Durante años, muchos, en mi habitación hubo una “colección oficial de Conejitos del Pasado Remoto”. Colgaba triunfante en una pared. Y como si nada. Conejitos iban, Conejitos venían y yo defendí el hecho de que formaran parte de la decoración porque, argumentaba, habían formado parte esencial de mi vida.
Y meterlos en una caja -decía yo- no iba a cambiar ni mis andanzas por el altar convencida de que era una buena idea y en seguida de que mejor no… ni mis primeros pasos en territorio minado (literal) al lado de El Conejito Napolitano… ni la prueba gráfica del enamoramiento súbito, infinito e inexplicable que me provocaron los ojos negros más negros de los que me he enamorado… ni mis artes de lado izquierdo de aquel Conejito de Siempre, cuando todavía parecía un toro de Miura…
Ni, juntándolos todos y refundíendolos en el clóset iba yo a borrar tanto tropezón y estrellones -directitos y sin meter las manos- contra la pared.
En este cambio de casa, no hubo de otra: foto tras foto se quedaron en una caja muy rosa que aún sigue en el armario. No he tenido ganas, ni marcos, ni repisas, ni aliento para volverles a poner un espacio en la habitación. Creo que, a diferencia de otros viajes, en éste me fui deshaciendo de los recuerdos.
Hoy resulta que tengo una foto para colgar.
Y celos retroactivos.
Sólo así se explica que yo no quiera poner la foto en cuestión en casa. Y es que, aunque parece simple no lo es. Cada impacto, cada fotograma, cada registro implica la sucesión de eventos que lo pusieron ahí, de frente a la cámara y quién estaba detrás de ella. Que by the way no era yo.
Y tengo culpa.
Porque no quiero convertirme en una de esas que no sólo cancela su pasado, lo empaqueta, le pone moño y lo guarda en el cajón, si no que exige -como si pudiera- que el otro se vaya borrando, empaquetando y encajonando de por vida las historias que lo hicieron lo que es.
Y ahora ¿quién jodidos soy yo?
Obvio, acepté de inmediato y pasó lo inevitable. Más de 27 minutos de conversación ininterrumpida que fue desde las seriedades técnicas hasta los placeres deportivos personales. Joder. Fluyó despacito como fluyen las buenas platicas. Sin rollos, sin dobles fondos, con alguna referencia perdida por ahí que sólo entiende quién tiene que entender. Y yo, como siempre, soy una feliz víctima de las palabras.
Vamos, ya ni siquiera sé bien qué tecleé, pero terminaba con un «Felicidades».
En tanto, hoy tuve mi primera sesión del Club de Lectura Light y lo que comenzó con el recuento de La Suma de los Días terminó con el analisis tormentoso de nuestros últimos encuentros amorosos: Conejita Judia y Soltera, Miss Bussines Bunny, Conejito Politizado y Conejito Sonrisa Perfecta. Todos tan guapos, tan interesantes, tan armados, y al mismo tiempo, tan solos. Un verdadero desastre, joder. Pero terriblemente divertidos a la hora de buscarnos en el pasado.
Ahí estaba la conejita, con el pelito mojadito, los ojitos tristes y las antenitas caídas abriendo la cajita de Pandora (la mitológica y hasta la de las tres retros-ochenteras): estaban acomodados por fecha el primer beso bajo la lluvia, el despertar sin saber siquiera el apellido, los mensajes encriptados, los pretextos para robarnos dos horas al día, le siguieron la entrega (en primicia) de las llaves de algo más que un departamento, las risas bajo la ducha, aquella cena de carne y vino, la libertad aprendida de la caída, el espacio infinitamente pequeño entre piel y piel. Y sí, el respiro compartido. En orden cronológico abundan los empiernamientos de mañana, tarde, moda y noche. Y no, por más que no quería abrirlo, llegó el turno del paraíso tocado con la punta de los dedos.
El speech es el mismo. Nada más cambia el interlocutor: