QUIERO DORMIR CANSADO (Playlist: Emmanuel)

1153937367_f.jpgEl pretexto fue un café. Llegué corriendo al local de siempre y ya me esperaba. Nos sentamos y pedimos lo de siempre. Un caffe latte para mí, un espresso para él. No habían pasado diez minutos cuando con el pretexto de padecer de un sueño profundo, decidimos irnos.

¿A tu casa o a la mía? pregunté sarcástica, sabiendo que la primera no era siquiera una posibilidad.

Al subir las escalera platicabamos de cualquier tontería. Nerviosos. Habían pasado tantos días convertidos en siglos desde la última vez que subimos esos escalones. Tras dos intentos, logré meter la llave en la cerradura. Me estaba jugando la estabilidad de los próximos mil años.

Dejamos las cosas y con paso ligeramente apresurado llegamos a la habitación. De reojo, noté cómo empezó a desabotonar la camisa. Supongo que notó mi sorpresa.

¿Me prestas algo más cómodo? dijo casi apenado.

Sin zapatos y con la camiseta rosa mexicano sonrió y se tumbó en la cama. Me deshice de los tacones, estiré la frazada y me acosté a su lado. Como si nada hubiera pasado estabamos ahí, los dos, uno frente al otro, bien metiditos bajo el sarape. Hablabamos casi con prisa.

La inercia natural hizo que mis pies se metieran en medio de los suyos, su muslo se enganchó con el mío como tratando de recordar aquella mejor manera de ocupar el mismo espacio, deslizo su brazo bajo mi nuca y dejamos que su nariz rozara la mia. Cerré los ojos y aspiré su aliento. Estaba a punto de caer.

La memoria me traicionó y el estómago se me hizo chiquito al reconocer como mío ese olor de hace tantos siglos.

Abrí los ojos, parpadeé mientras me miraba fijamente. Reconocí el color de sus ojos, las cejas despeinadas, el color de su piel y la mueca de lado. Sonrió y murmuró un tequiero como sin darse cuenta, como no queriendo. No respondí.

Acomodé la cabeza y me quedé dormida durante casi dos horas. Me perdí entre los brazos del Conejito que quizá mejor me conoce en todo el mundo mundial. Y al que, en ese momento, estaba desafiando.

Cuando abrí los ojos estaba poniendose de nuevo la camisa. Amarró las agujetas de sus zapatos y se dirigió a la puerta. Quiso decir algo pero se lo impedí. Me giré en la cama, subí la frazada hasta el cuello y le sonreí. Lo miré alejarse sin decir palabra. Oí el sonido de la puerta al cerrarse. Y me sentí aliviada ante su ausencia.

Su segura servidora, La Conejita de Indias había pasado la prueba de fuego: el Conejito de Miura ya no haría daño porque esta vez fui yo quién no quiso detenerlo.

Ilustraciones: Jordi Labanda 

ME ACORDARÉ DE TÍ Playlist: Mijares)

Tuve dos minutos de flaqueza. De esa flaqueza tonta que te ataca por la espalda y no da tiempo de reaccionar con la cabeza. De esa que te hace ponerte de pechito y sin siquiera meter las patitas. Pero vamos, pasa.

Y es que, no sé cómo, de pronto estaban en mi cabeza —al estilo de me muero por besarte, dormirme en tu boca, me muero por decirte que el mundo se equivoca y shalala de la quinta y españoleta estación—. Sí, sí. Los recuerdos se me agolparon entre panza y corazón. Como suele suceder, salieron disparados por la boca sin tocar siquiera la cabeza. Joder. Muerta, resulté

1167182443_f.jpgAhí estaba la conejita, con el pelito mojadito, los ojitos tristes y las antenitas caídas abriendo la cajita de Pandora (la mitológica y hasta la de las tres retros-ochenteras): estaban acomodados por fecha el primer beso bajo la lluvia, el despertar sin saber siquiera el apellido, los mensajes encriptados, los pretextos para robarnos dos horas al día, le siguieron la entrega (en primicia) de las llaves de algo más que un departamento, las risas bajo la ducha, aquella cena de carne y vino, la libertad aprendida de la caída, el espacio infinitamente pequeño entre piel y piel. Y sí, el respiro compartido. En orden cronológico abundan los empiernamientos de mañana, tarde, moda y noche. Y no, por más que no quería abrirlo, llegó el turno del paraíso tocado con la punta de los dedos.

Ahí estaba yo recuerde que recuerde, haciendo abuso de mi yo más sentimental cuando ¡pum! me topé de frente con ese muro racional que me desquicia.

«No debe ser» se oyó lejitos pero claro.

Y pocas veces como hoy odié el verbo deber con su fiel acompañante el ser. ¿De verdad no debo? ¿no debo ser? ¿no “debe” ser? ¿a cuenta de quién o de qué? insistí en preguntarme.

Lentamente cerré la cajita. Nada fácil resultó eso de meter cantidad de recuerditos varios: calores sofocantes entre el ombligo y la ingle, escalofríos por la espalda, humores y sabores de diossabedónde, colores que se pintan a ojos cerrados. Apretados todos. Parecía que no había manera de hacerlos entrar en el espacio reducido que conforman trescientos treinta y tantos días.

Esta vez, sin lagrimitas en los ojos, puse la tapa y amarré el listón rematando con tremendo moño cursilón. Con gran cuidado la puse en el buró, cerquita de la cama. Ahí donde habitaba Manolo, mi pececito de cabecera. Sin dejar de mirarla, me metí bajo las sábanas y cerré los ojos.

Mañana —pensé— llegará la hora de tirarla a la basura.

Ilustraciones: Jordi Labanda

ABUELITA DIME TÚ (Playlist: Heidi)

Pocas certezas tengo en la vida. Una de ellas, es la de los domingos en su casa. Está ahí, sentada. Al acercarme reconozco ese olor característico: Trèsor. Desde hace años, todos. Desde hace una vida. Casi siempre me siento a su lado y meto la cabeza cerquita de su cuello. Entonces me toca la cara y da dos o tres palmaditas en mi mejilla. Siento el frio contacto de sus anillos.

joselito.jpgTengo como ella, un lunar en la barbilla y la vieja costumbre de tener un refrán para cada situación. También llevo a cuestas una variación de su nombre. Y aprendí, de ella, a conservar obsesivamente las uñas pintadas y soltar un ¡carajo! como agua que va.

Durante todo este tiempo, sólo reconozco mi hogar al abrir una puerta y escuchar campanillas. Sólo tumbada en el sillón del despacho miro, sin culpa alguna, las telenovelas de la tarde.

Hace unos meses, sin embargo, la vida cambió: hay menos refranes y más rezos, menos risas y más murmullos a su paso. Hace unos semanas, que ya parecen siglos, todos nos miramos a los ojos, parpadeando velozmente para que no se nos cristalicen.

Hace sólo unos días, me senté a su lado con unos cubos de colores y jugamos a hacer edificios, un pato y una vela. Y mientras yo hablaba compulsivamente, haciéndome creer que este era un juego de adultos y no de viejos a los que tratas como niños, ella no dijo nada. Armó pacientemente la última pieza y me la entregó en la mano, como aliviada de cumplir con mi tremenda estupidez. Sonrió y se levantó dejándome con toda la tristeza a cuestas. Con la certeza, de ella y mía, de que me queda menos tiempo. A mí y no a ella. Poco, muy poco tiempo para darle los besos que todavía tengo guardados. Para preparame a una vida que no concibo sin olor. Para que empiece a acumular las lágrimas que no me alcanzará la vida para llorar completas.

POR VOLVERTE A VER (Playlist: Dyango)

ast12g.jpgEl speech es el mismo. Nada más cambia el interlocutor:

Mi queridísima Conejita, entre tu y yo siempre habrá algo que nos una. Bla, bla, bla.

Esa vieja historia del lazo invisible de ‘ombligo a ombligo’, de las tardes de empiernamiento que uno no pasa así nomás al cajón de los olvidos, de la amistad profunda que se formó, así por abajito, casi sin darnos cuenta, entre beso y beso. Y hasta por mi infinita e increíble capacidad de entender que las cosas, un día, así sin más, se acaban.

Será el sereno, pero siempre, uno a uno, han terminado por regresar. Desde Conejito Filósofo, atormentado amor adolescente que reapareció al paso de muchos años para caminar juntos por las calles neoyorquinas en pleno maratón.

Lo hizo también Mi Conejito Napolitano, meses después de la brutal ruptura, con una cita en la cubanísima isla del Caribe. Una cita sólo que nos dejó borrachos de besos, calor y ron.

Y si de cuenta se trata, siguen faltándome dedos para ponerle números a los recuentos con el Conejillo de Miura. Una y otra vez. Algunas con pretexto, en otras ni siquiera hubo necesidad de inventarnos alguno.

¿Qué tal la reaparición de Mr. Perfect Bunny? Después de casi un año de silencio y distancia, un dia sonó mi teléfono. Pasaba que se había dado cuenta del tiempo dejado pasar.

Y así, hace apenas unos días aparecí sentada en un patio, al borde de una fuente colonial y hasta el sol que ese día decidió amanecer bonito. Junto a mí, el Conejito de turno, estresadísimo, relataba el mismo speech. Casi casi acomodando las comas y los puntos en el mismo lugar.

En algún momento dejé de escucharlo y me limité a mirarle los ojos negros, más negros en los que me he visto. Y esas cejas (cómo diría Papito Bose). Parecía tan convencido del argumento como los anteriores. Se había aprendido el guión a la perfección. Una tras otra le salieron las frases, detenidas apenas con alfileres. No tenía sentido —como bien tiene la costumbre esta Conejita— contradecir, cuestionar, confrontar. Al fin y al cabo, un dia, dentro de muchos siglos, volverá a sonar mi teléfono. Sólo para medir el espacio que no dejamos entre piel y piel.

Ilustraciones: Jordi Labanda 

CONEJITA EN PIE DE GUERRA

¿Te atreves o a poco nunca has jugado gotcha? me preguntaron los machos de la Redacción.
Obvio sí, contesté con la mentira más grande que me llenaba la boca. Nos vemos el sábado a las 8 de la mañana.

bunny-girlz1.jpgEmpezaba mal. ¿Por qué había hecho una cita en un horario inconveniente? Y obvio, ¿qué me voy a poner? fue la siguiente pregunta que rondó mi cabeza.

Decidí usar un outfit a la Tomb Rider. Estaba lista para enfrentar cualquier cosa. Sobre todo a una tribu de hombres solos, solísimos, en pie de guerra y sólo para mí.

Desempolvé los pantalones cargo y las botas CAT. Un ligero toque de maquillaje, gafas oscuras y el pelo –perfectamente alaciado– en una cola de caballo completaron el look. Al espejo era la viva imagen de la sexy-ruda Lara Croft y estaba dispuesta a ganar esta batalla.

Llegué a la cita. Más de siete hombres se habían reunido portando pantalones camuflajeados, botas, chalecos, chamarras verde militar y una actitud adrenalínica que no se les veía entre semana.

Y sí. La única conejita era yo.

Llegamos al campo abierto y polvoriento de eXperimenta cargados con un verdadero arsenal. Mientras los susodichos armaban, desarmaban, limpiaban y examinaban cada pieza de los rifles, yo hice la fila para obtener careta y chaleco. Finalmente obtuve un par de prendas húmedas y malolientes resultado del sudor de los equipos anteriores.
¡Joder! Esto no estaba siendo sexy. Ya estaba apestando y no había empezado a correr.

A la hora de la repartición de los equipos, me sentí como en la primaria: con la extraña sensación de que ninguno me quería en su bando. Salieron primero los expertos, le siguieron los más fuertes y resistentes, después los novatos y al final.. yo. Casi como de pilón.

Entramos al campo y empezó la batalla. Corrí como una loca detrás de unos botes. Oía disparos, poing, boing, respiros, susurros y adrenalina. Esperé en cuclillas con las pantorrillas entumidas. Ni siquiera mis clases de Pilates me causaban ese efecto. En algún momento tendría que disparar y no tenía la menor idea de cómo usar el arma. Minutos (¿horas?) después oí mi nombre. Me buscaban. La batalla había acabado y yo no ocupe ni una sola munición.

Para la segunda batalla, prometí hacerlo mejor. Apenas dieron las instrucciones me agazapé detrás de unas llantas, espiaba por un agujero temblando. Al voltear reconocí “al experto?. Me hizo señas y señales que no entendí. Lentamente asomé la cabeza detrás de las llantas. Alisté el arma, y cuando puse el dedo firme en el gatillo… ¡poing! Una pelotita se me impactó a toda velocidad en la frente, derramando un liquido viscoso. Me dieron ganas de llorar.
–¡Aaaay! grité.
Muerta, respondieron por ahí.
Váyanse al carajo, pensé.

La siguiente batalla consistía en “robar una bandera de campo enemigo?. Aunque nunca vi la bandera, me dispuse a seguir a los más hábiles. Uno de ellos, de lentes, mirada tiernita y no de mal ver me echó el ojo.
Tú juegas conmigo, dijo con aire autoritario.
A huevo, pensé, éste ya cayó
Seguro el hombrecito había notado mi aire a la Angelina Jolie y trataría de entablar conversación en medio de tan sangrienta batalla.
¬¬–Tres, dos, uno.. ¡corran! Y ahí voy detrás del joven de los lentecillos.
Escóndete ahí, dijo señalando detrás de un árbol. ¡Pechotierra! gritó.
Estábamos los dos, lado a lado y yo buscándole el lado romántico al asunto cuando sentimos un movimiento. Era el último del bando contrario.
Vas, me dijo.
¿A dónde? pregunté
Sal para que te vea y yo dispare.
¿O sea cómo? pensé Ahora resulta que soy la carnada… Ay ajá,
Su mirada no me dejó replicar. El gesto adusto, los labios en una mueca rígida, el ceño fruncido. ¡Joder! Parecía cuestión de vida o muerte. Y obvio, la muerta fui yo: apenas intenté correr hacia el objetivo recibí una ráfaga de endemoniadas pelotitas que fueron a impactarse directito a mi trasero dejando marcas como de celulitis. Auuuch.

Tras mi heroico suicidio, el jovencillo de los lentes ni me volvió a mirar. Decidí que era hora de emprender la graciosa huída y sentarme en la zona donde una novia aburrida esperaba el regreso triunfal de su peoresnada.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando los ví regresar. Uno más sucio que el otro, arrastrando los pies. Por fin, había acabado la guerra. O eso pensé. La testosterona flotaba en el aire y uno tras otro, contaron, recontaron y volvieron a contar sus hazañas en el campo de batalla. Parecían niños de 10 años. Y lo eran.

De pronto, la novia aburrida decidió avanzar, muy coqueta, con caminadito numero tres. Me ardí. La susodicha, a diferencia de esta Conejita empanizada de tierra, con un chichón en la frente y manchas de pintura en la ropa, lucía pantalón ajustadísimo blanco impecable, tacones y top cortito. En el centro, más de 20 se ponían y quitaban uniformes contando sus hazañas con aspavientos. Y ella estaba a punto de pasar por el medio de mi ¡mi! grupo de hombres contoneando la cadera.

Entonces sucedió el milagro. Ella cruzó y mis muchachos apenas miraron de reojo y volvieron a la discusión. Sentí una oleada de orgullo. No había mujer capaz. El gotcha, lo supe, era cosa de niños.