Yo, conejita del 4º piso, en mi sano juicio declaro…

Han pasado unas cuantas semanas desde aquel fatídico anuncio y parece que nos ha caído una vida entera encima. Y no por las arrugas, pero sí por las decisiones más trascendentales que hemos de tomar. Todo ha cambiado y no precisamente en el rumbo que teníamos pronosticado. Aclaro, no quiere decir peor, sino simplemente distinto.

Ahora estamos en casa con una remodelación a medias, con dos abuelas consentidoras de un Bebé Tortugo que pasó a vivir a su habitación, dejó momentáneamente la guardería y se aprovecha de que las reglas gozan de cierta flexibilidad.

Cada que noto una conducta que anteriormente “no estaba permitida en casa”, me obligo a pensar que tendré los próximos 17 años y medio para restaurar los “amorosos daños”. Mientras tanto, respiro tranquila porque en casa hay cuatro brazos dispuestos a darle todos los besos que necesita cuando sus papás están atrapados en un cuarto de hospital.

Quizá el momento más crucial ha sido cuando El Conejo Dueño de Mis Quincenas y esta loca Conejita se sentaron a la mesa a planear eso del mentado testamento.

No que nunca lo hubiéramos pensado. Es más, lo de los respectivos dueños de las quincenas del otro incauto queda claro cada fin de mes y después de años de ardua logística financiera amorosa. Sin embargo, había llegado el momento de ponerlo negro sobre blanco. Al principio, el machote no parecía tan difícil de llenar:

“En caso de fallecimiento de uno de los cónyuges, ¿las cuentas? A nombre del otro cónyuge. ¿Las propiedades? A nombre del otro cónyuge. ¿Las decisiones médicas en caso de incapacidad? A nombre del otro cónyuge. ¿La custodia de Bebé Tortugo? A nombre del otro cónyuge. ¿En caso de que ambos fallezcan?…”

Los puntos suspensivos flotaron en el aire. Esa posibilidad no era parte de nuestro nuevo conjunto de “sucesos”.

-¿Tú a quién dirías? comentó casi al aire el Conejo Dueño de Mis Quincenas.

-A mi mamá, respondí tajante.

El silencio se hizo denso.

-Tu mamá tiene más de 65 años. Y la situación en México no está de lo mejor, dijo sin ninguna intención en la voz.

El comentario cayó como bomba: mi familia inmediata, mi país y mis raíces estaban siendo eliminadas de la competencia sin posibilidad de repechaje. Las suya -en la lejana Colombia- ni siquiera estaba siendo considerada.

-¿Qué opinas de mi hermana y su marido? Adoran y conocen a la perfección a Bebé Tortugo, no tienen hijos, viven en el Paraíso Tropical, son jóvenes, son solventes…

En efecto y fríamente calculado no había manera de poner reparos. Pero decidir sobre la vida de Bebé Tortugo en manos de terceros no era asunto fácil. Los ojos se me humedecieron.

-Habría que hablar con ellos, alcancé a tartamudear. Por algo no quieren tener hijos … No podemos dar por hecho … Quizá podemos acordar vacaciones en México… bla, bla, bla… se me fue apagando la voz.

El asunto no se volvió a tocar hasta que nos sentamos frente a frente con la pareja en cuestión

Tomé la batuta y aclaré la voz. Era simplemente un trámite “preventivo” me dije. La selección era sin duda la mejor y no había nada que temer.

Sin embargo, al primer intento de mencionar la palabra testamento, custodia y tutores la voz se me quebró como no había sucedido en todos estas semanas. Los ojos se me desaguaron y no podía articular palabra entre los sollozos. ¡Diablos! ¿Qué no era ahora que debía mostrarme segura de la decisión crucial que íbamos a tomar?

Estábamos poniendo ahí, sobre la mesa, la otrora infinita-remota-impensable posibilidad de que no fuéramos nosotros los que estuviéramos a cargo de la vida de Bebé Tortugo. Estaba verbalizando formar parte de una fatídica estadística. Estábamos firmando el lejano futuro de un chaparrito que -cada mañana cuando nos mira con esos ojos descomunales- sonríe con la confianza de que sabremos tomar las mejores decisiones en su nombre.

Y yo, con toda mi estúpida experiencia de Conejita del 4º piso, guerras y guateques, no tenía la manera de prometerle que así sería.

 

Quiero un mundo contigo (Playlist: No me doy por vencido – Luis Fonsi)

Hace tres años me lo dijo por mensaje de texto justo unos días antes de nuestra esperada-esperadísima boda.

“Tengo cáncer”, decía en la pantalla del celular. Y de ahí, la historia pasó por un festejo harto emotivo, una operación dolorosísima y una recuperación de infarto, exámenes periódicos y muchos etcéteras hasta la semana pasada.

A media tarde del jueves, la doctora lo soltó sin muchos rodeos: “El cáncer volvió” (puntos suspensivos) “No se cura”.

¡Pum!

Desde ese fatídico momento, mi mundito recién construido ha estado a punto de derrumbarse en varias ocasiones.

Ahora no tenemos una boda en puerta. Tenemos un bebé de 8 meses, tres años de casados (después de 40 años buscándonos joder) y una recién adquirida hipoteca para el resto de nuestras vidas. Y no hemos ido a ver el Cielo del Tíbet.

Sin embargo, esta vez todo tiene un nuevo significado.

Cada persona que nos encontramos nos habla de amor, luz y nuevas y buenas curas para el padecimiento. Les creemos.

Hemos, en pocos días, leído más de fe, yoga, bendiciones, meditación, cábala y alimentación que en nuestros respectivos cuarenta años.

Todo esto, hace unos cuantos años, hubiera ido directito al bote de la basura o, a lo más, hubiera terminado como una “experiencia exótica” en la otrora famosa columna de la Conejita de Indias.

Ahora no.

Leemos, comemos, rezamos, meditamos y nos besamos con una fuerza nunca antes vista.

Será que a los cuarenta nos estamos haciendo viejos. Será que nos volvieron a poner la vida en la cuerda floja.

O será que cada mañana, puntual a las 5.40am, nos despierta un chico que apenas alcanza el borde de la cuna con un balbuceo desesperado. Sólo quiere que colarse en nuestra cama.  Y desde ese momento hasta que cae rendido poco antes de las 9pm vive en un ritmo frenético que está hecho de mamilas, sonrisas y pañales.

No hay manera de entristecerse, defraudarlo o asustarlo.

El Bebé Tortugo tiene esos ojos enormes que miran con el mundo puesto en ellos.

Él tiene muy claro que su mundo completito es el instante siguiente: comer, dormir, jugar, balbucear de su ronco pecho y llenarnos la cara de saliva.

Y nosotros, lejos de enseñarle las primeras palabras, hemos decidido aprender de él a vivir como él, nuestro instante siguiente.

No andaba muerta…

Y llegaron los 40. Acostumbrada a ser el centro de atención, esta Conejita con colita de peluche -que siempre ha gustado de la pluma, la lentejuela y hartos reflectores- esperaba los bombos y platillos, entrada triunfal y fanfarrias con mariachi.

Y es que, desde que tengo memoria (o sea, a los 30 en los que juré que cumplí 21) decidí festejar a lo grande. Y de preferencia, con un huateque temático.

Así pasó la famosa fiesta titulada “Sueño guajiro” o lo que es lo mismo, disfrácese de aquello que siempre quiso ser y que –según mi loca cabecita treintañera- en ese momento de la vida, ya lo habías cumplido (o no).

Era, según yo, un trabajo introspectivo para reconocer si uno había o no alcanzado sus metas. Ahora sé que no. Después nació la Conejita de Indias. Y armó tremendos festejos los mismo en el hueco aquel del centro histórico -conocido como La Perla de mis grandes éxitos- que en el Amapola Cabaret donde –literal- los asistentes lucieron sus mejores galas en años cuarenta.

Y el cambio de residencia no limitó mis festejos: celebré en un recién estrenado cantabar con los mejores exitos de Lupita Mi Gurú D’Alessio, armando tremendo barbecue en un jardín londinense rodeada de amigos tan extranjeros como yo, en París a punto de estrenar anillo de compromiso y finalmente, luciendo nuevo embarazo y jurándome que llegaría a los 40 mejor que Demi Moore a los 50.

En mi cabecita, el plan estaba hecho: tener un bebé, recuperar la figura, lucir el vestido más majestuoso de mis recuerdos y celebrar en algún lugar del mundo con los amigos, esos que cuentan.

¡Ah ternurita!

Los cuarenta se acercaron vertiginosamente, llegaron y me encontraron con un Bebé Tortugo radiante de seis meses, al menos cinco –que casi son 7- kilos de más acomodados en nuevos lugares de mi anatomía, en crisis cada que me acerco al clóset, con la rutina más descompuesta de mi vida y con montones de personas preguntando cada que me llaman “¿Cómo está el bebé?”, antes siquiera de saludar.

Los cuarenta llegaron y me encontraron más nostálgica que nunca de mi pasada minifama particular, envidiosa como adolescente de mi vida pasada y compartiendo los reflectores con un chiquito que se los ha ganado sólo porque mira, abre grandes ojos y sonríe como nadie.

Llegaron los cuarenta y no pasaron desapercibidos: me corté el pelo. Traducido en mi lenguaje conejil, significa que a) estoy deprimida, b) un gran cambio se está anidando en mí. Históricamente mis cortes de pelo siempre han reflejado nuevas etapas, truenes monumentales y brincos al vacío.

Y así estoy ahora, con cuarenta y pelo corto. Me siento y miro alrededor y extrañamente me gusta lo que veo, aunque no sea yo la que esté al centro dejándose admirar.

Tengo una casa, un coche, un hijo y un jardín. Me falta el perro para cumplir el esquema al que me escapé durante décadas. (¿Me estás oyendo Ana Cirré?). Sigo llevando el aro en la nariz y aún no me rindo –porque aún me falta ver El Cielo del Tibet.

Leer más: http://www.todobebe.com/author/josette-rivera/?postId=12429

El corazón en la maleta (playlist: Fonsi y otras cursilerías)

“Y yo me voy, adiós, me fui y no me importa

Nada me detiene aquí

La vida es corta”

Quien conoce a la Conejita de Indias sabe por qué lo digo. En marzo de hace cinco años boté todo, vendí en garage mis pertenencias –incluidas las orejitas- y me subí a un avión jurando que ‘voy-vengo’.

Y que no. Que sigo acá.

El pretexto entonces fue emplearme en La Mejor Empresa de Medios del Mundo Mundial, situada en el Paraíso Tropical. Pero la verdadera razón no la vine a conocer si no hasta ahora que el horizonte no se parece ni tantito al que tenía planeado.

“Lo mejor que me ha pasado es despedirme”.

Reconocida en el Pueblo de Mis Orígenes por mi adicción al drama, mi fama es tal que el ahora mejor conocido Conejo Dueño de Mis Quincenas asegura que soy un personaje sacado de una (mala) telenovela mexicana.

No se equivoca.

El enredo, el drama y los sube y baja alimentaron mi vida amorosa –y la no tan amorosa- durante años que duraron siglos.

“Me marcho en paz

Te dejo con locura”.

¿Cómo me liberé? No lo sé. Aún no canto victoria.

Pero quiero pensar que es el superado karma de los treinta. Y que hoy, a meses de tocar los cuarenta (aunque me vea de 29), no puedo estar más que feliz de haberlos dejado atrás.

Los disfruté. Los gocé y los lloré con ganitas.

“Soy feliz de haber perdido la pelea

Yo me llevo al corazón en la maleta”.

Nunca hubiera imaginado que esa despedida, tan dolorosa entonces, me habría puesto en donde estoy. Feliz y con un lejano recuerdo de los sinsabores.

Aunque mis nuevos dramas no son para menos, incluyen a un Bebé Tortugo que llora a deshoras en mi recámara –que ya no se parece en nada a esa mejor conocida por su (amplia) variedad de empiernamientos.

Ahora toparme en la cama con uno de los cuatro muñecos de peluche que decidieron mudarse a la habitación, servir a ojos cerrados en medio de la noche un biberón y cruzarle la pierna por encima al Conejo Dueño de mis Quincenas son parte de mi nueva chick-flick particular. Y a mí me gusta esta nueva tranquilidad hasta soporífera.

Bienvenidos a la historia de la Conejita del Cuarto Piso (aunque parezca de 29).

Tan sólo tú (playlist: Franco de Vita + Alejandra Guzmán)

Bueno ya está. Tuve un bebé y luego qué.

Nostalgio con ganas. Frente a la computadora, con las letras que dejé olvidadas hace millones de años y con un playlist tan pop como los de entonces y siempre. Esos que dan título a los capítulos de mi vida.

A poquito más de dos meses de haberme metido de lleno en esta nueva aventura, tengo la vida enredada entre pañales y mamilas, huelo a leche en polvo y reconozco 27 tipos de llanto distintos.

Y no, vamos, no hay nada de malo en ello. No es queja, lamento ni reclamo. Es una realidad que se sienta encima de la realidad de las últimas décadas. No sé si me cubre, me protege o me asfixia

Y apenas estoy aquí. A dos infinitamente pocos meses de haber comenzado. Gulp.

¡No estoy gorda… estoy embarazada!

“Deberás subir entre 20 y 35 libras en los próximos meses”, soltó el doctor de plomazo, en la primera visita y sin levantar la mirada de mi expediente.

Eso en mi traducción simultánea a mi sistema de gordura México-cristiano quiere decir entre 10 y 15 kilos aproximadamente.

¡¿Qué?! ¡¿Estamos todos locos?!

El Conejito Tropical sonreía y asentía con la cabeza como si esperara que yo me pusiera contenta con semejante –literal- bombazo.

Pues no. El resto de la visita no logré escuchar lo que decía el ginecólogo, entré en pánico y me imaginé convirtiéndome en esa gordita del demonio que me persigue desde los quince, justo ahora que a mis 39 (aunque parezca de 27) había llegado a una relación de amorosa tolerancia con mi propio cuerpo -y que mis curvas y yo habíamos aprendido a caernos relativamente bien.

 

Salí de ahí con ganas de llorar. Ya sé que estoy siendo superficial, frívola y tonta y que debería estar pensando en que ése es el resultado de una nueva y “maravillosa” etapa en mi vida. Y no era precisamente yo quien iba a cambiar el asunto.

Pero cabe señalar que nunca, nunca, desde que tengo uso de razón me he subido a la báscula de buena gana. Desde que recuerdo, ella vive en mi baño y me soporta todos los días. Sé exactamente que puedo subir hasta tres kilos de la noche a la mañana. Y también cómo hacer para perderlos antes de una fiesta. No conozco una “gordita feliz” y en cualquier caso, no seré yo la primera.

Peor aún, todos a mi alrededor tienen argumentos súper válidos, súper convincentes y súper amorosos del tipo “estás albergando una vida”, “es por el bebé”, “una transformación hermosa” y todas esas frases de tarjeta de Sanborn’s que no quiero escuchar.

También está el otro bando. El de las amorosas mamás y tías que sueltan como si nada esas terribles advertencias al estilo “no te vayas a poner gorda ¿eh?.. Ya viste lo que le pasó a tu prima Chonita que nuuuunca logró recuperarse…”. Agh.

Al ritmo que mis pantalones empezaron a dejar de cerrar, el pánico se ha hecho más grande. ¿Y ahora qué? ¿Voy a terminar siendo una de esas terribles señoras en leggings? (No, no, no se confundan. Ninguna que no sea Jane Bunny Fonda se ve bien).

Además, en cuestión de minutos, se me pusieron las tetas más grandes que a una bailarina colombiana -sin cirugías ni paraíso.

Y como si faltara una ayudadita más, el Conejito Tropical insiste en tocarme la panza, mirarme con detenimiento y soltar un romántico “ya se te está notando”.

Joder.

Ahora estoy haciendo uso de mi más profunda paciencia. Mientras llega el esperado segundo trimestre -en el que por obvias razones ya nadie se pregunta si estás gorda o embarazada- me he hecho de nueve videos de ejercicios prenatales, pregunté en cuatro lugares distintos sobre yoga, Pilates y acuaeróbics ochenteros, escondí la báscula inquisidora y me rehúso –que no, que no- a comprarme unos de esos pantalones infames con resorte en la cintura en los que mi –alguna vez bien formado- trasero se transforma por arte de magia en un bonito televisor de plasma.

Quemar las navies (Playlist: Dejalo ir. Margarita La Diosa de la Cumbia)

Volver al Pueblo de Origen siempre ha sido una actividad de alto riesgo, debido a mi historial de amores, desamores e historias quedadas a mitad… y a mi increíble capacidad de meterme en problemas.

Más allá de la algarabía familiar, había decidido dar la noticia de mi estado de bienaventuranza a algunos de esos personajes del pasado.

Y tenía una sola lógica, tras jugar a la incasable, indomable y brincar sin ton ni son, tomé la única decisión seria de su vida: ser mamá.

De todos los personajes de estos siglos, solamente uno había desaparecido sin dejar rastro (aunque sí muchos estragos), sólo uno había fallado a mi mantra aquel de “todos vuelven”.

Sin su nombre en el listado, me cité, me senté en algún café y repetí el mismo cuento orgullosa de mi decisión. Me sentía feliz de ir cerrando círculos de ésos que a una le encanta ir dejando por ahí abiertos.

Pero la vida de esta Conejita no sería una telenovela de mi heroico Canal de las Estrellas si se quedara así nomás. Como si el diablo –y mi mantra– lo llamaran, el Conejo Desaparecido apareció.

­­–Seguro se divorció, dijo Business Bunny.

–Qué hueva. Borra su mensaje, me dijo la sabia Bombón Bunny

Y yo, como siempre desobedecí.

La cita fue en un café, en la misma colonia y con la misma lluvia que la ciudad me pone siempre como de escenografía nostálgica chafa.

Obvio, llegué entaconada y de pelazo, disimulando mi “nuevo estado” y sin una remaldita idea de qué hacía allí.

Apenas lo vi, se me paralizó el corazón. El pasado enterito se me hizo nudo en la boca del estómago. Se parecía tanto a él mismo, al de siempre. Seguía teniendo los ojos más negros que he visto y mientras hablaba, mi mente reconocía ese tono, ese desenfado –y ese desinterés.

Había sido, sí, un tipo importante en mi vida. Yo en cambio, nunca estuve cierta de cuánto lo fui en su vida.

Con este nuevo encuentro lo supe.

Durante la hora y media que duró el café hablamos de su presente empresarial y del mío en el extranjero. De su pasado de novias, exesposas (Business Bunny nunca se equivoca) y tiempos compartidos y de mi crónica de amor y cuento con el Conejito Latino.

Entre una cosa y otra soltó:

–Estás guapísima.

Sonreí. No muchos años atrás hubiera dado la vida por ese comentario, por ese encuentro y por volver a mirar los ojos negros más negros que he visto jamás.

Al despedirse me dio un abrazo largo. De esos que no se sabe si no quieren terminar o prometen un nuevo encuentro. Entré en pánico.

–Estoy embarazada, dije de sopetón.

Se desenredó de inmediato de mis brazos y me miró sin decir palabra.

Sonreí. Había cumplido conmigo. Es más creo que me lo había dicho a mí antes que a él. Estaba confirmando la noticia y mi nuevo estado emocional.

Salí del café y solté el llanto.

Lloré por esa historia de desamor que había terminado siglos atrás. Lloré por los meses goteados día a día a la espera de ese encuentro, por el final telenovelero de una historia telenovelera que me había dejado maldita y lisiada como de telenovela. Me senté en el parque y lloré bajo la lluvia por haberme reconstruido casi sin darme cuenta.

Antes de subirme al avión para regresar al Paraíso Tropical llamé a Bombón Bunny con un dejo de desesperación. Sentía culpa.

Tan sabia ella, detectó mi esfuerzo kamikaze de boicotear mi nueva vida.

–¿A qué le tienes miedo ahora? ¿A ser feliz?, dijo.

Me sequé las lágrimas y miré mis maletas. Sentada en la sala de espera reconocí mi capacidad inaudita para sabotear mis intentos de felicidad.

Apenas aterricé, me encontré con el Conejito Tropical esperándome con flores en las manos y la mirada más amorosa de los ojos más amorosos que me han mirado jamás.

En la sala de espera de este Paraíso Tropical estaba mi mejor historia, una que no jugaba al amor desgarrado, ni a los amantes dramáticos ni a la telenovela.

Me esperaba uno que había apostado -más que a unas noches de empiernamiento- a mirar conmigo (y con un hijo) los amaneceres de los próximos millones de años.

Y yo, estaba profundamente enamorada de ello.