Tú y yo ¿qué somos?

La pregunta del millón. Esa con la que se puede hacer correr a millas de distancia al pretendiente más aguerrido.

Las apuestas están al día: haremos o no la pregunta. Será él quien lo diga. Seré yo. Pasaremos los siguientes siete días haciendo como que nadie quiere preguntar para no recibir la respuesta que no quieres oír.

Es el cuento de nunca acabar.

Cuenta atrás

El tercer encuentro está por llegar tras tres meses de conversaciones diarias y diez días efectivos de encuentros.

Poco en unas cuentas. Demasiado en otras.

No puedo negar que vuelve el vacío en el estómago. Nervios. Expectativas. Dudas. Certezas.

Esa bonita emoción que me hace sentir viva. Again.

“Go with the flow” que me dicen.

“Only dead fish go with the flow”, respondo.

Desencuentros

El primero. Después de casi tres meses de conocernos y hablarnos todos los días llegó el primer desencuentro. Podría decir que no fue importante: él no llama, yo me enojo y no escribo. Él se enoja y no escribe. Yo noto su ausencia y la ansiedad me mata. Todo en menos de 24 horas. Bromeamos por la estupidez de la situación. Lanzamos esas frases que se sueltan como dardos, como no queriendo, con una ironía hiriente, esas carcajadas que intentan acallar al otro. Nos despedimos. Todo en menos de 24 horas.

Tras colgar el teléfono me queda esa sutil sensación que reconozco tan bien,  ese hoyo en el estómago, esa tensión subcutánea. Una lucha de poderes. Tú no cedes, yo tampoco. Tú tiras la flecha,  yo la regreso con la misma intensidad y en sentido contrario.

Tengo miedo. Lo he vivido. Ya estuve allí. Y no quiero volver a ello. En historias interminables de dimes y diretes, de no dar el brazo a torcer, de creer que el que gana es quién tiene la última palabra.

No olvides Conejita, por favor, que el amor (el bueno) solo sirve si -aún perdiendo- ganan los dos.

Viñetas

Dos de dos

La aplicación decía poco. Nombre. Edad. Arquitecto at Arquitecto. La primera foto a contraluz. En las siguientes, su rostro adusto, los ojos entrecerrado, el pelo rizado hacia atrás.  Y siempre el mar.

Me había dado like. Respondí.

La conversación pasó velozmente a nuestros teléfonos y de ahí a una primera cita en el restaurante de un famoso hotel hipster miamiense para ver la puesta de sol.

Cuando llegué (mexicanamente tarde) estaba sentado en el lobby esperando. Sonrió. Polo blanca, pantalones skinny y mucho más alto de lo que esperaba. Me puse nerviosa. Rápidamente fuimos a cumplir el pretexto de la cita.

En la cena, su silencio me volvió a quitar la tranquilidad. Sucedió lo de siempre. Parpadeé muchísimo y hablé sin parar. Relaté la historia de mi vida sin filtro -que muchos no los tiene. Rota una de las primeras reglas del dating profesional: no cuentes todo de ti.

Terminó la cena sin saber si me gustaba de veras. Habíamos hablado un poco de libros, viajes, yates y su trabajo ‘de lujo’ que no me quitaba el aliento. Pero llegaron dos momentos precisos: refiriéndose a su padre remarcó la ética en su vida. Mi cerebro reaccionó: é-t-i-c-a esa primera pasión aristotélica en mi vida. Esa obsesión de entendernos entre el bien y el mal. Empecé a mirarlo de manera distinta.

El segundo momento también fue solo un flashazo. Tras ayudarme a poner el suéter y abrirme el paso con el brazo, entramos en el largo pasillo bordeado de plantas tropicales que lleva a la entrada del hotel. Caminaba yo delante cuando me detuvo, me tomó el brazo y me puso a su derecha.

“Cuidado con las antorchas y tu pelo”, dijo.

Otro chispazo conectó en mi cerebro ante ese pequeño detalle. Junto a mí iba un hombre acostumbrado a cuidar de la persona a su lado.  Peligro.

Nos despedimos y subí al auto. En el semáforo sonreí. Reconocí las mariposas en el estómago. 

Coño.

 

 

Lucha de gigantes (Playlist: Tan frágiles)

Este lunes hubo dos momentos en los que lo ví como no lo había hecho antes. No sé si importe pero algo cambió en mi de sí.

En el primero estaba parado frente a mi. Junto al auto. Con el teléfono en la mano leyendo un email de una psicologa que preguntaba por la cancelación de una cita. Se le quebró la voz. Sudaba. Volvía a mirar. Incrédulo. Pasó de llamarla ‘hija de puta’ a asegurar que le daría lo que pidiera si tan sólo se portara bien. Así hizo dos o tres declaraciones más. Extremas. Desesperadas. Acerqué mi mano a su mejilla. Sentí unos deseos irrefrenables de abrazarlo, de consolarlo, de decirle que en el mundo no pueden ganar las cabronas aunque lo parezca, que era su oportunidad de mostrar la madera de la que está hecho, que como diría Michelle “when they go low, we go high”. Pero todo ese speech motivador tenía tan poco sentido que decidí guardármelo. Retiré mi mano de su cara y le dí un abrazo rápido de despedida. 

El otro momento llegó minutos después. Detenida en la luz roja, volteé la mirada y lo vi. Caminaba alrededor de la escuela. Con una chaqueta abierta sobre la camisa por fuera. Tenía los brazos caídos. Tenía la mirada baja y los hombros pesados. Parecía que cargaba el mundo. Y en efecto lo que hacías era lidiar contra el mundo que se le había derrumbado una vez más esa mañana. Demasiadas veces en pocos días. Otra vez se había enfrentado a la dolorosa realidad que es separarse de los afectos. La conozco. Sentí una vez más está empatía por su dolor. Por las veces que lloré tratando de recuperar lo perdido o la frustración de intentar salvar a un hijo de la adversidad. Todo de forma infructuosa. 

Esos dos momentos me dieron vuelta todo el día. Recordé el estribillo de mi vieja canción favorita.

“Vaya pesadilla / Corriendo / Con una bestia detrás
Dime que es mentira todo / Un sueño tonto y no más…”

Porque siento que -en situaciones totalmente distintas- hemos sentido lo mismo. Porque me reconozco en su dolor. Llamémoslo empatía, timing, destino. Porque quiero ayudarle pero sé que no tengo ninguna manera real de aliviar su pena. Porque entiendo mejor que nunca que quiera encerrarse en su caparazón y mandar al carajo al mundo -incluyéndome a mi. Porque nadie entiende lo solo que uno puede sentirse luchando frente a un monstruo que parece invencible. Se llame como se llame. Porque conociendo el dolor de la pérdida, trato de entender qué tan vacía puede estar la vida de alguien que la busca por gusto. No encuentro respuesta.

Porque todavía hoy no quiero creer que el mundo pertenece a quien actúa de forma incorrecta. No voy a dejar que nadie me diga que los malos ganan al final. Ni en su historia, ni en la mía. 

La felicidad, quisiera decirle, se busca en defensa propia. 

(Y el mundo, al final, es de los que resisten)

No soy yo, eres tú (Playlist: Neeext)

Estuvo el fin de semana en el Paraíso Tropical. Como no queriendo insistió en verme con el (mal) pretexto de los chicos. Después fue y vino como dando vueltas a un tema que quería abordar. Al final, lo hizo.

-En los últimos días has estado distante, dijo. Lo noté.

No hacía falta decir más: ahí estaba todo el meollo del asunto. El Conejito Emocionalmente Unavailable quería saber si estaba o no en una relación. Aproveché para desbocarme.

-No quería tocar el tema pero si quieres lo hacemos, dije.

Y ahí empezó la conversación más larga que hayamos tenido sobre nuestro estado emocional. Y lo que suponía ser una advertencia de mis intenciones de poner el corazón en el mercado del romanceo se convirtió en la clara retahíla de “no eres tú, soy yo” de toda la vida. Te quiero tanto, pero no tanto como para comprometerme contigo. Me gustas pero no estoy listo. Vamos a darnos tiempo al estilo José José. Y la lista de etcéteras que este blog tiene registradas desde hace años.

Y yo, le creí. Pero ya no.

Porque llevo en este juego demasiados años. Porque no sé si quiero esperar a que este (mos) listos. Porque en mi lista de espera empiezan a aparecer otros conejitos que sí lo están. Porque solo seré enfermera, sicóloga, amante, compañera y cómplice de quién esté dispuesto a serlo para mí.

Porque creo, más que nunca, que el amor es una cuestión de timing. Y timing esta vez no  juega a favor.

Y la fiesta comenzó… (Playlist: De festejos y guateques)

Estaba por llegar el cumpleaños más importante de los últimos tiempos. Por la situación, por la concurrencia, porque sería yo, otra vez (como en tiempos inmemoriables) festejando sola mi maravillosa vida.

Y así fue. Vestido rojo. Piel luminosa. Ánimo por los cielos. Estuvieron todos los que tenían que estar. Pero como buena Conejita que soy, me tenía que pasar lo inesperado.

En la lista de invitados estuvo el Conejo Caballero. No dudó un segundo en aceptar. Ofreció llevarme al lugar. Y no faltó su regalo. Es sin duda, el Señor que dice ser. Con un único pero: somos radicalmente distintos. Y eso no es de poco.

Y cuando todo parecía predecible, lo distinguí entre el movimiento y las personas que obstruían la puerta. Era el Conejo Emocionalmente Unavailable. Llegó de algún lugar lejano a festejarme. Y a mí, se me sumió el estómago, contuve el aliento y sentí esa silenciosa explosión de corazón que tenía tanto sin sentir. Joder. Yo que juré que lo había dejado guardado en el puesto de ‘un conocido sin importancia’.

Estuvo pocos minutos en el lugar. Aprovechó para ponerse al tanto y enterarse que las últimas semanas habían sido emocionalmente complejas para mí. Se fue igual que llegó. Con una sonrisa y sin dejar huella.

Una vez más Conejita: pon a cada persona en el lugar que le corresponde.