DANCE, BUNNY HONEY, DANCE DANCE (Playlist: setenterísima Penny McLean)

¡Se festejó! Sí, ¿cómo no? señores. Cómo se debe. Y aún no termino.

Empezó con una felicitación radiofónica muy mañanera. Luego globos y regalitos varios en la oficina. Vamos que, aunque no parezca, a esos niños yo los quiero de veritas. Le siguieron abrazos varios. Comida yucateca en mesa larga larga en donde el tema —cómo no iba a ser— fue la edad y las expectativas amorosas. Y terminó ¿dónde más? en la Covadonga de Todos los Jueves. Tequilas hasta las 3:35 am. Y buenas noches.

Pero si la fiesta apenas empezaba. Le siguió un viernes de pastel, juntas eternas y la preparación para La Gran Noche. Bronceado impecable, pelazo, tacones de vértigo, vestido nuevo —seda absoluta y nada más—. Salí con Best Friend Bunny y Miss Bussines Bunny haciendo el trío perfecto. El antro, nos esperaba.

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Ahí me encontré con los indispensables. Y que venga, que la pista fue sólo mía. Toda la noche, casi eterna. Desde las diez con el primer tequila hasta las siete de la mañana, una botella después. Las historias, en tanto, giraban a mi alrededor. Mientras alzaba los brazos, sacudía el pelo y movía la cadera se me iban resbalando por el vestido ligerito ligerito las penas de antaño. Las de todo un año.

Pasé de brazo en brazo, pegué cadera con cadera, viejos conocidos —y uno que otro nuevo— se unieron al ritmo de mis 33 cargados toditidos en el pecho.

7291.jpgCasi como una bola de espejos setentera, que mientras gira va dejando cuadritos de luz pegados en la pared, así se iban desarrollando historias alrededor.

Unos gozaban de amor. Otros de desamor. Algunos sin tardanza encontraron bocas que dejaran frasecitas pegaditas al oído con saliva, de esas que dejan una sensación calientita abajito del ombligo.

¡Venga, báilele!

Hubo quién se enamoró tres veces en una sóla noche. Y se desenamoró cuatro.

Conejitos Bugas que desaparecieron veloces ante visiones nunca antes vistas. Conejitos bugas que se quedaron curiosos para descubrise mundos nuevos.

¡Salud!

Conejitos que encontraron Conejitos. Conejitas que jugaron a ligarse Conejitas. Conejitos Gays enganchados de Conejitas Bugas.

—Brindis: «qué éste sea el peor día de los que vendrán con el nuevo año» ¡Eso, joder!

Como destellos, historias saltarinas que nacieron, crecieron y murieron sacudiéndose entre los pliegues de mi vestido. Entre la música que me retumbaba en los oidos y la cabeza dando vueltas me detuve un segundito y miré por la ventana.

—«Lo tengo todo» me dije. Y sólo, por un instante, extrañé dos grandes ausencias.

Cuando el cielo sobre Reforma se pintó de rosa llegó la hora de partir. Con los pies más adoloridos que nunca y dos —bueno tres— hotdogs en el estómago llegamos a casa.

Eramos otra vez, las tres. Básicas, indispensables, cómplices. Reíamos como estúpidas, mientras los transeúntes mañaneros nos miraban de reojo. Zapatos en mano y recuento de los recuentos de la noche llegamos a mi cama. Como adolescentes en viaje de fin de año, nos quitamos la fiesta de encima sin parar de reír. Caímos como plomo sobre las sábanas blancas, rendidas.

—«Las quiero —pensé pero no atiné a decirlo—. Gracias por estar».

No sé en qué momento nos quedamos dormidas.

Ilustraciones: Jason Brooks 

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VUELA, VUELA (Playlist: Magneto)

bubbles-defv04prev.jpgY sí, la Conejita voló.

Tomó el avión, se fue de viaje, enterró viejas tristezas, desenterró nuevas esperanzas y ya luego contaré con detalle hartas historias que me traje en la maleta: del Conejito Vagabundo pero también de Conejitos Varios. Nomás recuérdenme de los Conejitos Asustadizos.. ¡cuatro en menos de un mes!, los Conejillos Indecisos, el Conejillo Hotelero, la reaparición de Mr. Peruvian Bunny y de otros del estilo y hasta por ahí unos Conejillos Juveniles y quién más tenga, que más le ponga.

Mientras tanto, así como iba aterrizando el avión a esta Conejita se le bajonearon las orejas. Estaba sentadita, mirando por la ventanilla, cuando el recuerdo como siempre traicionero me saltó por la espalda. El frío del aire acondicionado, el cinturón de seguridad en el ombligo, las nubes acolchonaditas a la altura de la nariz… No pude recordar las palabras exactas, pero era como si estuviera sucediendo. La mismita sensación atrapada a la altura del esternón, como si faltara el aire. Esa que sentí, hace unos cuantos siglos —que en realidad, el calendario cuenta como unos cuántos meses—. No bien estabamos volviendo de nuestro triunfal viaje como una pareja recién estrenadita cuando supe que todo había terminado. Como si el piloto hubiera anunciado por el altavoz que el avión estaba a punto de caer. Moví la cabeza.

«Esto es —me dije— culpa del pre-cumple»

Bajé del avión dejando al recuerdo metidito debajo de la almohada y tirado en el suelo alfombrado. Al caminar por las escalerillas supliqué que no volviera nunca. Que este fuera el cierre blindado de uno de esos ciclos en los que tanto me gusta ciclarme. Que esos dos lagrimones que me estaban escurriendo por las mejillas fueran los últimos de esta temporada. Que —¡bendito!— el que está por llegar fuera el más grande de los grandes Conejillos que la vida me ha puesto en el camino.

Ahora, metida en la cama, cuento los minutos. Faltan 52 exactos para que se acabe el último día, del último año de mis últimos 32 años. Sólo me queda decirme: ¡Feliz cumple, Bridget Jo!

Ilustraciones: Arthur de Pins 

LA MENTE CUANDO BAJA LA MAREA… (Playlist: Yuri)

Cuando parecía que se había quedado muy atrás reapareció: el Conejito Vagabundo aquél de Puerto de mis amores, ese de la historia de amorío platónico con sabor de mar. Y yo no puedo negar que son cosas del destino.

La cosa empezó con un correo, simple. Como los de hace unos meses.

“¿Qué ha sido de su vida? Se solicitan noticias suyas. Beso. Bridget Jo”.

Contestó al minuto siguiente.

“Princesa ¿dónde estas, en Méjico DF o era un espejismo? Estoy en Méjico capital pero me voy en unas horas.

Y ahí te voy, tonta tonta que no entendí el mensaje. Y sin prisa alguna me fui a comer con tremenda calma chicha. Al volver tenía un papelillo pegado en la pantalla de la computadora.

“Habló Conejito Vagabundo. Está en un hotel sobre Reforma. Dejó su número. Llama”dibuix71.jpg.

Después de tres minutos de darle vuelta al teléfono, descolgué. El corazón se me detuvo por un momento mientras marcaba. Han pasado ya tantos meses del encuentro aquel. Y como diría La Gran Yuri de Cristo Redentor, «no recuerdo el arco de sus cejas ni siquiera puedo hablar apenas de otra cosa que no sea su olor…»

Al tercer tono, contestó. Un simple «Diga» me rebotó de golpe todos los recuerdos directito en la boca del estómago: los pies descalzos, la piel quemada por el sol, los ojos casi transparentes, las cejas pobladas, las vueltas al mundo cargadas sobre sus hombros y sobre todo, la libertad. Esa. La que le llenaba la sonrisa.

Cual Thalia en plena canción tonta con Eric, tartamudeé. Atiné a decir tres tonterías del tipo «¿dónde andas, qué haces, a qué hora te vas?». Habló de su partida, de Costa Rica y de los ocho días que tardará en regresar al Puerto de mis Amores. Frases más, frases menos, colgamos.

Con el teléfono aún en la mano me pregunté ¿por qué demonios no me había pedido que corriera a verlo? o ¿por qué demonios no lo propuse yo?

Horas después, cuando ya casi lo había olvidado, ví el sobrecito ese que aparecía en la pantalla del celular. Distraída, marqué el *86. Después de la letanía de la señorita esa atrapada dentro del celular, escuché su voz. Era él. Una vez más. O más bien, era él antes de nuestra llamada de la tarde.

La voz era distinta. Me pedía dos horas robadas. Una cita antes de partir. Un café como el de entonces. El beso que nos faltó. Tuuuuu.

¡Joder, joder, joder! ¿Pero por qué a mi la cosa amorosa siempre me sale a destiempo? Antes de aventar el teléfono, recapacité. O más bien, me dejé llevar por otro de esos impulsos típicos de esta Conejita: ya traigo en la bolsa un boleto de avión con salida dentro de ocho días.

Ilustraciones: Jordi Labanda