y ese, vamos —historias van, historias vienen— me lo llevo en la conciencia. Y hoy, vamos —historias vienen, historias van— estamos en un nuevo punto de partida.

Ilustraciones: Maitena

¡CONEJA AL AGUA!

Mi inscripción al gimnasio prometía convertirme en la versión femenina de Ian Thorpe. Y de paso encontrarme con cientos de hombres musculosos, húmedos y con poca ropa. O al menos eso decía el folletito promocional.

m_5b8300c2bab543c81459eed1100903c11.gifLlegué a la piscina como las grandes. Pelazo, maquillaje rigurosamente waterproof y discretísimo traje de baño completo fucsia —nunca entendí la prohibición a mi bikini brasileño— que combinaba a la perfección con la gorra de látex y el color de las uñas de los pies, gogles al cuello, havaianas blancas y toalla arrastrando a mi paso. Sabía que iba a impactar.

Al entrar a la alberca rodeada de ventanales empañados, el entrenador me miró con asombro. Obvio, pensé, el outfit estaba dando resultados. Detrás de los ventanales sentí los ojos de otros deportistas encima. En la alberca, varios especímenes hacían su parte.
El susodicho entrenador me pasó la mirada de arriba abajo y dijo:
—Ponte la gorra, métete a la regadera, cuelga tu toalla y regresa. Ah y quítate el reloj y tus pulseritas.

Antes de meterme bajo la ducha, ví desmoronarse mis expectativas con tristeza: ningún hombre que no sea Ian Torphe se ve bien en traje de baño. Tangas, shorts o speedo incluido. Como niña regañada, obedecí a sus órdenes y volví. Tiritando y con la piel de gallina me paré a la orillita de la alberca.

—¿Sabes nadar? Me dijo siempre con ese tonito rudo mientras señalaba el carril del los principiantes.
—Obvio, sí —contesté con fastidio. A mi nadie me iba a meter al carril donde usaban ¡tablita flotadora y manoplas!— nado bien.. supongo.

Este entrenadorcillo me estaba poniendo de malitas. Ante mi temblorina, me señaló el tercer carril. Me pare en la orilla junto al trampolín y lo miré con ojos sorprendidos. ¿No tenía que lucirme con un clavado, cierto? Tampoco iba a aventarme como mujer-bala tepetonguense para sacar toda el agua de la alberca.

Con gran estilo, me senté en la orilla, metí los pies, puse las manos a los lados y ¡splash! entré en el agua cual Silvia Pinal en película sesentera. Me dispuse a seguir sus instrucciones. Dos vueltas de croll.

Pegué los pies a la pared, me puse en posición de nado, sumergí la cara y me impulsé con fuerza.

Brazada… uno, brazada… dos, brazada… tres, giro de cuello, aire, sumergir cara no pude llegar al cuatro cuando sentí que me faltaba el aire. Estaba yo iniciando el nuevo conteo cuando sentí los pulmones reventar. En la brazada… tres, abrí la boca, salieron las burbujas. Giré el cuello, inhalé profundo y sentí el sabor del cloro hasta la traquea. Había dado tremendo sorbo al agua.
—Cof, cof, cof. Por más que traté de disimular me asaltó un ataque de tos mientras escupía agua hasta por la nariz. Otra vez, esto no era sexy. Noté cierta mirada burlona en mis compañeros de carril.

Decidí no dejarme vencer. El segundo ejercicio era una “flecha”: brazos extendidos al frente, sin movimiento e impulsada solamente por mis piernas. Para la segunda vuelta sentí que me hundía irremediablemente como “El Tamal González”. Glu, glu, glu. Me faltaba el aliento y las piernas me temblaban. Era yo un auténtico manatí.

De pronto en la orilla apareció imponente ella: la sirena. Delgada, piernas infinitas, atlética y divina alzó los brazos y se zambulló en el mismo carril que yo sin darme tiempo ni de parpadear. Casi sin salpicar volvió a surgir de la profundidad. El agua resbalaba por la gorra, la nariz y los hombros en cámara lenta. Con tremenda gracia se acomodó los gogles y abrió los brazos. Con los ojos como platos, me detuve. Se impulsó y empezó con un perfecto nado de mariposa. El agua parecía seguirle el ritmo.

Pasó a mi lado, humillándome muchísimo. ¡Joder! Pensé. Si una ya nada de esa manera, ¿qué diablos hace en la piscina de los principiantes?

Miré mi reflejo en los ventanales. Lo que ví no me ayudó ni tantito: los gogles oscuros que me agrandaban los ojos cual sapito, la gorra apretada como un chupón fosforescente en la cabeza y los hombros enormes hacían que me pareciera más a una de esas imágenes de extraterrestres de Maussan que a una sexy atleta olímpica.

Estaba yo en eso cuando apareció el profesor. Por un segundo tuvo compasión de mí.
—Vamos, dijo. No está tan mal. Y me dio instrucciones para las próximas 10 vueltas.
Con el ánimo otra vez arriba, puse todo mi empeño en coordinar respiración —uno, inhala, dos, aguanta, tres, gira, cuatro, exhala¬— con los movimientos de mis brazos, el ángulo a escuadra del codo y las patadas en los pies. A la décima vuelta las cosas parecían haber mejorado.

En punto de las 9 de la noche, sentí una combinación de cansancio y adrenalina. Ojos rojos, garganta irritadísima y con las piernas y los brazos a punto de caer. Miré al profe como gatito de Shrek:
—Eso es todo. Ya puedes irte a bañar, dijo.

Aliviada me dispuse a salir de la alberca. Ya encarrerada puse las manos en la orilla, los codos en escuadra y me impulsé. O al menos eso pensé. ¡Oquelachingada…! Me quedé con el ombligo pegado al borde, los nudillos blancos y las piernitas pataleando dentro del agua. Tras el tercer intento, decidí retirarme con estilo. Crucé los cuatro carriles faltantes. Del otro lado de la alberca y con gran aplomo puse el pie en el escalón. Sentí que todos me miraban. Salí de la piscina, y meneando las caderas, por las escaleras metálicas que parecía que nadie nunca en el mundo mundial había usado antes. Con la primera lección, había dado por terminado mi futuro acuático.

Ilustraciones: Arthur de Pins