CONEJITA CASI FAMOSA (Playlist: La cosa piú bella)

Se trataba de entrevistar a conocido artista popero italiano de visita en nuestro país. Grabadora en mano y muy perfumada —una nunca sabe dónde encontrará al hombre de su vida— aproveché mi buen italiano para hablarle en su lengua natal y quitarme de encima a la chicuela de la disquera que nos vigilaba.

pin-up_musardineprev-1.jpgLas manos me sudaban. Al final, tomó mi cuadernito, hizo garabatos y me lo regresó mientras salía. Miré la libreta y me puse roja. ¿Estaba uno de esos programas de cámara escondida? ¡Me había escrito su celular!
Mientras me debatía en el «llámalo», «no, no le llames» y «¿qué le digo al ex?», recapacité: ¿Tenía su número y yo pensando en el estúpido ex que me había abandonado? ¡A la goma! Llamé.
—Ehhh sí… este… mm… Soy la reportera… la de la entrevista de la mañana.
Trágame tierra, pensé. Ahora viene aquello de yo de ti ni me acuerdo.
—Te invito a cenar —dijo de improviso—. Aquí en mi hotel a las ocho —y colgó.
Ahora sí estaba en problemas.

Llegué al hotel y apenas había dado tres pasos cuando escuché mi nombre, se acercó, me dio doble beso y fuimos al comedor. En la mesa, en lugar de flores estaba… ¡toda su banda dispuesta a acompañarnos! ¿Qué esto no era un date?

En menos de tres segundos estaba en medio de un Club de Tobi remembrando sus anécdotas de los últimos 20 años. Yo sonreía a duras penas. ¿Qué estoy haciendo entre músicos italianos, forevereadísimos? Pasaban las 12 de la noche y no había logrado cruzar dos palabras a solas con él. ¿Qué parte de dejarnos solos no habían entendido? Cuando había perdido cualquier esperanza de ligue, él me tomó de la mano.
—Nos vamos a dormir —dijo.
Todos asintieron con naturalidad. Mi hombre empezó a caminar por el pasillo. Yo iba, casi arrastrando, detrás. Pasamos la recepción ante la mirada cómplice de las señoritas.
—Buenas noches, señores —dijeron.

Me encontré con una suite más grande que mi departamento y el de la vecina. El corazón se me salía del pecho. Ahí estaba yo, cual adolescente nerviosita, sin saber qué decir cuando apareció transformado. Descalzo y sin camisa, pants-pijama detenidos casi por un suspiro, canas en el pelo y lentes para ver. Me desmayaba.
—Ya te conocía… hace años. En Roma.
—¿Por qué no me hablaste?
—Porque no me hubieras hecho caso.
—Pero ahora sí.

Me tiró en el sillón y como película romántica —y obvio italiana— empezamos con los besos. Eso del empiernamiento, vamos, fluyó solito. Con vista a Reforma y el bombón enfrente, se me acabaron los prejuicios. ¡Era mi popstar infantil! Entre beso y beso, se me ocurrió grabarlo en mi teléfono y venderlo en millones a una revista de chismes. Pero terminaría enseñando mis cositas en YouTube. Mejor no.

Estábamos ya en el postromance cuando toc toc, se abrió la puerta y entró el personal manager. Ahí estaba yo medio encueradita en el suelo mientras mi popstar hablaba de negocios. El otro ni se inmutó. Recibió los papeles, me miró, sonrió y salió. ¿Así será esto de ser grupie?

A las 5 AM, mientras el susodicho roncaba, me deslicé bajo las sábanas de cien mil hilos de algodón purísimo, me vestí y bajé por el elevador. Miré con complicidad a las recepcionistas.
—Que carguen el estacionamiento a la habitación del Señor Popstar —dije con soltura.
No habían dado las seis de la mañana cuando llamé eufórica a madre, abuela, mejor amiga y obvio, ¡la redacción! Tenían que saber de mi aventura exótica… y capitalizarlo.

Y hubo más: durante toda la siguiente semana lo acompañé en ensayos cantándome al oído, cenas con ejecutivos de la disquera, noches de plática sobre pasados amorosos, besos largos en el camerino. Parecía idílico hasta el final fatal: el Gran Concierto… Él en el escenario y yo en la primerísima fila. Seis mil niñitas gritaban desesperadas. Lanzaban brassieres. Me retiré aburridísima al camerino. Una hora después llegó corriendo. Veinte personas lo seguían, le daban palmadas, le secaban el sudor, lo adulaban. Todos gritaban. Me hice a un lado, mientras cerraban la puerta del camerino. Me sentí florero.

Una hora más tarde, en la cena rodeados de fans que pedían autógrafos y ejecutivos que se felicitaban unos a otros, intenté despedirme.
—¿Cómo? ¿No vienes a Guadalajara?
¿Era una propuesta amorosa o me estaba pidiendo ser oficialmente su grupie?
—No puedo —dije—, tengo que trabajar.
Había nacido La Conejita de Indias.

Ilustraciones: Arthur de Pins 

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LA VIDA NO VALE NADA (Playlist: José Alfredo Jiménez)

Sonó el teléfono y del otro lado la voz indicaba emergencia:

Se acabó, dijo Conejito Gurú.

Era hora de correr y encontrarnos en un cafecillo. Un amigo me necesitaba. A pesar de la lluvia, salí en chanclas y tratando de ponerme un suetercillo ligero. El tiempo apremiaba. Ya en el auto, la cabeza trabajó a mil pensando en las palabras correctas.

¿Qué demonios le iba a decir yo a mi Conejito Gurú sobre el (des)amor? ¿Qué diablos sabía yo de cómo se recupera uno de una ruptura de ese tamaño? ¿Qué le reclamas a la última pareja conocida que te había hecho creer que el amor eterno existe? Lo único que podía aportar era la experienca —mucha, tanta— en caídas, remiendos y raspones.

Ya sentados en el café guardé silencio mientras él hacía el recuento de los daños como diría mi bien amada Señorita Trevi de los Amores Tormentosos.

Reconocí una a una las sensaciones. La del presentimiento de que una bomba está por caer. La de la conciencia de una pendeja ingenuidad que después de varios años y una casa recién comprada, nos hace creer que la historia durará por siempre. La de la angustia que nos despierta por las noches sabiendo que el que duerme junto se está yendo irremediablemente y no basta abrazarlo fuerte y por la espalda para detenerlo. La de la pérdida suavecita que se acerca despacito y de puntitas, casi sin hacer ruido. La de la terrible ansiedad que nos hace medir cada palabra para no desdencadenar una conversación que ya sabemos dónde irá a terminar. La de la irremediable llegada del final, aún con todo el esfuerzo sobrehumano por detener las aguas. La del estruendo ocasionado por el quiebre del corazoncito, estrellándose contra el piso casi en cámara lenta. La de la desesperación de tirarse al piso buscando los pedacitos bajo los muebles intentando —infructuosamente— volver a armar el rompecabezas amoroso. La del abandono que nos aprieta el esternón impidiéndonos respirar normalmente. La de la impotencia resbalando en dos tremendos lagrimones que parecen tener vida propia y no hacer caso a ningún mandamiento de nuestra parte más racional.

Reconocí, vamos, el proceso atascado de impotencia del último adiós. Ese mismo dónde estuve hace unos poquitos días y que ya parecen tantos siglos.

Lo miré con los ojos llenos de agua, casi tanto como los suyos, lo rodeé con los brazos fuerte fuerte, metí la cabeza entre su hombro y cuello, puse mi boca junto a su oído y rompí el silencio.

Lo peor, dije, es que esto también va a pasar.

Ilustraciones: Jordi Labanda