Estaba yo leyendo en internet una de mis revistas favoritas, cuando me acordé que a mí lo que me gusta es escribir.
Sí, sí. Eso que hacía yo tan seguido y que en los últimos meses se ha vuelto un acto casi mecánico de rellenar cajitas sin pasarme ni por un caracter, durante diez horas seguidas. Tic, tac, tic, tic, toc suena el teclado y yo enarco los ojitos ante el brillo de la computadora.
Y luego, miro este blog calladito en una esquina y me da la culpa. Porque tengo mucho que contar, porque quiero ponerme a croniquear, porque me gusta remendarme las historias y sacarme las espinitas con letras. Porque cuando me pongo a hacerlo, sólo se me ocurre que otro ya lo dijo en una canción y va, que me planto un video enfrente y siento que ya no tengo nada qué decir.
Pero luego me pasa que en días como hoy me acuerdo que colgué una hamaca en el balcón. Y que quiero contarlo. Porque no sabía lo que era. Porque mis hamacas habían estado en hotelitos de playa y en el patio trasero de la casa de familia, misma que me dejó en un hospital.
Porque no sabía cómo se veía la vida con los pies levantaditos del suelo.
Mi nueva y reluciente hamaca vino conmigo del Último Punto al Sur del Sur donde estuve el pasado fin de semana -y cuya crónica reventadona ya tengo por ahí-, es color chocolate y pende de una esquina de mi balcón.
La primera vez, me subí despacito, como con miedo: uno nunca sabe si me voy a venir abajo con todo y ganchito. Metí las manos debajo de los muslos y extendí el tejido que se abrió como un abanico bajo mis piernas. Crucé los pies, recosté la cabeza y cerré los ojos.
Entonces el mundo se puso, completito, a oscilar.
No sé cuánto tiempo estuve yo ahí arriba. El suficiente para saber que a mí, eso de poner los pies en la tierra, no se me dá. A cada intento, súbito, así como yo ponía mi pulgar en el piso de la terraza, se me detenía la vida.
El Paraíso Tropical entero se quedaba calladito, como si estuviera contuviendo el aire. Entonces yo, en acto casi infantil, subía rapidito el pie y.. shhh.. otra vez soltaba el aire, se movía, de un ladito a otro, con ganas de girar en su propio eje, pero con flojera de palmera borracha de sol como diría Lara.
El juego de la hamaca se repite ahora cada mañana. Apenas despierto -o no tanto- bajo descalza de la cama y camino torpemente hacia el balcón. Con el pelito enredado y los ojos entrecerrados me meto en el huevito de chocolate que pende de la esquina de mi balcón. Me agarro los muslos entre los brazos, me acomodo esperando que el sol se tarde en darme directito en la cara y vuelvo a cerrar los ojos. Shhh.
La vida, entonces, se me pone a mecerse despacito. Y sin cuentas por pagar.
3 respuestas hasta el momento ↓
Jill // Septiembre 21, 2009 a 11:46 pm
Mira nomás, retornas a tu blog y con un post buenísimo.
Hicicste de un paseo en hamaca una experiencia extrasensorial (ó como se escriba).
Sólo tú, sólo tú puedes hacer(nos) ese tipo de cosas.
KANAIMA // Septiembre 22, 2009 a 11:00 am
Ya estas enganchado…. a la Hamaca…!
esto es mejor que un vicio…
que disfrute del placer de soñar tumbado en una Hamaca
RodBerry's Book // Octubre 1, 2009 a 9:36 pm
Conejita queremos nuevo POST YA!!!! se me muere la sonrisa… pian pianito así que pélale