Caminé despacito por el pasillo mientras veía su auto -y un enorme ramo de rosas- esperándome a través de la puerta de cristal. Estaba activando todas mis neuronas para soltar de la mejor manera la noticia que me tenía la cara sonriente pero el corazón apachurrado.
-Te tengo una buena y una mala, dije apenas me subí al auto maquinando la genial idea de darle el sí al tiempo que anunciaba que en unos meses tomaría un avión para vivir un año al otro lado del océano. ¿Estaba yo siendo una tremenda cabrona?
En fin, supongo que lo veía venir. No tuve siquiera que articular más palabra.
-¿Cuándo te vas? dijo el Conejito Latino-Tropical sin expresión en la cara.
Ash. ¿Tan predecible en lo impredecible soy? Joder.
-Pronto, contesté.
Entonces le solté toda esa explicación sobre nuestras únicas dos opciones: o nos enfrascábamos en una bonita relación de aquí a que despegara el avión y luego-dios-dirá o asumía que me mandara directito al carajo en ese preciso momento pues pa’ que andarle jugando a los novios a tiempo determinado.
Me miró con los ojos vidriosos y la expresión más triste que he visto en los últimos años.
-Te llamo luego, dijo.
Lo miré alejarse por una de esas calles grandototas del Paraíso Tropical y aunque en mi lema universal de chica ruda siempre he dicho que “todos regresan”, por primera vez en mucho tiempo no tuve la certeza de si él iba a volver.
3 respuestas hasta el momento ↓
antonio // Noviembre 25, 2009 a 1:20 am
a veces duele mas esa incertidumbre, que el adios por si mismo… esa desesperanza: el inefable camino sin regreso
Andrés // Noviembre 25, 2009 a 11:47 pm
pero y cómo te sentiste después??????
graciela // Diciembre 6, 2009 a 7:19 pm
hola jose…te escribo desde argentina me encantan tus canciones espero que sigas componiendo y deleitandolos con tu hermosa vos un beso hasta siempre..ojala q alguna vez puedas venir a argentina