Un día dejó de quererme.
—Contrario a lo que pasaba antes, últimamente me caes más tiempo mal que bien, dijo mientras miraba fijo a la computadora.
Y vamos, no es que yo sea tonta y no lo hubiera notado, pero no me esperaba esa declaración tan clarita y así de golpe.
En los últimos días sus comentarios hacía mí tenían un tono de ligero hartazgo… como si le debiera, como si me reclamara, como si faltara.
Y al principio pensé que todo esta rebambaramba se debía a su nuevo estatus personal, al estrés de los últimos días, al clima cambiante del Paraíso Tropical o a la clásica “eres niña y ves moros con tranchetes” donde no los hay.
En cambio no, me lo dijo directito y sin rodeos. Y no importaron tanto las palabras como el tono. El timbre de esas palabras, de esos cuentos interminables de otros mundos que en otros tiempos escuché sin cansarme. La mirada que se parecía tan poquito a la de hace unos meses. Esa miradita cálida en la que me gustaba guardar mi desencanto. Y me sentía reconfortada. El fin de ese juego de admiración enamoradiza que me era tan facil de jugar.
Y ya no.
Algo se rompió entre Mr. Big Ego Rabbit y yo. Y yo, joder, sigo sin saber qué fué.
Me detuve un segundo, sacudí la cabeza, busqué despacito las palabras mientras lo miraba con los ojos abiertos como platos. ¿Pero a quién jodidos se le iba a ocurrir que yo me enamoraría de un tipo inteligente, culto, de papel y lápiz en la mano, que va por la vida con ese aire desenfadado, de hombros caídos, piel oscurita y mechón de pelo cayéndole insistentemente en los ojos? ¿Quién pensaría que a mí me gusta que me hable de viajes y tierras lejanas, que intercale citas mientras me habla, que me trate con fingida indiferencia y luego explote en una carcajada ante cualquiera de mis barbaridades? ¿Pero cómo demonios se le iba a ocurrir a alguien que yo lo mirara de reojito para encontrarlo mirándome de reojito y sonreírnos cómplices como sabiendo que no sabemos nada pero están relindas las horas que se nos pasan enmedio…?