¿Qué dijimos, chingau? Esta Coneja que va jugando a hacerse la feliz y que el futuro se le cae justito a la mitad (amo las frases hechas jeje).
A ver, es cierto yo repetí –y bien convencida– la famosísima frase del señor Baute. Y no me rajé. Y lo cumplí. Y como en pocas ocasiones me puse flojita y cooperando. Que me suelto, que me aviento y que no me caigo. Estaba el gran Conejo Novio como Dios Manda esperandome abajito para cuidarme los huesitos. Y todo pintaba bien. Y todo parecía perfecto.
Pero sucedió una vez más: me fuí.
Me fuí, sí. Como siempre me voy. A otra casa-país-continente-vida. Y juro que hago mi mejor esfuerzo. Extraño como se extraña a los amores dejados en otro lado del océano. Tengo skype y mando mensajes a las tres de la mañana. Pero vivo como viviría cualquiera que estuviera instalado en La Ciudad de la Eterna Llovedera.
Y ahora me pesa. Y no el amor dejado allá, eh. Aclaro. Me pesa la resonsabilidad, todititia, de hacerlo feliz. A la distancia. Me pesa no saber partirme en dos. En dos vidas, con dos horarios distintos, con amigos y fiestas en las que sólo puede estar uno. Me pesa estar aprendiendo a ser feliz acá. Conmigo. Como siempre.
Me pesa ser yo. Porque bien lo sé (¡joder Coneja!), que quererme a mí siempre me ha dejado tan poquito tiempo para querer a alguien más.
Snif.
Bueno, bueno. No tiene caso explicar lo sucedido, porque las novedades por venir son varias.
Mi primera impresión fue una vieja impresión: se me hace que yo ya los conocía… o más bien, se parecían tanto a otros suegros de tiempos remotos de cuyo nombre no logro acordarme. Entonces concluí que los suegros son suegros todos iguales en cualquier latitud: padre prudente y tolerante, madre hiperactiva y consentidora. Y las nueras tienen de dos. Adivinen cuál fui entonces y cuál ahora.