LA CONEJITA BAILA… ¡ASÍ!

Bailar como Shakira sería cosa de nada si frente a mi se encontraba el coreógrafo que hizo de las caderas de la colombiana un verdadero objeto del deseo.

Decidí aceptar la invitación de Nike para entrarle a eso del Rockstar Workout DanceHall pensando que mi espíritu tropical y piesecito bailarín bastaban para ponerme al nivel de una clase con el mismísimo Jaime King. Si el coreógrafo ha hecho bailar a Madonna, Ricky Martin y Britney, yo no podía faltar en la lista.

 

Llegué a la cita muy convencida de mis capacidades en el movimiento pélvico. Apenas iba a estacionarme frente a la alfombra roja cuando un imponente camionetón negro de vidrios polarizados opacó a mi discreta Princesa Yaris. Al abrirse la puerta, bajaron dos famosas modelos luciendo el palmito como en pasarela. Decidí guardar mis movimientos pélvicos para más tarde.

 

Caminé por la alfombra al lado de mis compañeras mientras las fans nos saludaban desde la orilla. Mientras tanto, otras chicas nos daban instrucciones para llevarnos a nuestro destino. ¡Ah que sensación! Eso de ser estrella, después de todo, no está tan mal.

 

Tras el recorrido llegamos a los camerinos. Frente a mí había una habitación blanca, enorme. Al fondo, una amable Chica PR nos sonreía paradita frente a un rack lleno de ropa con etiquetas colgando. Ahí estaba el nombre de cada una de nosotras: Bárbara, Montserrat, Dominica, Lily, Gaby… Entré en pánico.

 

Las famosas caminaron hasta la Chica PR quién sin preguntar les acercaba el gancho con las prendas mínimas colgando.

—talla 0.. ¿tienes una talla más chica?.. ¿la S es la más chica?… puedes hacer que me ajuste mejor… no no.. talla 3 no! Me puedes mandar al diseñador para que le meta un poquito. ¡me veo gordísima!

 

Tras decir mi nombre me entregó un gancho con el outfit completo. Todo talla M. Tomé aire y fingí indiferencia mientras me desabrochaba el pantalón. Seguro ninguna notaría que mis piernas medían 30 cm. menos de largo y 10 más de circunferencia si me lo tomaba con calma.

 

Con rapidez sin igual me metí la camiseta tratando de no quedar con la cabeza atrapada entre la lyckra, contuve el aire, sumí las costillas e intenté subir el pantalón. ¡Joder! Lo sabía. Mi trasero infinito, cual Ninón Sevilla, había decidido no entrar ni por error. Quedó atorado en la cadera, justo a medio muslo mientras las otras resbalaban sus piernas infinitas en pantalones talla cero y acomodaban los senos en tops sin necesidad de varillas. Con la prenda a la mitad caminé hacia el mostrador.

—Disculpa, dije a media voz… tendrás otra talla?

—¿No te quedóoooo? preguntó mientras todas volteaban a mirar mi trasero indecente.

 

Una vez librado el mal momento, corrí a accesorizarme. Nadie, me dije, iba a humillarme. Pulseras, sombrero, lentes, en absolut bling bling completaron el look de rockstar.

 

Me lancé a la pista. Cientos de chicas aplaudieron mientras nos colocamos en la primera fila, como era de esperarse. Lo que no me esperaba eran las cámaras de televisión. Mi imagen se reflejó en las megapantallas alrededor del lugar. Sonreí nerviosa. De pronto, sonó la música. El lugar retumbó. Cuatro bailarinas negras, enormes e imponentes saltaron a la pista. Las luces brillaron y el mismísimo Jaime King entró al escenario.

 

Dos segundos después lo tenía justo frente a mí. Alto, rubio. Y me miraba. ¡Go, go, go! gritaba mientras aplaudía con fuerza. Reaccioné e intenté seguir el paso. La sonrisa de Jaime era simplemente encantadora. Un paso adelante, uno atrás. Yo sonreía segura de que me miraba sólo a mí. Di dos pasos. 1, 2, 3, 4 repetía al tiempo que movía los pies. Ahora movíamos los brazos. 1, 2, 3, 4, lo hice. Le siguieron dos patadas, una vuelta, dos movimientos de cadera. Me perdí. Apenas iba a sacar el paso cuando cambiaban al siguiente.

¡Joder! Cuánta presión y Jaime que me miraba directito, sonreía mientras sudaba y me hacía señas con las manos.

—Come on.. parecía susurrarme.

Con los ojos como platos y sonrojada trataba de desenredar los pies.

 

A mi lado, una de las conductoras se movía con fuerza. No seguía los pasos pero qué ritmo llevaban sus senos bamboleantes. En esas estaba, cuando un sonido llamó mi atención. Del otro lado, la actriz chaparrita del mini top no paraba de sonreír a la cámara mientras gemía… Sí, ¡gemía!

—Uhhhmm, pierna arriba… agghh, brazo a la cintura… mmmh, vuelta atrás.

Alcé las cejas. ¿Cuál era la relación directa entre la coreografía del gringo y representar un orgasmo en la pista al mejor modo de Sally?

 

Traté de concentrarme en mis propios movimientos: como por arte de magia, había logrado seguir la primera rutina sin equivocaciones. Quizá por el terror que me infundía la negra enorme que me gritaba ¡up up up, don’t stop! y otras cosas más sobre el ritmo cardiaco. Yo sólo sentía que el corazón me palpitaba en los cachetes.

 

Casi dos horas después, con la camiseta mojada, ahí seguía moviendo las caderas como sólo Shakis y yo sabíamos hacer. Al terminar la sesión, noté que era la última. Las VIP se habían rendido. Y Jaime estoy segura, se acordaría de mí.

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