Se acabó

Y así llegó este día. A más de tres mil días juntos, llegó.

No lo sabía esta mañana. No lo sospeché hasta el preciso momento en que estaba a un paso de la puerta de tu habitación.

No sabía lo que había dentro. No sabía que eras tú un suspiro antes de partir. Pero entendí que estabas esperándome. Te vi, te abracé, te besé. Te llené de lágrimas mientras el corazón, poquito a poquito latía con menos fuerza. Te parecías a ti pero ya no eras tú. Yo en cambio, me veía tan distinta pero seguía siendo yo.

De pronto el aire se puso denso y decidí. Por ti, por mí y por como lo habíamos acordado. Les pedí que dejaran a tu cuerpo en paz. Que esta vez no lo haríamos trabajar si no quería. Que lo íbamos a dejar decidir -después de más de tres mil días haciéndolo caminar a como diera lugar- si quería seguir o no.

Mientras esa rayita absurda del monitor perdía sus aristas, te hablé de mí y de Jero. Te prometí lo bien que íbamos a estar, aunque eso no fuera cierto. Te mentí diciéndote que tenía (como siempre) todo bajo control. Te repetí lo de nuestro amor del bueno, lo de la jodienda de haber tardado tanto en encontrarnos, lo de tu ‘garantía vencida’ y lo de cómo comprimimos el amor para ganarle al tiempo.

Te dije eso que pensé que no diría nunca: dejémoslo ya, mosi, dejémoslo aquí.

Y tú, así de tranquilo y sereno, me hiciste caso. Y así, sin prisa, te fuiste de aquí… sin mí.

(Me olvidé que casi todas las veces de nuestra historia terminabas por hacerme caso).

 

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Carta de amor amorosísima

Hace casi 20 años decidí buscar el amor en internet -que era de esperarse visto que llevo casi una vida trabajando en este medio. Tuve muchas experiencias divertidas, enriquecedoras y hasta un blog de peripecias. Pero fue solo hace menos de 10 años que recibí tu guiño en mi perfil. Un guiño, solo eso. No podía imaginar todo lo que eso desembocaría. Y no es que te escriba para hacer un recuento de nuestra historia de amor: a final de cuentas tanto tú como yo la sabemos a pie juntillas.

Te escribo en cambio para reconocerte como ‘el amor de mi vida’. No sé si te lo dije en la primera cita, en algún encuentro precipitado cuando vivíamos en distintos países, en nuestra boda amorosísima, en la luna de miel o cuando nació Jerónimo. Quizá ahora me doy cuenta que no te lo había dicho nunca con estas precisas palabras: eres el amor de mi vida y sin duda el hombre que necesitaba.

Eres quien me enseñó a pensar más allá de mí, el que me demostró que una enfermedad no es el fin del mundo y que cuidar de quién amas es un privilegio. Eres el hombre que me confirmó que se cambia, se evoluciona y se negocia por el bienestar de los dos. El que me hizo cambiar el norte, el rumbo y desear por una única ocasión irrepetible e inigualable tener un hijo. Eres tú el que, contrario a todas las predicciones, me hizo detenerme, echar raíces y darle tiempo al tiempo. Y eres tú, también, quien nunca nunca me impidió volar.

Y sé también todo lo que refunfuñé y discutí contigo por nuestras diferencias. No ha sido fácil. Ha sido una travesía. Exactamente como lo dijiste aquel día cuando me pediste que fuera no solo tu esposa, si no tu compañera de viaje. Eso soy. Esos somos. Compañeros de vida. De aventuras. De viaje.

Empezamos esta travesía juntos y aquí seguimos, caminando de la mano. Como aquel día en París. Con el mejor equipaje posible. Bien comidos, bebidos, bailados y enamorados. Y ahora sí, ni quién nos lo quite.

Te amo profundamente. Te amo hoy, ahora, en este instante. Te amo, Juan Fernando Duque, hasta que la muerte nos separe.

Impronunciable

Creo que es hora de decir eso que me he negado a siquiera pensar con la férrea convicción de que si no lo digo, no sucede.

Aunque he pasado los últimos 50 días sentada junto a la cama de un hospital, no he permitido que esa idea se convierta en palabras. Algunos lo han sugerido:

-“Creo que es tiempo de que lo consideres”, dijo su hermana desde la silla de junto mientras ambas mirábamos la cama de metal.

-“No”. No sé si lo dije o lo pensé. No lo pienso, quiero ni intento considerar.

-“Dejemos que la naturaleza siga su curso”, me dijo un doctor en un cuartito con una mesa, una lámpara y una caja de Kleenex. En mi interior se desataron todas las furias de los océanos. ¿Qué coños dice? Llevamos siete si-e-te años haciendo que la naturaleza no siga su curso y eso no va cambiar ahora.

Otros lo han sugerido sutilmente con la consabida frase “que se haga la voluntad De Dios”. Yo en tanto no sé siquiera cómo creer en ese Dios, su voluntad y su manera de amar.

Pero esta mañana, esa idea maldita se posó suavemente en mi entrecejo. Justo cuando le tomé la mano mientras se estrujaba con fuerza la cabeza y arrugaba los párpados haciendo que una lagrima se escurriera lenta desde la comisura. Así no, pensé. Así me quedan menos herramientas, menos argumentos, menos alientos para aferrarme a nuestra lucha. Así no te quiero. Así no nos quiero. Así si quieres, te dejo.

Lo que no sabía de mí

Esta vez se trata de mí: no sabía cuántas canas tenía, no sabía cuántos días era capaz de resistir sentada en un cuarto de hospital, no sabía que podía usar los mismos zapatos más de un mes, no sabía que así era el amor después del enamoramiento, no sabía del agradecimiento eterno a quien cuida de ti. No sabía tampoco que era capaz de sentir ternura, compasión y coraje. No sabía tampoco de la rabia y la impotencia ni de cómo se sienten dos minutos de vacío. No sabía que creía en los milagros (los de Dios, del Universo o de la medicina -qué importa). No sabía que podía convertirme en una roca, un fuerte, una estatua de sal, un rompeolas para cuidar de los míos, de mi tribu, de mi clan. Así mis 48 días de “para qué” y no “por qué”. Aquí vamos de nuevo.

Yo, conejita del 4º piso, en mi sano juicio declaro…

Han pasado unas cuantas semanas desde aquel fatídico anuncio y parece que nos ha caído una vida entera encima. Y no por las arrugas, pero sí por las decisiones más trascendentales que hemos de tomar. Todo ha cambiado y no precisamente en el rumbo que teníamos pronosticado. Aclaro, no quiere decir peor, sino simplemente distinto.

Ahora estamos en casa con una remodelación a medias, con dos abuelas consentidoras de un Bebé Tortugo que pasó a vivir a su habitación, dejó momentáneamente la guardería y se aprovecha de que las reglas gozan de cierta flexibilidad.

Cada que noto una conducta que anteriormente “no estaba permitida en casa”, me obligo a pensar que tendré los próximos 17 años y medio para restaurar los “amorosos daños”. Mientras tanto, respiro tranquila porque en casa hay cuatro brazos dispuestos a darle todos los besos que necesita cuando sus papás están atrapados en un cuarto de hospital.

Quizá el momento más crucial ha sido cuando El Conejo Dueño de Mis Quincenas y esta loca Conejita se sentaron a la mesa a planear eso del mentado testamento.

No que nunca lo hubiéramos pensado. Es más, lo de los respectivos dueños de las quincenas del otro incauto queda claro cada fin de mes y después de años de ardua logística financiera amorosa. Sin embargo, había llegado el momento de ponerlo negro sobre blanco. Al principio, el machote no parecía tan difícil de llenar:

“En caso de fallecimiento de uno de los cónyuges, ¿las cuentas? A nombre del otro cónyuge. ¿Las propiedades? A nombre del otro cónyuge. ¿Las decisiones médicas en caso de incapacidad? A nombre del otro cónyuge. ¿La custodia de Bebé Tortugo? A nombre del otro cónyuge. ¿En caso de que ambos fallezcan?…”

Los puntos suspensivos flotaron en el aire. Esa posibilidad no era parte de nuestro nuevo conjunto de “sucesos”.

-¿Tú a quién dirías? comentó casi al aire el Conejo Dueño de Mis Quincenas.

A mi mamá, respondí tajante.

El silencio se hizo denso.

Tu mamá tiene más de 65 años. Y la situación en México no está de lo mejor, dijo sin ninguna intención en la voz.

El comentario cayó como bomba: mi familia inmediata, mi país y mis raíces estaban siendo eliminadas de la competencia sin posibilidad de repechaje. Las suya -en la lejana Colombia- ni siquiera estaba siendo considerada.

¿Qué opinas de mi hermana y su marido? Adoran y conocen a la perfección a Bebé Tortugo, no tienen hijos, viven en el Paraíso Tropical, son jóvenes, son solventes…

En efecto y fríamente calculado no había manera de poner reparos. Pero decidir sobre la vida de Bebé Tortugo en manos de terceros no era asunto fácil. Los ojos se me humedecieron.

Habría que hablar con ellos, alcancé a tartamudear. Por algo no quieren tener hijos … No podemos dar por hecho … Quizá podemos acordar vacaciones en México… bla, bla, bla… se me fue apagando la voz.

El asunto no se volvió a tocar hasta que nos sentamos frente a frente con la pareja en cuestión

Tomé la batuta y aclaré la voz. Era simplemente un trámite “preventivo” me dije. La selección era sin duda la mejor y no había nada que temer.

Sin embargo, al primer intento de mencionar la palabra testamento, custodia y tutores la voz se me quebró como no había sucedido en todos estas semanas. Los ojos se me desaguaron y no podía articular palabra entre los sollozos. ¡Diablos! ¿Qué no era ahora que debía mostrarme segura de la decisión crucial que íbamos a tomar?

Estábamos poniendo ahí, sobre la mesa, la otrora infinita-remota-impensable posibilidad de que no fuéramos nosotros los que estuviéramos a cargo de la vida de Bebé Tortugo. Estaba verbalizando formar parte de una fatídica estadística. Estábamos firmando el lejano futuro de un chaparrito que -cada mañana cuando nos mira con esos ojos descomunales- sonríe con la confianza de que sabremos tomar las mejores decisiones en su nombre.

Y yo, con toda mi estúpida experiencia de Conejita del 4º piso, guerras y guateques, no tenía la manera de prometerle que así sería.