LA MENTE CUANDO BAJA LA MAREA… (Playlist: Yuri)

Cuando parecía que se había quedado muy atrás reapareció: el Conejito Vagabundo aquél de Puerto de mis amores, ese de la historia de amorío platónico con sabor de mar. Y yo no puedo negar que son cosas del destino.

La cosa empezó con un correo, simple. Como los de hace unos meses.

“¿Qué ha sido de su vida? Se solicitan noticias suyas. Beso. Bridget Jo”.

Contestó al minuto siguiente.

“Princesa ¿dónde estas, en Méjico DF o era un espejismo? Estoy en Méjico capital pero me voy en unas horas.

Y ahí te voy, tonta tonta que no entendí el mensaje. Y sin prisa alguna me fui a comer con tremenda calma chicha. Al volver tenía un papelillo pegado en la pantalla de la computadora.

“Habló Conejito Vagabundo. Está en un hotel sobre Reforma. Dejó su número. Llama”dibuix71.jpg.

Después de tres minutos de darle vuelta al teléfono, descolgué. El corazón se me detuvo por un momento mientras marcaba. Han pasado ya tantos meses del encuentro aquel. Y como diría La Gran Yuri de Cristo Redentor, «no recuerdo el arco de sus cejas ni siquiera puedo hablar apenas de otra cosa que no sea su olor…»

Al tercer tono, contestó. Un simple «Diga» me rebotó de golpe todos los recuerdos directito en la boca del estómago: los pies descalzos, la piel quemada por el sol, los ojos casi transparentes, las cejas pobladas, las vueltas al mundo cargadas sobre sus hombros y sobre todo, la libertad. Esa. La que le llenaba la sonrisa.

Cual Thalia en plena canción tonta con Eric, tartamudeé. Atiné a decir tres tonterías del tipo «¿dónde andas, qué haces, a qué hora te vas?». Habló de su partida, de Costa Rica y de los ocho días que tardará en regresar al Puerto de mis Amores. Frases más, frases menos, colgamos.

Con el teléfono aún en la mano me pregunté ¿por qué demonios no me había pedido que corriera a verlo? o ¿por qué demonios no lo propuse yo?

Horas después, cuando ya casi lo había olvidado, ví el sobrecito ese que aparecía en la pantalla del celular. Distraída, marqué el *86. Después de la letanía de la señorita esa atrapada dentro del celular, escuché su voz. Era él. Una vez más. O más bien, era él antes de nuestra llamada de la tarde.

La voz era distinta. Me pedía dos horas robadas. Una cita antes de partir. Un café como el de entonces. El beso que nos faltó. Tuuuuu.

¡Joder, joder, joder! ¿Pero por qué a mi la cosa amorosa siempre me sale a destiempo? Antes de aventar el teléfono, recapacité. O más bien, me dejé llevar por otro de esos impulsos típicos de esta Conejita: ya traigo en la bolsa un boleto de avión con salida dentro de ocho días.

Ilustraciones: Jordi Labanda